Capítulo 14 · ~5 min
Caos desatado
Luna avanzó por el pasillo, con la respiración corta y el pulso acelerado. El instituto olía a desinfectante y a nervios viejos. Los murmullos iban creciendo tras ella, cada vez más ansiosos. Pensaba en la hoja marcada que escondía en el bolsillo, ese papel arrugado que ya sentía pegado a la piel. En su mente, repetía la advertencia de Selene: “No confíes en nadie, cuidado con Ryker”.
Al cruzar frente al comedor, un estrépito retumbó por el edificio. Sillas arrastradas, un grito. Un grupo de estudiantes pasó corriendo, empujándose, con la cara pálida. Luna se pegó a la pared y los dejó pasar. Dudó solo un segundo.
Corrió hacia la sala de asambleas, esquivando mochilas y miradas asustadas. La puerta estaba torcida, apenas sostenida por una bisagra. Dentro se oían voces peleando. Luna asomó la cabeza, casi sin querer.
Sienna estaba en el centro, firme, el cabello suelto y la mirada dura. Ryker la enfrentaba con los brazos cruzados, sonrisa torcida y ojos de lobo. Tres seguidores de Ryker cerraban el paso a la salida. Las sillas estaban tiradas, papeles esparcidos por todos lados. Nadie más se atrevía a acercarse.
—Te lo advierto, Sienna, hoy mando yo —escupió Ryker—. Dame la llave o esto termina mal.
—Aquí no tendrás nada— Sienna apretó la mandíbula—. No pienso dejarte el control del instituto.
Ryker estiró una mano, burlón.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Llamar a tus perros? —soltó una carcajada seca—. Si no traes la llave, los tuyos van a pagar.
Sienna no se movió. Solo sus nudillos blancos sobre la mesa la delataban.
—No vas a tocar a nadie más, Ryker. —Su voz tembló, pero no retrocedió.
Ryker la miró de arriba abajo. Bajó el tono, pero las palabras cortaban.
—La humana tiene la hoja. Dámela o arrastro a todos contigo.
Luna sintió una descarga en la espalda. Miró hacia la puerta del fondo. Si corría la descubrirían. Si se quedaba, estaba atrapada entre dos fuegos.
Ryker dio un paso hacia Sienna y uno de sus chicos volcó una mesa contra la pared. El estruendo hizo saltar a todos. Sienna interpuso el cuerpo, deteniendo a los seguidores de Ryker con un brazo.
—¡Salgan todos! —gritó, sin mirarla siquiera—. Nadie tiene que quedarse aquí.
Algunos estudiantes dudaron, pero se movieron rápido hacia la salida. Luna retrocedió buscando una esquina oscura.
Ryker se lanzó sobre Sienna, rápido. Ella bloqueó un golpe, pero recibió un empujón que la hizo tambalear. Respondió con una patada baja. La pelea estalló en el centro de la sala, mientras los demás miraban sin saber qué hacer.
—¡Esto no es tuyo, Ryker! —Sienna jadeaba, tratando de mantener el equilibrio—. No vas a ganar así.
Ryker sonrió, mostrando los dientes.
—Ya tengo lo que quiero. Solo falta la humana.
En ese momento, Luna vio que uno de los seguidores de Ryker la señalaba. El chico de cabello rapado gritó:
—¡Ahí está! ¡Tiene la hoja!
El grupo se lanzó en su dirección. Luna se agachó y corrió hacia la puerta lateral. Atravesó una cortina de papeles y sintió dedos rozando su mochila. Esquivó una banca, tropezó con una carpeta y logró salir al pasillo.
Corría sin mirar atrás. Pisadas y gritos la seguían. Giró por el corredor, esquivando a una chica que lloraba en el suelo. Subió dos escalones de un salto, pero un brazo la sujetó del hombro.
—¡Dámela, humana! —gruñó un chico, apretando fuerte.
Luna giró y le clavó el codo en el estómago. El chico soltó una maldición y la dejó ir. Luna aprovechó para meterse en el primer salón abierto. Cerró la puerta y arrastró una mesa pesada contra ella. Afuera, los pasos se detuvieron un segundo.
—¡No vas a escapar, Luna! —la voz de Ryker retumbó en el pasillo—. Tarde o temprano vas a salir.
Luna buscó una salida. Había una ventana alta, imposible de alcanzar sin ayuda. Miró a su alrededor: escritorios, mochilas, una pizarra cubierta de garabatos. El viejo armario del fondo parecía lo único que podía usar.
Se metió dentro, apretando el papel en el puño. Cerró la puerta despacio, conteniendo el temblor en los dedos. Por la rendija, veía la penumbra del aula.
Los pasos se acercaron. Golpes contra la puerta. Luna contuvo el aliento. Las voces sonaban cada vez más cerca.
—Revisa bien, seguro que está aquí —ordenó alguien.
Una mano golpeó el armario. Los minutos pasaban lentos. Luna sintió el sudor frío recorriéndole la frente. Afuera, el bullicio se mezclaba con gritos y el rugido distante de una pelea.
El suelo vibró. Luna escuchó un estrépito: la puerta del aula crujía. Alguien forzaba la entrada. Las bisagras chillaron. Los pasos eran varios, pesados.
—¡No la dejen escapar! —gritó Ryker, más cerca ahora.
Luna apretó la hoja, el papel arrugado le cortaba la palma. No podía gritar, no podía moverse. Solo esperaba que no la encontraran primero.
Los golpes al armario se hicieron más fuertes. Las bisagras temblaron. Luna cerró los ojos un segundo. Afuera, una voz nueva se escuchó, dura y mandona.
—¡Déjenla en paz! —Era Sienna. Se oía cansada, pero firme.
Un golpe, luego otro. Un rugido animal, gritos. Luna escuchó muebles arrastrándose, carreras. Sintió la vibración en el piso.
—¡Van todos a recibir castigo si siguen! —amenazó Sienna, sin dudar.
Las voces bajaron. Luna abrió un poco la puerta del armario, buscando un hueco entre la oscuridad. Vio una sombra pasar y luego silencio. Suspiró, pero no se movió.
De pronto, una mano agarró la perilla del armario. La puerta se abrió apenas unos centímetros. Luna vio unos ojos furiosos, llenos de odio. No era Sienna. Era uno de los seguidores de Ryker.
—Ya te encontramos. Entrega la hoja o no sales de aquí.
Luna respiró hondo y apretó el papel. Afuera, los gritos y ruidos aumentaban. El caos seguía creciendo.
¿Cómo iban a sobrevivir si nadie lograba detener a Ryker?