Capítulo 19 · ~6 min
Preparativos para el cambio
Alejandro despertó cuando todavía era de madrugada. Se quedó mirando el techo unos segundos, sintiendo el vacío de la habitación oscura. Sofía seguía dormida, con el rostro tranquilo y los labios entreabiertos. Él se levantó sin hacer ruido, fue hasta la cocina y puso a calentar la leche. Se sirvió café y preparó el de Sofía, cuidando el azúcar y la leche, igual que ella siempre lo hacía. Miró la taza con el nombre de Sofía escrito en marcador y sonrió sin quererlo.
Llevó ambas tazas a la mesa. El departamento estaba en silencio, solo se escuchaba el tráfico lejano y el tic-tac del reloj. Alejandro abrió el correo en su celular, repasó los documentos de la herencia y pensó en lo cerca que estaba de firmar. Todo el proceso giraba alrededor de ese papel, pero ahora sentía que eso ya no era lo más importante.
Sofía apareció en la puerta de la cocina con pasos lentos, el cabello alborotado y una bata azul encima. Tomó la taza sin decir nada, se sentó frente a Alejandro y lo miró con los ojos medio cerrados.
—Gracias por el café —dijo, apenas audible.
Alejandro asintió. Se quedó mirando la taza, girándola entre las manos.
—¿Cómo dormiste? —preguntó, sin levantar la mirada.
—Mal, la verdad. Soñé que me iba y nadie me detenía —contestó Sofía, bajando la voz.
Alejandro apretó los labios, incómodo. Se quedó callado un momento, luego se animó a hablar.
—No quiero que te vayas. Quiero que esto funcione, Sofía. Pero no sé si basta con firmar un papel.
Sofía lo observó en silencio, como si quisiera entender si hablaba en serio.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer?
Alejandro suspiró.
—No tengo todas las respuestas. Pero quiero intentarlo. Me cansé de fingir que solo eres parte de un contrato.
Sofía se acomodó en la silla, más relajada.
—Si de verdad quieres esto, tenemos que hacer planes juntos. No solo cumplir con la empresa y los abogados. Hablo de nosotros.
Alejandro la miró a los ojos por fin. Sintió el impulso de acercarse, pero se contuvo. Levantó una ceja, curioso.
—¿Qué tienes en mente?
—No sé, tal vez viajar, buscar un lugar donde ninguno de los dos tenga miedo. O simplemente aprender a vivir juntos sin que el miedo al final esté presente cada día.
Alejandro pensó en la casa de playa que su familia tenía guardada desde hace años. Nunca la había compartido con nadie; la idea le resultaba rara y a la vez tentadora.
—Podemos ir a la playa. Es un sitio tranquilo, nadie pregunta nada ahí. Podríamos estar solos.
Sofía lo miró sorprendida.
—¿Tienes una casa en la playa?
—Sí, pero nunca llevo a nadie. Es un lugar viejo, pero creo que te gustaría. Si quieres, podemos ir cuando todo esto termine.
Sofía sonrió, jugando con la taza entre las manos.
—Me gustaría. Pero primero hay que cerrar el asunto de la herencia. ¿Ya tienes todo listo?
Alejandro asintió.
—El abogado quiere que firmemos juntos. Quiere una foto, supongo que para demostrar que seguimos casados. Después el contrato ya no importará.
Sofía soltó una risa baja.
—¿Y después qué?
—Después… podemos decidir nosotros. Sin reglas escritas.
Sofía dejó la taza sobre la mesa. Se levantó y buscó su cuaderno, comenzó a anotar una lista con letra apresurada: bancos, seguros, mudanza, citas médicas para su madre. Alejandro la miró y tomó su propio celular para organizar la cita con el abogado y responder mensajes de la empresa. Por un rato, solo se escucharon las hojas pasar y el tecleo rápido.
A media mañana, Sofía se acercó y apoyó la mano en el hombro de Alejandro.
—Cuando termines con tus llamadas, quiero invitarte a cenar. Solo tú y yo. Nada de familia ni contratos en la mesa. ¿Te animas?
Alejandro la miró, casi divertido.
—Hace años que nadie me invita a cenar sin tener un motivo oculto. Me parece buena idea.
Sofía sonrió y volvió a su cuaderno, apuntando algo más. Alejandro se levantó, fue hasta la caja fuerte del estudio y sacó el contrato de matrimonio. Lo colocó sobre la mesa del comedor, junto a una pluma.
Sofía se acercó y lo miró en silencio. No tocó el papel; solo lo observó como si fuera un objeto extraño.
—¿Te molesta verlo ahí? —preguntó Alejandro.
—No sé si molestar es la palabra. Me recuerda que todo esto empezó por obligación. Pero también me hace pensar en lo que hemos pasado. Quizá cuando termine el plazo, podemos guardarlo. No destruirlo, solo guardarlo, para recordar que sobrevivimos.
Alejandro asintió, aliviado por la idea. No tenía ganas de hacer un ritual de despedida. Prefería dejar el papel en un cajón y concentrarse en lo que venía.
Por la tarde, revisaron juntos cada documento, firmaron donde hacía falta y prepararon todo para la reunión con el abogado. Sofía fue a la habitación a buscar carpetas, mientras Alejandro ordenaba los papeles por fecha y categoría. Trabajaban en silencio, pero cada tanto se cruzaban miradas. Una sonrisa, un gesto de complicidad, alguna broma corta cuando uno se equivocaba de hoja.
Cerca de las seis, Sofía terminó la lista y se sentó en el sofá. Alejandro fue a su lado, se dejó caer despacio, cansado. Encendió la televisión y dejó cualquier programa, sin prestar atención.
Sofía apoyó la cabeza en su hombro. Alejandro le tomó la mano y la sostuvo, apretándola con suavidad. No dijeron nada por varios minutos.
De pronto, Sofía rompió el silencio.
—¿Tienes miedo?
Alejandro dudó un momento antes de responder.
—Sí. Pero creo que me da más miedo perderte que fracasar en la empresa. Nunca pensé que diría eso.
Sofía sonrió, cerrando los ojos. Alejandro la miró, más tranquilo que en días anteriores. Se permitió disfrutar ese momento sin pensar en el futuro, aunque la duda seguía ahí, muy adentro.
Cuando llegó la noche, Sofía fue a la habitación y Alejandro se quedó en la sala, repasando en su mente todo lo que vendría. Se preguntó si realmente serían capaces de dejar atrás el pasado y construir algo nuevo. ¿Sería suficiente lo que sentían ahora? ¿O el miedo terminaría separándolos?
Se levantó, apagó las luces y entró a la habitación. Sofía ya estaba en la cama, esperándolo en silencio. Alejandro se acostó a su lado, sin decir nada. Cerró los ojos, decidido a intentarlo, aunque el futuro fuera incierto. ¿Qué les deparaba el futuro como pareja? Esa pregunta lo acompañó hasta quedarse dormido.