Capítulo 12 · ~5 min
Preparativos finales
Reina caminó entre los árboles, sintiendo la presión en el pecho cada vez que pensaba en el Alfa y lo que se jugaba esa noche. Pisó una rama seca y se detuvo. Miró atrás. Kael venía en silencio, atento, con la mirada fija en el suelo.
—¿Crees que todos aguanten? —susurró Kael, acercándose a su lado—. Algunos no han dormido desde el ataque.
—No hay tiempo para descansar —respondió Reina, apretando la piedra con el símbolo ancestral en el bolsillo—. Si alguien quiere irse, que lo diga ahora.
Kael negó con la cabeza, serio.
—No creo que nadie se atreva —dijo—. Todos te siguen, Reina. Aunque estén asustados.
Morvan apareció entre los matorrales, con el mapa arrugado en la mano y la ropa llena de tierra.
—Los centinelas están en posición. Si el Alfa se mueve, lo sabremos —anunció, sin perder tiempo en saludos—. Pero hay algo más: encontré marcas cerca del río. No son nuestras.
Reina se tensó. Miró a Kael, que frunció el ceño.
—¿Del Alfa? —preguntó Reina.
Morvan se encogió de hombros.
—Pueden ser exploradores. O alguien más curioso de lo normal. No me gusta.
Kael suspiró fuerte y se pasó la mano por el pelo.
—Si van a atacar, que lo hagan ya. Esto de esperar me pone peor.
Morvan extendió el mapa sobre una roca. Reina se agachó a su lado. Los tres miraron las líneas dibujadas a mano, señalando rutas de escape y los puntos donde Soren debía aparecer con su grupo.
Reina señaló la entrada a la cueva.
—Aquí es donde yo entro. Nadie más se acerca, ¿entendido? —miró a Kael y luego a Morvan—. Si algo sale mal, corran. No quiero héroes.
Kael hizo una mueca.
—Tú tampoco te hagas la heroína —le dijo, medio en broma, medio en serio.
Morvan guardó silencio, pero asintió.
—La cueva solo reconoce a tu linaje. Si alguien más entra, podría quedarse atrapado para siempre. No es una amenaza, es un hecho.
Kael bufó.
—Genial. Otra razón para odiar las cuevas.
Reina sonrió apenas, luego volvió al mapa. La tensión pesaba.
—Morvan, ¿crees que el Alfa sospecha lo del amuleto? —preguntó en voz baja.
Morvan dudó antes de responder.
—No lo sé. Es terco, pero no tonto. Si descubre lo que buscas, irá directo por ti. Y no irá solo.
Kael golpeó la roca con el puño.
—Entonces hay que ser más rápidos que él. ¿Cuánto tiempo necesitas dentro?
Reina pensó unos segundos.
—Depende. Si el amuleto está donde lo dijeron las notas de Morvan, solo unos minutos. Si no, tendré que buscar y eso es arriesgado.
Morvan sacó una pequeña bolsa de cuero y se la entregó a Reina.
—Lleva esto. Es polvo de raíz de luna. Si el aire se pone pesado o te mareas, aspira un poco. Te ayudará a mantenerte despierta. La cueva a veces juega con la mente.
Reina tomó la bolsa, agradecida pero inquieta.
—¿Y si el Alfa llega antes de que salga?
Kael sacó una navaja y la abrió.
—Yo cubro la entrada. Nadie pasa mientras yo respire.
Morvan miró a Kael, evaluando su promesa.
—No seas tonto. Si son muchos, no podrás solo. Tienes que dar la señal y retirarte. Lo planeamos así por algo.
Kael apretó la navaja, pero no discutió más.
Reina los miró a ambos.
—No quiero perder a nadie esta noche. Si algo sale mal, piensen primero en sobrevivir. Lo importante es que la verdad salga a la luz. Con el amuleto o sin él, el Alfa no puede seguir.
Morvan dobló el mapa y lo guardó bajo su chaqueta.
—¿Y si él ofrece una tregua? ¿Si te pide negociar?
Reina negó con la cabeza, sin dudar.
—No hay trato con traidores. Esto termina esta noche, de una forma u otra.
Kael soltó una risa seca.
—Eso suena a Reina de verdad. Me gusta más así.
Morvan levantó una ceja, analizando la situación.
—Entonces hay que estar listos. Yo vigilaré el lado norte. Kael, tú el sur. Si escuchan tres silbidos, corran al punto de encuentro. Si son dos, es retirada. Si no hay nada, seguimos como planeamos.
Kael guardó la navaja y le dio un golpe suave en el hombro a Morvan.
—No te vayas a dormir, viejo.
Morvan sonrió apenas.
—No pienso morir esta noche, tranquilo.
Reina se levantó y revisó su mochila por última vez. Sintió el peso de la piedra y la bolsa de polvo. Miró a sus dos aliados, sabiendo que confiaba en ellos más que en nadie.
—Nos vemos al amanecer —dijo Reina, firme—. Pase lo que pase, gracias por estar aquí.
Morvan y Kael asintieron. Cada uno tomó su posición, perdiéndose entre las sombras del bosque.
Reina se quedó sola un momento, respirando hondo. El miedo seguía ahí, pero ya no la dominaba. Empezó a caminar hacia la cueva, sintiendo que cada paso la acercaba no solo al amuleto, sino a su destino.
En medio del silencio, escuchó un aullido lejano. No era de los suyos. Se detuvo, alerta. Revisó el mapa mentalmente y aceleró el paso. Sabía que no tenía tiempo que perder.
El bosque parecía observarla. Cada sombra, cada crujido, le recordaba lo que estaba en juego. Se obligó a no mirar atrás. Al llegar a la entrada oculta entre las raíces, tocó la piedra con el símbolo y la tierra se abrió apenas lo suficiente para dejarla pasar.
Antes de entrar, miró una última vez al cielo cubierto. No había luna visible, pero sentía el poder latiendo bajo su piel. Sabía que esa noche nada sería igual.
¿Estaba lista para lo que venía? No lo sabía, pero no podía detenerse. Dio el primer paso hacia la oscuridad, con el corazón decidido y la esperanza de que la manada resistiera hasta el final.