Capítulo 15 · ~6 min
El momento oscuro
Alejandro abrió los ojos antes de que el sol asomara por la ventana. El sofá le había dejado el cuerpo adolorido y la cabeza pesada. Seguía vestido, con el teléfono pegado a la mano. Revisó la pantalla: seguían ahí los mensajes de Fernando, idénticos a los de la noche anterior. Volvió a leerlos, sin encontrar nada nuevo. El peligro no se había ido. La amenaza seguía flotando en el aire, densa y real.
Se levantó despacio, arrastrando los pies hasta la cocina. Encendió la cafetera y la dejó chorrear sin pensar en el azúcar. El café le raspó la lengua, fuerte y amargo. Apoyó los codos en la barra y miró hacia la puerta cerrada del cuarto de Sofía. No se escuchaba ni un sonido. Solo el eco de la discusión que los había dejado a la deriva la noche anterior.
La imagen de Sofía, llorando en la habitación, lo golpeaba sin descanso. Alejandro apretó los ojos, recordando cada palabra. Ella le había pedido claridad, le había exigido una respuesta. Él se había quedado sin argumentos, atrapado entre el miedo y el orgullo. Ahora no tenía claro qué le dolía más: imaginar la empresa en manos de otro, o ver a Sofía alejarse para siempre.
El sonido de la puerta del cuarto lo hizo girar. Sofía salió despacio, con el rostro hinchado y el cabello recogido en un moño descuidado. Llevaba un pantalón ancho y una camiseta simple. Se acercó al refrigerador, sacó una botella de agua y bebió sin mirarlo.
Alejandro tragó saliva y avanzó un paso.
—¿Dormiste algo? —preguntó, con voz apagada.
Sofía mantuvo la vista en la encimera. No contestó. Sólo apoyó la espalda en la barra, cruzando los brazos.
—Estuve pensando… —dijo Alejandro, forzando las palabras—. Tal vez lo mejor es cancelar el contrato. No quiero obligarte a seguir. No quiero que esto te destruya.
Sofía giró despacio. Dejó la botella sobre la barra, el golpe seco del plástico llenando el aire.
—¿Eso es todo? —le temblaba la voz, pero la sostuvo—. ¿Te rindes? ¿Quieres que me vaya y ya? ¿Eso arregla todo?
—No es solo por mí —insistió Alejandro, sin levantar la vista—. Fernando sigue presionando, la familia pregunta cada día. Esto es una carga para ti. No quiero verte atrapada en mis problemas.
Sofía lo miró con rabia contenida.
—No me trates como si fuera una niña. Yo elegí estar aquí. Si quieres que me vaya, dilo sin rodeos. Pero no digas que lo haces por protegerme. Eso es una excusa.
Alejandro sintió los dedos entumecidos. Quiso tocarle el brazo, pero no se atrevió.
—No sé cómo arreglar esto —se le quebró la voz—. Cada vez que intento acercarme, termino alejándote más. No confío en nadie. Me cuesta confiar en mí mismo.
Sofía apretó los labios, conteniendo las lágrimas.
—Entonces elige. Yo no puedo vivir esperando a ver si mañana decides pelear por nosotros. O apostamos los dos, o no tiene sentido. No puedo seguir en pausa porque tienes miedo. ¿Vas a seguir escondiéndote?
Alejandro no respondió. Sofía se alejó con pasos rápidos y se encerró en el baño. El portazo le hizo temblar las manos.
Se quedó de pie, mirando la puerta cerrada. El departamento parecía más grande, más frío. Alejandro fue hasta su despacho. Abrió la laptop, revisó documentos sin leerlos. Un correo de la familia Herrera pedía explicaciones sobre el avance del matrimonio. Lo cerró sin contestar.
Miró el retrato de su padre en el escritorio. Los ojos duros, la expresión exigente. Alejandro se preguntó si alguna vez su padre había sentido este nudo en la garganta. Apoyó la frente en la palma y respiró hondo, sin lograr calmarse.
Recordó el primer día que Sofía llegó al departamento, la forma en que miraba todo con curiosidad. Pensó en el café que compartieron esa mañana, en la risa fácil de Sofía cuando todo era nuevo y no había más reglas que sobrevivir juntos. Ahora la distancia era tan real que dolía hasta respirar.
Pasó el día entre la cocina y el despacho. Cada vez que escuchaba la puerta del baño, contenía el impulso de ir tras Sofía. Pero no se movía. Ni ella salía a buscarlo. Solo el ruido de la ciudad llegaba por la ventana, como si la vida de otros siguiera mientras la suya se congelaba.
Al anochecer, salió del despacho. Encontró a Sofía arrodillada en la sala, junto a una maleta abierta. Doblaba ropa, una prenda tras otra, en silencio. Al ver la escena, Alejandro sintió un golpe en el pecho. Se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Vas a irte? —preguntó, bajando la voz.
Sofía no levantó la cabeza.
—No lo sé. Me estoy preparando, por si acaso. Pero no quiero irme sin intentarlo una vez más. No quiero rendirme. ¿Tú sí?
Alejandro se acercó con cautela. Miró la maleta, el suéter rojo, la bufanda preferida de Sofía, los libros apilados. Todo le parecía prueba de una vida construida a medias.
—No quiero que te vayas —dijo por fin—. Pero tampoco quiero verte sufrir por mí. Eso me mata.
Sofía dejó de doblar ropa. Se limpió la cara con la manga.
—Ya sufro, Alejandro. Lo que más me duele es que no me des la oportunidad de demostrarte que soy diferente. Que prefieras perderlo todo antes que arriesgarte conmigo. ¿Qué más necesitas para confiar en mí?
Alejandro se sentó a su lado, sin tocarla. Miró sus manos, los nudillos blancos de tanto apretar.
—Tengo miedo —admitió, apenas audible—. Si te pierdo, no sé si pueda seguir. Pero si te quedas y todo sale mal… tampoco sé si aguantaría.
Sofía soltó un suspiro cansado. Empujó la maleta a un lado y se sentó en el suelo, abrazando las rodillas.
—No soy Mariana. No vine a robarte nada. Vine a construir algo contigo. Pero si no puedes creer en eso, dime ahora. No me obligues a quedarme en un limbo.
Alejandro quiso decir algo, acercarse, pedirle que no se fuera. Pero las palabras se le atragantaron. Se quedó inmóvil, los ojos fijos en el suelo.
Sofía se puso de pie, arrastró la maleta hasta la habitación y cerró la puerta, sin hacer ruido. Alejandro la vio desaparecer y sintió que el aire se volvía más pesado. No supo cuánto tiempo pasó ahí sentado, sin moverse.
La sala quedó vacía, el silencio firme. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro todo estaba al borde del colapso. Alejandro no sabía si debía ir tras Sofía o dejar que el orgullo dictara el final. Tenía la decisión en las manos, pero el miedo seguía pegado al pecho.
¿Quién iba a dar el primer paso para salvar lo poco que quedaba entre ellos?