Historia Abierta
Portada de Contrato de Corazones
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Capítulo 16 · ~5 min

Decisión valiente

Sofía se despertó con los ojos hinchados y la boca amarga. El reloj marcaba la una y media. No quiso moverse de la cama. Miró la maleta abierta en el suelo. Puso una mano sobre la tela, sintiendo el borde duro del cierre, dudando si llenarla de una vez o guardarla bajo la cama. Afuera, el ruido de los autos le llegaba apagado, lejano, igual que el mundo de las personas que seguían con su vida.

Se puso unos jeans y una camiseta, se recogió el pelo en un chongo rápido y salió al pasillo. Alejandro no estaba a la vista, pero su chaqueta quedaba colgada en la silla del comedor. Sobre la mesa, la carpeta del contrato. Sofía la miró dos segundos y siguió hacia la cocina.

El olor a café le dio en la cara al cruzar la puerta. Alejandro, de espaldas, servía dos tazas. Su camisa tenía arrugas, el cuello mal doblado. Movía la cuchara despacio, la espalda tensa. No volteó cuando Sofía entró.

—Te preparé café —dijo Alejandro, sin girar.

Sofía tomó la taza. El calor le tembló en los dedos. No bebió. Se apoyó en la barra, esperando una palabra más. Solo se oía el sonido de la cuchara golpeando la otra taza. Alejandro no levantaba la vista.

—¿Vas a seguir sin hablarme? —preguntó Sofía, la voz baja pero sin titubear.

Alejandro dejó la cuchara en la mesa y se frotó la frente. Evitó mirarla.

—No es eso. No sé qué decirte —respondió con la voz apagada.

Sofía pensó en su mamá y en la operación que todavía faltaba. Miró el anillo que llevaba. Sentía el peso en la mano.

—No estoy aquí solo por el contrato. Quiero saber si de verdad quieres que esto funcione. Si no, dime y me voy —dijo Sofía, mirando fijo a Alejandro.

Alejandro apretó los labios. Se quedó callado más de lo normal. Sofía sintió que la presión le subía por el pecho, pero no bajó la mirada. Alejandro giró por fin, el rostro cansado, ojeras marcadas.

—No quiero que esto te haga daño —dijo él, bajando la voz—. Tal vez lo mejor es que cada uno siga su camino.

Sofía apretó la taza con más fuerza. Sus nudillos se pusieron blancos. Dio un paso adelante. El corazón le dolía, pero no retrocedió.

—¿Y si no quiero rendirme todavía? —preguntó, apenas audible.

Alejandro la miró a los ojos. El gesto era de cansancio, pero también de miedo. Sofía se obligó a quedarse ahí, sin buscar la puerta.

—¿Por qué querrías quedarte? —preguntó Alejandro, la voz ronca.

—Porque me importas. Porque estoy cansada de huir. Porque quiero luchar por esto, aunque no sea fácil —dijo Sofía. Respiró hondo, los ojos fijos en él.

Alejandro bajó la cabeza. Sus hombros parecían perder fuerza por un momento. Se acercó un poco, pero mantuvo las manos lejos.

—Tengo miedo de perderlo todo —susurró—. Me cuesta confiar. No quiero arrastrarte conmigo si todo sale mal.

Sofía dejó la taza en la barra. Apoyó los nudillos sobre la madera. Se inclinó hacia Alejandro, sin llegar a tocarlo.

—No soy Mariana. No tengo nada que ver con tu pasado. Si hace falta, te lo demuestro todas las veces que quieras. Pero necesito que tú también lo intentes. Si no, esto no sirve —dijo Sofía. La voz le tembló al final.

Alejandro la observó en silencio. Parecía buscar palabras, pero solo encontraba dudas. Sofía esperó. El aire en la cocina era espeso.

—Si quieres que me vaya, me voy ahora. Pero si hay una mínima posibilidad de que quieras intentarlo, me quedo —dijo Sofía, casi en un susurro.

Alejandro apoyó una mano en la barra, cerca de la de Sofía. No la tocó, pero tampoco la alejó. Se miraron por un largo momento.

—No sé si puedo darte lo que buscas —dijo él.

Sofía acercó la mano y tocó los dedos de Alejandro. Le temblaban, pero no los apartó.

—Nadie puede prometer nada. Pero podemos intentarlo juntos —respondió.

Alejandro cerró los ojos unos segundos. Cuando los abrió, tenía una expresión menos dura. Sofía sintió un nudo en la garganta, pero se mantuvo firme.

—¿Y si termina mal? —preguntó Alejandro, apenas audible.

—Prefiero eso a irme sin pelear. Si fallamos, fallamos los dos —dijo Sofía, y soltó una risa cortita, nerviosa.

Alejandro apoyó los codos en la barra y se quedó mirando la taza. Sofía se sentó en una de las sillas altas, frente a él.

—¿Vas a quedarte? —preguntó Alejandro, más bajo.

—Me quedo. Pero necesito que me dejes entrar, aunque sea despacio —dijo Sofía, clara, sin rodeos.

Alejandro asintió. El ambiente en la cocina se aflojó, como si alguien abriera una ventana. El café se enfriaba en las tazas, olvidado.

Pasaron varios minutos en silencio. Sofía estiró la mano y cubrió la de Alejandro. Él no la apartó. Por la ventana entraban los ruidos de los autos, pero en ese rincón solo existían ellos dos.

La luz de la tarde cambió de tono. Sofía no soltó la mano de Alejandro. El contrato seguía sobre la mesa, pero ahora era más que un papel. Ella había elegido quedarse. Ahora, la siguiente decisión era de Alejandro. ¿Respondería a ese gesto o dejaría que Sofía se fuera para siempre?

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