Capítulo 18 · ~5 min
Unidad frente al mundo
Sofía abrió la puerta con dedos tensos y salió al pasillo. Caminó directo a la cocina, donde Alejandro ya estaba sentado, traje sin corbata, la taza de café medio vacía. Sobre la mesa, papeles desordenados y una carpeta azul. Ella se acomodó el cabello en una coleta desprolija y se sirvió café sin mirar a Alejandro.
Alejandro la observó por encima de los documentos. Sus ojos estaban cansados, pero su expresión no era fría, sólo agotada.
—¿Vas a querer desayunar? —preguntó, sin levantar mucho la voz.
—No tengo hambre —respondió Sofía, revolviendo el café. Le temblaba un poco la mano, pero lo ocultó sosteniendo la taza con ambas.
El ambiente estaba tenso, pero ya no era el de la noche anterior. Había algo más honesto, una cercanía incómoda que solo dejaba espacio para la verdad.
Alejandro tomó la carpeta y la deslizó hacia ella.
—Hoy quieren que vayamos a la casa. Mi mamá, mi papá y mi tía. Quieren respuestas sobre el contrato y la empresa. No tienes que ir si no quieres —dijo Alejandro, la voz seca pero sin dureza.
Sofía no dudó. Dejó la taza y le sostuvo la mirada.
—Voy contigo. No pienso esconderme ni dejarte solo en esto.
Alejandro soltó el aire y por un momento se relajó. Asintió. Los dos recogieron sus cosas en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. Sofía se amarró bien los tenis, revisó que llevara el celular y salió detrás de Alejandro.
El trayecto en auto fue corto. Alejandro conducía con los labios apretados, los nudillos marcados en el volante. Sofía miró por la ventana, repasando mentalmente lo que iba a decir si la familia los atacaba. Al llegar, el portón de metal se abrió con un zumbido y entraron sin ser recibidos. El olor a perfume fuerte, cera y madera vieja llenó el aire.
En la sala, la madre de Alejandro esperaba en el centro, de pie, con la espalda recta. El padre estaba sentado en un sillón, los brazos cruzados, y la tía ocupaba la esquina del sofá, con cara de querer terminar rápido. Sofía se acercó a Alejandro y le rozó la mano, buscando algo de apoyo. Se sentaron juntos en el borde del sillón.
—Bien, hablemos claro —empezó la madre, sin rodeos—. ¿Este matrimonio sigue o fue sólo una farsa para cumplir el contrato? La empresa no aguanta más incertidumbre.
Alejandro la enfrentó con la mirada. No bajó la cabeza ni jugó con las manos. Respondió directo.
—No vamos a ventilar detalles privados. Pero sí quiero que quede claro: las decisiones sobre nuestro matrimonio las tomamos nosotros. Nadie más.
El padre soltó un suspiro y se inclinó hacia adelante, sin quitarle los ojos a Alejandro.
—¿Estás dispuesto a arriesgar la empresa por esto? Piénsalo bien, hijo. No hay marcha atrás.
Sofía no esperó el turno. Se sentó más derecha y habló, la voz le temblaba apenas, pero no se detuvo.
—Sé que al principio fue un acuerdo. Pero no vine aquí a posar para la foto familiar. Estoy porque quiero estar, no porque me obliguen. Si quieren estabilidad, tendrán que confiar en nosotros. No pienso fingir ser alguien que no soy.
La tía levantó la ceja, con tono menos duro pero igual de firme.
—La confianza se gana. ¿Por qué deberíamos creer que esto no va a acabar mal?
Sofía la miró de frente.
—No puedo prometer perfección. Pero sí tengo claro que quiero luchar por esto. Si no confían, entonces nunca habrá paz en esta familia.
La madre se acercó a Sofía, deteniéndose a pocos pasos. Parecía medir cada palabra antes de soltarla.
—Espero que sepas a lo que te enfrentas. Si fallan, no hay segundas oportunidades. Ni para ti ni para Alejandro.
Alejandro le apretó la mano a Sofía bajo la mesa, sin soltarla. La tensión era real, pero Sofía no apartó la mirada.
—Sabemos lo que arriesgamos —dijo Alejandro—. Y si vienen consecuencias, vamos a enfrentarlas juntos.
La madre giró y salió del salón, taconeando fuerte. El padre y la tía la siguieron, murmurando entre dientes. Los dejaron solos, rodeados de relojes viejos y fotos familiares que no miraban con simpatía.
Sofía soltó el aire y se frotó las palmas. Alejandro la miró, con una media sonrisa cansada.
—No pensé que hablarías así frente a ellos —dijo, casi en susurro.
Sofía se encogió de hombros y le devolvió la sonrisa, aunque le temblaban los labios.
—Ya no pienso quedarme callada. Si vamos a seguir con esto, tiene que ser real, no sólo un contrato.
Alejandro se levantó despacio y le ofreció la mano. Sofía aceptó. Se pusieron de pie juntos, sin soltarse. Alejandro le acarició la mejilla con los dedos, suave, sin apuro.
—Gracias por quedarte. No sé si lo merezco, pero no quiero perderte.
Sofía apoyó la frente en su pecho. Él la abrazó fuerte, sin miedo. Por un momento, no había más ruido que el tic-tac del reloj y el murmullo lejano de la familia en la cocina.
—¿De verdad crees que podamos con todo esto? —susurró Sofía contra su camisa.
Alejandro la miró fijo, buscando palabras que no encontraba fácil.
—No prometo nada. Pero esta vez no me rindo. Si caemos, caemos juntos.
Sofía cerró los ojos un segundo, dejando que ese calor sencillo la tranquilizara. Pero mientras sentía el abrazo, la duda seguía ahí, flotando entre ellos: ¿cuánto tiempo podrían sostener esa unión cuando todo volviera a ponerse en su contra? ¿Sería suficiente el amor para resistir la presión del contrato y la familia?