Capítulo 14 · ~5 min
Crisis y enfrentamientos
Sofía cerró la puerta del departamento y dejó caer las llaves sobre la mesa. Tenía las manos frías, los hombros rígidos. El ruido del televisor en la sala apenas llenaba el aire. Alejandro estaba sentado, sin mirar la pantalla, fijando los ojos en el control remoto como si fuera un problema de trabajo.
Se quitó los zapatos y caminó hasta la cocina. Abrió la nevera, sacó una botella de agua y la dejó en la barra sin beber. La tensión se sentía en el aire; ni siquiera alcanzaba a escuchar el tráfico de la avenida por la ventana.
—¿Comiste algo? —preguntó, cruzando los brazos y apoyándose contra la barra.
Alejandro tardó unos segundos en responder. Dejó el control remoto en la mesa y negó con la cabeza.
—No tenía hambre —dijo, sin levantar la vista.
Sofía no insistió. Se sirvió un poco de agua y la bebió en dos tragos rápidos. Miró su reflejo en la puerta de la nevera. Ojeras marcadas, expresión cansada. El ambiente era tan espeso que le costaba moverse.
—¿Vas a quedarte ahí callado toda la noche? —soltó, con un tono más brusco de lo que pensaba.
Alejandro se levantó del sillón y fue hasta la ventana. Apoyó la mano en el vidrio, mirando la ciudad iluminada. No dijo nada por un rato. Sofía sintió la urgencia de romper esa distancia.
—Necesito saber qué piensas —dijo ella, acercándose—. No solo de Fernando, sino de nosotros. Desde que hablaste de Mariana, siento que te alejaste más.
Él apretó la mandíbula. Sus hombros parecían aún más tensos.
—No es fácil, Sofía. Lo que pasó con Mariana... me marcó. Me cuesta confiar.
—¿Y yo qué? Te lo he demostrado todo este tiempo. No busco aprovecharme de ti —dijo Sofía, con la voz firme—. Pero si sigues viéndome como una amenaza, ¿qué sentido tiene?
Alejandro giró despacio. La miró por fin, pero sus ojos estaban cubiertos por una tristeza dura.
—No te veo como una amenaza. Es miedo —respondió, bajando la voz—. Miedo a perderlo todo otra vez.
Sofía apretó los labios. Se acercó dos pasos más, aunque sentía las piernas pesadas.
—¿Y prefieres quedarte solo? ¿O vivir así, dudando todo el tiempo? —preguntó, alzando un poco la voz—. No sé hasta cuándo pueda seguir con este contrato si no puedo confiar en ti tampoco.
Alejandro respiró hondo. Se pasó la mano por el cabello, nervioso.
—No te estoy pidiendo que aguantes todo. Solo necesito tiempo —dijo, pero la voz le tembló.
Sofía dejó el vaso en la barra con un golpe seco.
—El tiempo no arregla nada si seguimos repitiendo lo mismo. Yo también tengo miedo, pero aquí estoy. Tú ni siquiera me miras a los ojos.
Él la miró entonces, directo, con una mezcla de rabia y dolor. Caminó hasta quedar a un metro de ella.
—¿Qué quieres que te diga? ¿Que estoy dispuesto a arriesgarlo todo por ti? No puedo prometerlo ahora. La empresa, mi familia, tu mamá... Todo depende de esto.
Sofía no se movió. Lo miró desafiante.
—Mi mamá ya no depende de ti. Yo elegí estar aquí. Pero si tú no eliges esto también, mejor terminamos el contrato de una vez —dijo, la voz baja pero firme.
Alejandro cerró los ojos. Los puños apretados, el cuerpo tenso. Parecía buscar alguna respuesta en el techo.
—No quiero lastimarte —dijo, sin mirarla.
—Pues lo estás haciendo —contestó Sofía, tragando saliva.
Se quedaron en silencio. Alejandro apoyó la frente en el vidrio. Sofía sintió que la habitación se hacía más pequeña. Quiso acercarse, pero no lo hizo. Sus dedos jugaban con el borde de la manga, inquietos.
—¿Qué crees que debería hacer? —preguntó Alejandro, con voz baja.
—Decidir —respondió ella rápido—. Si quieres luchar por esto o si prefieres rendirte. Pero necesito saberlo ya. No aguanto más la duda.
Alejandro se quedó quieto. Parecía una estatua frente al ventanal. Sofía lo observó, esperando alguna señal. El televisor seguía encendido, pero ninguna imagen llamaba la atención. Solo la tensión llenaba el espacio.
—Pensé que podía manejarlo. El contrato, la empresa, todo... Pero no esperaba que esto se volviera tan complicado —dijo él, al fin.
—La diferencia es que yo sí apuesto por ti, Alejandro. Te elegí incluso con tus miedos. ¿Tú puedes hacer lo mismo conmigo? —preguntó Sofía, dando un paso adelante.
Él la miró. Sus ojos estaban húmedos, pero no lloró. Parecía agotado, vencido por una batalla interna.
—No sé si puedo. Pero tampoco quiero perderte —murmuró.
Sofía bajó la cabeza. Se frotó los ojos para no llorar frente a él. Caminó hacia la habitación con pasos lentos. Abrió la puerta y se detuvo en el marco.
—Cuando decidas, házmelo saber. No quiero seguir siendo una sombra en tu vida —dijo, sin girarse.
Entró y cerró la puerta despacio. Se dejó caer en la cama, abrazando una almohada. Las lágrimas le mojaron el rostro. Escuchó pasos en el pasillo, pero nadie entró.
Alejandro se sentó en la sala, con la cabeza entre las manos. El televisor seguía encendido, ignorado. La noche avanzó, cada minuto más pesado. Sofía pensó en el contrato, en su mamá, en Alejandro y en esa duda que no la dejaba dormir.
¿Será el fin del matrimonio o un nuevo comienzo? Nada estaba claro, pero la pregunta quedaba suspendida en el aire, esperando una respuesta que aún no llegaba.