Capítulo 11 · ~5 min
La verdad oculta
Morvan revisó una vez más el mapa de rutas ocultas entre los árboles, rodeado por el silencio del bosque. Sus dedos, manchados de tierra y tinta, marcaban líneas con precisión. Cada sendero era una posible salvación o una trampa mortal. Desde la última emboscada del Alfa, el riesgo de confiar en cualquiera se había duplicado. Miró hacia el claro: Reina se acercaba, con paso firme, la herida del costado ya casi cerrada pero su mirada más dura que nunca.
—¿Hay novedades? —preguntó Reina, sin rodeos, apenas a dos metros de él.
Morvan le tendió un trozo de pergamino viejo, con letras torcidas y borrosas.
—Esto lo escribí cuando aún era parte del consejo del Alfa. Léelo. Ahí está su mayor debilidad.
Reina no lo tomó de inmediato. Lo miró directo, como buscando alguna trampa oculta en sus palabras. Morvan sostuvo la mirada, cansado pero sincero.
—¿Por qué ahora? —preguntó ella, bajando un poco la voz—. ¿Por qué no lo usaste antes?
Morvan se encogió de hombros. No había respuesta fácil. Dejó que el silencio hablara unos segundos.
—Porque él me tenía controlado. Sabía lo de mi hermano… Tenía miedo, igual que todos. Pero ya no.
Reina por fin tomó el pergamino y leyó en silencio. Sus cejas se fruncieron, primero con sorpresa y luego con rabia contenida. Morvan reconoció ese gesto: era la furia de quien entiende demasiado tarde que estuvo engañado.
—¿Esto es cierto? —La voz de Reina temblaba, pero no por miedo—. ¿El Alfa traicionó a la manada en la masacre de la Sombra?
Morvan asintió, tragando saliva. Recordar ese episodio era como masticar cenizas.
—Él negoció con los forasteros. Les abrió un paso a cambio de poder. Creyó que podría controlarlos, pero no. Mató a los suyos para cubrir la pista.
Reina apretó el papel, arrugándolo entre los dedos.
—Eso cambia todo…
Morvan se agachó, recogió una piedra y la lanzó lejos, sin mirar dónde caía.
—Si lo cuentas, algunos no te creerán. Otros sí. Pero dividirá a la manada. El miedo los paraliza más que la verdad. Y si él siente que lo acorralan, atacará antes de que estés lista.
Reina guardó el pergamino en su cinto y caminó en círculos, inquieta.
—¿Quién más lo sabe?
—Solo el viejo guardián. Y, tal vez, Kael sospecha algo, pero nunca se lo he dicho.
Morvan se sentó en la raíz de un árbol caído. Sentía el peso de los años y la culpa en los hombros. Reina se detuvo frente a él, cruzando los brazos.
—¿Por qué confías en mí? Podría entregarte al Alfa y terminar con esto.
Morvan soltó una risa seca.
—Si quisieras traicionarme, ya lo habrías hecho. Yo no tengo nada que perder… pero tú sí. Y si caes, caemos todos.
Reina se agachó, quedando a su altura.
—No me interesa el poder por poder. Quiero justicia. Y quiero que la manada deje de vivir con miedo.
Morvan notó un brillo extraño en sus ojos, algo entre rabia y esperanza. Eso le dio un poco de valor para seguir.
—Hay algo más. El Alfa guarda un amuleto. Es antiguo, de los primeros líderes. Dicen que quien lo posea puede reclamar la manada sin lucha. Pero solo funciona si todos saben la verdad sobre él. Si logras que la historia salga a la luz, el amuleto será tuyo.
Reina abrió los ojos sorprendida.
—¿Dónde está?
Morvan dudó. Se mordió el labio antes de responder.
—En la cueva del río, bajo la roca negra. Pero está protegida. Solo alguien de sangre pura puede entrar sin activar la trampa.
Reina se levantó de golpe.
—Entonces debemos ir esta noche. No podemos perder más tiempo.
Morvan la detuvo con una mano.
—No. Si vas ahora, el Alfa lo sabrá. Tiene vigías cerca. Hay que esperar el cambio de guardia, cuando todos estén distraídos con la señal de Soren. Es la única oportunidad.
Reina apretó los puños, frustrada. Caminó unos pasos y regresó.
—¿Tú puedes entrar a la cueva?
Morvan negó con la cabeza.
—No. Solo tú. Tu madre era de la línea antigua, ¿cierto? Por eso te teme el Alfa.
El silencio se estiró. Solo se oían grillos y ramas movidas por el viento. Morvan sintió que el aire se volvía más denso.
—¿Y si fallo, Morvan? —preguntó Reina, bajando la voz, casi como un susurro.
Morvan levantó la vista. Sus ojos, duros como piedra, por fin mostraron una grieta de humanidad.
—Si fallas, al menos sabrás la verdad. Y yo también. Prefiero morir sabiendo que intenté cambiar algo, que seguir escondiéndome.
Reina asintió. Se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Gracias… por confiar en mí.
Morvan la miró, sorprendido. No estaba acostumbrado a gestos así. Solo asintió, incómodo, y apartó la mirada.
—No me des las gracias todavía. Falta lo más difícil.
Reina sonrió apenas, de lado.
—Nunca dije que sería fácil.
Morvan recogió su mapa y lo guardó. Se puso de pie y miró a Reina, más decidido que antes.
—Cuando llegue el momento, usarás esto —le entregó una pequeña piedra gris, lisa, con un símbolo antiguo grabado—. Es la marca de los viejos aliados. Te abrirá la cueva si la llevas contigo.
Reina sostuvo la piedra, mirándola con respeto y algo de miedo.
—¿Crees que la manada me siga si se enteran de todo?
Morvan no dudó esta vez.
—Si no lo intentas, nunca lo sabrás. Pero si lo haces… tal vez tengas una oportunidad.
Reina guardó la piedra y levantó la cabeza, decidida. Morvan supo que el siguiente paso ya no dependía de él.
—¿Cómo usarás esta nueva información, Reina? —pensó, sabiendo que la respuesta podía cambiarlo todo.