Historia Abierta
Portada de Contrato de Corazones
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Capítulo 13 · ~5 min

Amenaza externa

Alejandro revisó por cuarta vez el informe en la pantalla. Los números no cuadraban. Había detectado movimientos extraños en las cuentas de la empresa desde hacía días, pero esta vez algo era distinto: faltaban datos en los reportes más recientes. Se frotó la nuca, frustrado, y volvió a teclear.

El celular vibró sobre el escritorio. Lo ignoró al principio, pero la pantalla mostraba un mensaje de Sofía: “¿Vas a cenar hoy? Ya es tarde”. Alejandro no respondió. Tenía la cabeza en otra parte y ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que se sentaron a comer juntos sin tensión.

Una notificación nueva apareció en su correo. El remitente era Fernando Lira, su rival en el mundo de los negocios y uno de los pocos que podría querer ver a Alejandro fuera del juego. El asunto del email decía: “Nos vemos esta noche. Es importante”. Alejandro dudó unos segundos, pero abrió el mensaje. Solo contenía una dirección y una hora: 21:00, en un bar discreto del centro.

Guardó el celular en el bolsillo y salió del despacho sin decir nada. Al pasar por la sala, vio a Sofía sentada en el sofá, con una taza de té y el rostro cansado. Ella lo miró de reojo.

—¿Vas a salir? —preguntó Sofía, sin levantar la voz.

—Tengo una reunión —contestó Alejandro, sin detenerse.

—¿A esta hora?

Alejandro asintió. Abrió la puerta y salió. No tenía respuestas fáciles para ella esa noche.

El bar estaba casi vacío. Fernando ya lo esperaba en una mesa al fondo, con una copa de whisky en la mano y su sonrisa fría de siempre. Alejandro se acercó sin saludarlo.

—¿Qué quieres? —preguntó, sentándose frente a él.

Fernando giró el vaso entre los dedos antes de responder.

—Escuché que tu matrimonio no va tan bien como todos creen.

Alejandro no parpadeó. Sabía que Fernando disfrutaba provocar, pero no iba a darle el gusto de verlo molesto.

—No es de tu interés —dijo, seco.

Fernando se encogió de hombros.

—Sí que lo es, Alejandro. Tu matrimonio sostiene tu puesto en la empresa. Si la gente empieza a sospechar, podrías perderlo todo.

Alejandro apretó el puño bajo la mesa. El mensaje era claro: Fernando sabía más de lo que debería. Pero no podía mostrar debilidad.

—¿Y a ti qué te importa?

Fernando se inclinó hacia adelante, bajando la voz.

—Me importa porque tengo información. Cosas que tus socios querrían escuchar. Por ejemplo, movimientos raros en tus cuentas. Errores de administración. Problemas en casa. Todo suma, ¿no crees?

Alejandro lo miró fijamente. No podía permitir que Fernando pusiera en duda su capacidad. Sabía que si alguien del consejo se enteraba, su herencia y el contrato con Sofía estarían en peligro.

—Si tienes algo que decir, dilo ya —exigió Alejandro.

Fernando sonrió. Levantó la copa en un gesto burlón.

—Solo vine a avisarte que estoy atento. Y que no dudaré en usar lo que sé si me conviene. Así que cuida bien a tu esposa y a tu empresa. Porque si uno de los dos falla, yo voy a estar ahí para recoger los pedazos.

Alejandro se puso de pie sin responder. Salió del bar sintiendo una presión en el pecho. El aire afuera era denso, pero al menos podía pensar mejor lejos de Fernando.

Caminó un par de cuadras antes de marcarle a Sofía. Esperó, pero ella no contestó. Guardó el teléfono, frustrado. Tenía que proteger a Sofía y a la empresa, pero no sabía por dónde empezar. Los dos pilares de su vida tambaleaban y no podía fallar.

Al llegar al departamento, todo estaba en silencio. Sofía había dejado la luz baja en la sala y una nota sobre la mesa: “Cené sola. Espero que todo esté bien. Sofía”. Alejandro sostuvo la nota en la mano. Sintió una punzada de culpa, pero no podía permitirse flaquear.

Se sirvió un vaso de agua y se sentó en la cocina. Repasó en la cabeza la amenaza de Fernando. Si el consejo sospechaba que el matrimonio era una fachada o que la empresa tenía problemas, todo el esfuerzo de esos meses se vendría abajo.

La puerta del dormitorio se abrió despacio. Sofía apareció en pijama, con el cabello recogido y las ojeras marcadas. Lo miró seria.

—¿Te pasó algo? —preguntó, acercándose.

Alejandro dudó. Tenía la costumbre de guardar todo para sí, pero esta vez su voz salió más baja.

—Fernando vino a amenazarme. Quiere desestabilizarme. Sabe cosas de la empresa… y de nosotros.

Sofía se sentó frente a él. Sus manos temblaban apenas.

—¿Qué piensa hacer?

—No lo sé, pero si logra sembrar dudas en el consejo, pierdo la empresa. Y si descubren que nuestro matrimonio no es perfecto, pierdo todo.

Sofía bajó la mirada. Jugó con sus dedos, pensativa.

—¿Y qué vas a hacer, Alejandro?

Él apretó la mandíbula. No tenía un plan aún, solo la determinación de no dejarse vencer. Pero la duda lo carcomía. ¿Podía confiar en Sofía lo suficiente para enfrentar juntos la amenaza? ¿O seguiría cargando solo con el peso?

—No voy a dejar que Fernando me quite nada. Pero necesito que estés conmigo en esto —dijo finalmente, mirándola a los ojos.

Sofía asintió, seria, pero sin prometer nada más. El silencio se hizo pesado entre ellos. Alejandro entendió que, por primera vez, el problema no era solo el contrato ni la empresa, sino la posibilidad real de perderlo todo.

Se levantó y fue hacia la ventana. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, ajena a sus problemas. Alejandro respiró hondo. No podía rendirse. No ahora. ¿Salvarían su matrimonio y la empresa? Esa noche, ni siquiera él tenía la respuesta.

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