Capítulo 17 · ~6 min
Confesiones sinceras
Alejandro no pegó un ojo en toda la noche. Se quedó sentado en el sofá, con la espalda tensa y la mirada fija en la puerta del cuarto de Sofía. Tenía el celular en la mano, pero no revisó mensajes ni noticias. Solo escuchaba el ruido lejano de la ciudad y el eco de la discusión que los había dejado rotos la noche anterior. Le dolía la garganta de tantas palabras atragantadas. Pensó en levantarse y tocar la puerta, pedirle a Sofía que saliera, pero el miedo lo mantenía pegado al asiento.
Al amanecer, el sonido de la ducha le avisó que Sofía estaba despierta. Escuchó sus pasos suaves y el arrastre de la maleta sobre el piso. No se movió. El corazón parecía querer salirse del pecho, pero no dijo nada hasta que la vio aparecer en el pasillo, con los ojos rojos y la cara seria.
Sofía se quedó parada frente a él, la maleta a un lado. Se abrazó el cuerpo con ambos brazos y respiró hondo.
—¿Dormiste algo? —preguntó, sin mirarlo de frente. Su voz salió baja, con cansancio.
—Nada —respondió Alejandro, frotándose la cara—. Siéntate, por favor. Tenemos que hablar.
Ella dudó, pero dejó la maleta junto a la pared y se sentó en la silla frente a él. Apoyó los codos en las rodillas y bajó la mirada.
El silencio pesaba. Alejandro se frotó las manos. Las palabras no salían fáciles, pero algo tenía que cambiar.
—Sofía, no quiero que esto siga así. Anoche pensé muchas cosas. Yo… tengo miedo. Miedo de seguir perdiendo lo poco que me queda —dijo, la voz más ronca de lo normal.
Sofía alzó la vista, sorprendida. Alejandro notó que ella se mordía el labio, conteniendo algo.
—¿Miedo de qué? —preguntó Sofía, con un hilo de voz.
—De que te vayas y no quede nada. De perderte a ti —dijo Alejandro, sin esconder la tensión—. Me importas más de lo que imaginé. No eres parte de un simple trato. Y eso me asusta.
Sofía lo miró fijo, como buscando la verdad en su cara. Se frotó las manos nerviosa.
—Entonces ¿por qué me empujas a irme cada vez que te acercas? —preguntó ella, más firme—. Yo también tengo miedo, Alejandro. Pero no quiero quedarme donde no confían en mí.
Alejandro respiró hondo. Se apoyó hacia adelante, con los codos en las rodillas.
—Me cuesta confiar, Sofía. Fui un imbécil pensando que todo podía resolverse solo con reglas. Pero tengo cicatrices de antes. Mariana, mi familia, todos esperando que falle. Me acostumbré a no depender de nadie.
Sofía se levantó de golpe. Caminó hasta la ventana y se quedó mirando la calle, apretando los brazos alrededor del cuerpo. Su cabello caía sobre la espalda, desordenado. Alejandro se quedó mirándola, esperando alguna señal.
—No soy Mariana —dijo Sofía, sin voltearse—. No estoy aquí para traicionarte. Pero tampoco puedo quedarme si no puedes confiar en lo que hay entre nosotros.
Alejandro se puso de pie. Se acercó a ella, pero se detuvo a un paso. Dudó antes de hablar, buscando las palabras.
—No sé cómo hacer esto. Decime qué necesitas —pidió, la voz apenas un susurro—. Dímelo claro, Sofía.
Ella se giró. Tenía los ojos húmedos, pero la mirada firme.
—Solo pido sinceridad. Si de verdad quieres que me quede, dilo. Pero si solo te quedas conmigo por miedo a estar solo, déjame ir.
Alejandro tragó saliva. Sintió el pulso acelerado. Dio un paso hacia ella, bajó la voz y sostuvo su mirada.
—Te necesito, Sofía. No solo para la empresa. Te necesito aquí conmigo. Cuando pensé que te ibas, sentí que todo se me venía abajo. Si te quedas, es porque tú quieres, no porque yo te obligue.
Sofía se acercó un poco más. Le temblaban las manos, pero la voz le salió clara.
—Quiero quedarme. Pero no puedo hacerlo sola. Si tú no peleas conmigo, esto no tiene sentido. ¿Vas a luchar por esto, Alejandro? ¿O prefieres que me vaya?
Alejandro sintió un nudo en la garganta. Tomó la mano de Sofía, apretándola con cuidado.
—Quiero intentarlo. No tengo todas las respuestas, pero sí sé que no quiero perderte. No voy a dejar que el miedo me gane. No otra vez.
Sofía suspiró aliviada. Su mano se quedó en la de él, cálida, temblorosa. Alejandro sintió que algo cambiaba. Miró a Sofía, buscando el valor para dar el siguiente paso.
Ella se acercó más, hasta quedar casi pegada a él.
—No me sueltes si las cosas se ponen difíciles. No me eches cuando tengas miedo —dijo, apretando su mano.
Alejandro asintió. Le acarició el dorso de los dedos con el pulgar.
—Te lo prometo. Esta vez no voy a huir.
El departamento quedó en calma. Sólo se escuchaba el ruido lejano del tráfico. Sofía apoyó la frente en el pecho de Alejandro unos segundos, como si necesitara sentirlo real.
Luego se separó con una sonrisa pequeña y fue a la cocina. Alejandro la siguió, sin soltarle la mano. Prepararon café en silencio, moviéndose juntos por el espacio reducido. Sofía le pasó una taza y Alejandro la aceptó con una mueca de agradecimiento. Se acomodaron los dos en la barra, uno frente al otro.
Sofía jugó con la cucharita, pensativa.
—¿Y qué sigue ahora? —preguntó, sin levantar la vista.
Alejandro miró la taza, luego a ella. Pensó en la empresa, en Fernando, en la familia que nunca dejaba de presionar. Pero por primera vez no sintió el mismo peso. Volvió la mirada a Sofía y sintió que podía intentarlo, aunque tuviera miedo.
—Lo que sigue es que lo enfrentamos juntos. Pase lo que pase —dijo, y su voz sonó más segura de lo que esperaba.
El celular vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Fernando. Alejandro lo miró, pero no lo abrió. Alargó la mano y apagó la pantalla. Sofía lo observó en silencio. Él le sonrió apenas, y ella devolvió la sonrisa, tímida.
Sofía se acercó y apoyó la cabeza en su hombro. Alejandro rodeó sus hombros con el brazo, sintiendo una paz nueva, rara en él.
Se quedaron así un rato, en calma, casi olvidando el resto del mundo. Alejandro pensó en todo lo que quedaba por resolver, en las amenazas y el contrato que aún pesaba sobre ellos. Pero también sintió, aunque fuera por un momento, que podían encontrar algo real.
En el aire quedó la pregunta, flotando entre los dos: ¿lograrían construir un amor real?