Capítulo 20 · ~5 min
Un nuevo comienzo
Sofía se despertó temprano, con el estómago revuelto y el corazón acelerado. La luz de la mañana entraba tímida por la ventana, pero ella solo pensaba en lo que iba a pasar ese día. Caminó en silencio hasta la cocina, revisando mentalmente cada paso que la había llevado hasta ese momento. Alejandro ya estaba ahí, sentado a la mesa, bebiendo café y mirando el celular. No levantó la vista cuando entró, pero ella notó que tenía los hombros tensos.
Sofía preparó una taza de café y se sentó frente a él. Por un minuto, ninguno habló. El sonido de la cafetera llenaba el silencio, hasta que Alejandro dejó el celular y la miró directo, sin esa frialdad de antes.
—Hoy es el día, Sofía. —Su voz sonó más suave de lo normal—. ¿Estás lista?
Ella asintió, sin necesidad de mentir. Había esperado ese momento con miedo y esperanza. Sabía que después de la firma, nada los obligaría a seguir juntos.
—¿Y tú? —preguntó, buscando sus ojos—. ¿Qué quieres hacer cuando todo termine?
Alejandro suspiró y bajó la mirada. Parecía buscar las palabras correctas, como si temiera decir lo que sentía.
—No tengo todas las respuestas —dijo al fin—. Pero quiero intentarlo contigo, sin contratos ni condiciones. Si tú también quieres. Ya no sé vivir en medio de tanta desconfianza.
Sofía sonrió apenas, sintiendo un alivio que no esperaba. Se levantó y se acercó a él. Le tomó la mano, notando cómo le temblaban los dedos.
—Yo tampoco quiero volver a mi vida de antes —susurró—. Si vamos a hacerlo, que sea real. Esta vez, de verdad.
La tensión en la cocina se fue disolviendo. Terminaron el café juntos, en silencio, pero con una complicidad nueva. Luego, cada uno se preparó para la reunión en la oficina del abogado. Sofía eligió un vestido sencillo y se recogió el cabello. Alejandro se puso un traje oscuro, pero no llevaba esa máscara de CEO distante. Parecía más humano, más cercano.
El camino hasta la oficina fue corto. En el auto, nadie habló mucho. A veces, Alejandro le apretaba la mano, como si necesitara asegurarse de que Sofía seguiría ahí. Al llegar, el abogado los esperaba con una carpeta llena de papeles y una sonrisa profesional.
—Buenos días, Alejandro, Sofía. Todo está listo para la firma final —dijo el abogado, abriendo la carpeta—. Solo falta esto y la empresa será oficialmente tuya, Alejandro.
Alejandro miró a Sofía antes de tomar la pluma. Ella le devolvió la mirada, tranquila. No había marcha atrás. Él firmó sin titubear, luego le pasó la pluma a Sofía, quien llenó el espacio correspondiente. El contrato de matrimonio quedaba oficialmente cumplido. El abogado los felicitó y se retiró discretamente, dejándolos solos en la sala.
Por un momento, ninguno supo qué decir. Alejandro rompió el silencio, con la voz más baja de lo normal.
—Ya no hay contrato. Puedes irte si quieres. No tienes que quedarte por obligación.
Sofía respiró hondo y negó con la cabeza. Se acercó a Alejandro, lo miró de frente y le habló con firmeza.
—Me quedo porque quiero, Alejandro. Porque te elijo, no porque me lo pida un papel. Pero necesito que tú también me elijas.
Alejandro tragó saliva, visiblemente nervioso. Dio un paso hacia ella y le tomó ambas manos.
—Te elijo, Sofía. No sé cómo hacerlo perfecto, pero lo intento cada día. Si te quedas, prometo no volver a esconderme ni a dejar que el miedo decida por mí.
Sofía sintió que la tensión acumulada durante meses se desmoronaba de golpe. Apoyó la frente en el pecho de Alejandro, y él la abrazó fuerte, como si por fin entendiera que no tenía que perderlo todo para ser feliz.
Salieron de la oficina juntos, caminando despacio. En la calle, la ciudad seguía su ritmo, ajena a lo que ellos acababan de decidir. Alejandro se detuvo, soltando una risa nerviosa.
—¿Te parece si empezamos de nuevo? —preguntó, con una sonrisa genuina—. Sin secretos, sin juegos. Solo tú y yo, esta vez de verdad.
Sofía asintió, riendo también. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que el futuro no era una amenaza, sino una promesa.
Caminaron hasta el auto tomados de la mano, como una pareja normal. Alejandro abrió la puerta del copiloto para ella, un gesto simple pero lleno de significado. Durante el trayecto a casa, hablaron de cosas sencillas: qué cenar, a quién llamar primero para contar la noticia, si irían a la playa el fin de semana. Los grandes miedos quedaban atrás, al menos por ese rato.
Al llegar al departamento, Sofía dejó la bolsa en la entrada y miró a Alejandro, esperando una señal. Él se acercó y la besó, suave pero seguro, como si por fin entendiera lo que significaba tenerla cerca sin miedo a perderla.
—Gracias por no rendirte —susurró Alejandro—. Por darme otra oportunidad.
Sofía sonrió, sintiendo cómo la vida tomaba otro color. Caminó hacia la sala, donde el contrato —ya sin valor— descansaba sobre la mesa. Lo miró un segundo y luego, sin dudar, lo rompió en dos. Alejandro observó el gesto y asintió, tranquilo.
—Ahora sí empieza lo nuestro —dijo, tomando su mano una vez más.
Sofía se recargó en su hombro. El pasado quedaba atrás. El futuro era incierto, pero por primera vez, estaban listos para enfrentarlo juntos, sin miedo, sin papeles, solo con el corazón.