Historia Abierta
Portada de Contrato de Corazones
  • 20 capítulos
  • 3.362 lecturas
  • Completada

+18

21

~5 min de lectura

Capítulo 12 · ~5 min

Dudas y distancias

Sofía despertó antes de que sonara la alarma. No fue directo a la cocina. Se quedó en su cuarto, sentada al borde de la cama, mirando el celular apagado. Sentía la cabeza cargada, sin poder sacar las palabras de Alejandro de la noche anterior. Esa confesión sobre Mariana no la soltaba. Ahora veía a Alejandro más lejano, más cerrado que nunca.

El sonido de pasos en el pasillo la sacó de su trance. Alejandro se detuvo frente a la puerta entreabierta. Dudó un instante antes de golpear dos veces.

—Sofía, me voy a la oficina. ¿Quieres que te traiga algo?—

Ella tardó en contestar. Habló sin emoción, apenas levantando la voz.

—No, gracias. Yo salgo más tarde.—

Alejandro asintió desde la puerta. No entró. Solo se escuchó la puerta principal cerrarse y el eco de los pasos alejándose. Sofía respiró hondo, sintiendo la distancia real, no solo de metros sino de palabras no dichas.

Trató de distraerse. Se cambió de ropa y salió a la calle. Caminó hasta la cafetería donde trabajaba antes. Saludó a Clara, que estaba en la caja, pero no se quedó a conversar. Solo quería moverse. Miró las mesas, los clientes, y por un segundo pensó que su vida había sido más simple antes.

Al volver, recibió un mensaje de Carlos. “¿Todo bien? Si necesitas platicar, avísame.” Sofía escribió lento: “Gracias, hoy no quiero hablar. Te aviso.” Guardó el teléfono en el bolso. No tenía ganas de explicarle nada a nadie.

Preparó café en silencio. Se sentó en la barra y movió la taza entre las manos. No tomó ni un sorbo. Miró el reloj. El tiempo pasaba lento. Pensó en la noche anterior, en la forma en que Alejandro le había contado todo. Había mostrado una parte, pero Sofía sentía que quedaban muchas puertas cerradas. Dudaba si podía confiar en él de verdad, o si solo estaba cumpliendo con el contrato para heredar la empresa.

Decidió limpiar la sala. Movió los cojines, dobló una manta y limpió la mesa. En una esquina, vio la carpeta azul de la empresa. La misma de días atrás. Dudó, pero no la tocó. No quería caer en la tentación de revisar lo que no era suyo.

Por la tarde, Sofía abrió la ventana de su cuarto y se quedó viendo los autos pasar. El ruido de la ciudad no la ayudaba a pensar, pero tampoco la dejaba hundirse. Escuchó la puerta del departamento y el sonido de llaves. Alejandro entró, colgando el saco y dejando el portafolio junto al sillón. Se miraron de lejos. Nadie sonrió.

—¿Cómo estuvo tu día?—preguntó Sofía, sin acercarse.

Alejandro fue hasta la cocina, abrió la nevera y sacó una botella de agua. Ni la miró.

—Igual de siempre. Juntas, llamadas, nada fuera de lo normal. ¿Tú?—

—Salí a caminar. Fui a la cafetería, pero no me quedé.—respondió ella. Se apoyó en la barra, esperando una reacción que no llegó.

Él tomó agua, revisó el celular y se quedó callado. Sofía fingió leer unos papeles. El ambiente se llenó de ruido falso, como si ambos buscaran no mirarse demasiado tiempo.

Alejandro interrumpió el silencio, titubeando.

—Sofía, sobre lo de anoche…—pero se detuvo. Cambió de tono—. ¿Viste la carpeta azul?—

—Sigue en la sala. No la moví.—respondió ella, casi sin mirarlo.

Alejandro asintió, fue por la carpeta y la guardó en su portafolio. Tenía la mandíbula apretada. Sofía dudó en decir algo más, pero no encontró palabras que no sonaran a reclamo.

Subió a su cuarto. Cerró la puerta con cuidado, sin ruido. Se sentó junto a la ventana y vio cómo la tarde se volvía noche. Pensó en la confesión de Alejandro, en su propia desconfianza y en lo mucho que detestaba sentirse una extraña en su propia casa.

Las horas pasaron. Sofía no cenó. Escuchó a Alejandro hablar por teléfono en la sala, la voz baja y cortante. Palabras sueltas le llegaban: “reporte”, “reunión”, “urgente”. Nada personal. Nada para ella.

A las diez, un golpe suave en la puerta la hizo sobresaltarse.

—¿Puedo pasar?—preguntó Alejandro.

—Sí.—respondió, sin levantarse.

Alejandro entró, parándose cerca de la pared. No avanzó más.

—Sé que esto no está bien. No sé cómo arreglarlo. No quiero que te sientas mal aquí.—

Sofía lo miró, buscando señales en su rostro.

—No estoy enojada. Solo me cuesta confiar. Y creo que a ti también.—

Alejandro apretó los labios, bajando la vista.

—He pasado años controlando todo. Es lo único que conozco. Pero ahora siento que todo se me va de las manos.—

Sofía cruzó los brazos. Habló despacio.

—A veces hay que dejar que las cosas pasen. Si no, nunca va a ser real esto.—

Alejandro la miró, serio.

—Y si lo hago mal, ¿qué pasa? ¿Y si pierdo lo único que me queda?—

Sofía no respondió enseguida. Miró la ventana, luego a él.

—No hay garantía. Pero si no lo intentamos, nunca vamos a saberlo.—

Alejandro guardó silencio. Parecía querer decir algo, pero solo asintió y salió del cuarto despacio. Cerró la puerta sin hacer ruido.

Sofía se quedó sentada, mirando la noche. Escuchó a Alejandro moverse en la sala, después todo quedó en silencio. Se preguntó si algún día podrían cruzar esa distancia, si había una forma de volver a confiar o si esa brecha terminaría por separarlos para siempre.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 6:07

Siguiente lectura