Capítulo 11 · ~5 min
El pasado revelado
Alejandro cerró la puerta del departamento con más fuerza de la necesaria. Dejó el saco en la primera silla que encontró y soltó las llaves sobre la mesa. En la sala, Sofía hojeaba un libro, pero ni intentaba leer. Levantó la cabeza apenas él entró, sin decir nada.
El aire se sentía denso. Alejandro fue directo a la cocina. Abrió el grifo, llenó un vaso de agua y se quedó quieto, mirando el chorro caer. Se apoyó en la barra, los nudillos marcados sobre el vidrio.
No podía esquivar más lo que tenía que decir. Se notaba en sus hombros tensos y en la forma en que respiraba. Tomó el vaso y regresó a la sala. Sofía dejó el libro a un lado, atenta.
—¿Estás bien? —preguntó ella, con la voz apagada.
Alejandro negó con la cabeza, sin verla a los ojos. Se sentó en el borde del sillón, dejando espacio entre ellos.
—Tenemos que hablar —dijo, bajando la mirada a sus zapatos.
Sofía giró el cuerpo para mirarlo de frente. Se abrazó las piernas, esperando. El sonido lejano del tráfico subía por la ventana, pero en el departamento no se movía nada.
Alejandro giró el vaso en las manos, buscando las palabras. Al final, habló sin rodeos.
—Me preguntaste por qué soy tan cerrado. Por qué me cuesta tanto confiar...
Sofía asintió, sin interrumpir. Alejandro tragó saliva.
—Hace años estuve comprometido. Se llamaba Mariana. Éramos jóvenes, yo pensaba que era amor verdadero. Pero mi familia nunca la aceptó. Decían que solo quería mi apellido. Yo no les creí. Pensé que podían equivocarse.
La voz de Alejandro se volvía más baja. Sofía no apartaba la vista de él.
—Un día, encontré pruebas de que Mariana tenía un trato con mi tío. Le pagaba para quedarse conmigo, hasta que yo heredara la empresa. Cuando la enfrenté, me lo confirmó. Me dijo que así funcionan las cosas en familias como la mía. Que no me hiciera ilusiones.
Alejandro apretó el vaso, sin soltarlo. El agua tembló, igual que sus dedos.
—Desde entonces, no confío en nadie. Es más fácil controlar todo, poner reglas. Así no me pueden lastimar... al menos eso creía.
Sofía bajó las piernas y apoyó los codos en las rodillas. Lo miraba, seria, sin moverse. Alejandro soltó el aire con dificultad y dejó el vaso sobre la mesa, con un golpe seco.
—Por eso este contrato. Por eso te pido distancia. Pero ni así dejo de pensar que todo puede salir mal, Sofía. Que te puedes ir en cualquier momento, que solo estás aquí por obligación.
Sofía se acercó despacio, apoyando una mano sobre la mesa, cerca de la de Alejandro. Se quedó ahí, sin tocarlo.
—No soy Mariana —dijo, sencilla—. No vine a buscar tu herencia. No quiero herirte.
Alejandro la miró, por fin. Sus ojos tenían algo cansado, como si no hubiera dormido en días.
—No sé cómo creer en eso —admitió, con voz ronca.
Sofía apretó los labios. Miró el vaso de agua, luego a Alejandro.
—¿Por eso no puedes confiar en mí? ¿Por lo que te hizo ella?
Él dudó, pero asintió.
—No es justo —dijo Sofía, bajando la voz—. Yo también tengo miedo, ¿sabes? Pero aquí sigo, intentando entenderte, aunque me duela.
Alejandro bajó la cabeza, frotándose la frente con una mano. El silencio pesaba, pero ninguno buscó cambiar de tema. Sofía se levantó, fue a la cocina y volvió con otro vaso de agua. Lo puso frente a Alejandro y se sentó a su lado, más cerca que antes.
—No quiero que esto sea solo cumplir un papel. Si vamos a vivir juntos, aunque sea por el contrato, no quiero secretos. Si hay algo más que deba saber, dímelo ahora.
Alejandro tomó el vaso nuevo. Lo sostuvo entre las manos, sin beber.
—No hay más secretos —dijo—. Solo este miedo constante a que me pase lo mismo. No quiero que te vayas, Sofía. Pero tampoco quiero que sufras por mi culpa.
Sofía tocó el brazo de Alejandro, apenas. Un gesto simple, pero suficiente para que él levantara la vista.
—¿Y si lo intentamos de verdad? —preguntó ella—. Sin tantas reglas. Sin suponer lo peor. Yo tampoco tengo todas las respuestas, Alejandro, pero podemos aprender juntos.
Alejandro miró la mano de Sofía sobre su brazo. No se apartó. Se le notaba menos rígido, aunque seguía tenso.
—Intentar no me garantiza nada —murmuró—. ¿Y si lo arruinamos todo?
—Ya vivimos fingiendo —respondió Sofía, encogiéndose de hombros—. Prefiero equivocarme a no intentarlo nunca.
Alejandro se quedó callado. Tomó un sorbo de agua, despacio. Miró a Sofía por unos segundos, como si buscara una respuesta en sus ojos. Ella no bajó la mirada.
El ambiente cambió apenas. No era una solución, pero sí una tregua. Sofía se acomodó en el sillón, quedando hombro con hombro.
—¿Te molesta si me quedo aquí un rato? —preguntó, bajito.
Alejandro negó con la cabeza. Apoyó la espalda en el sillón y dejó que el silencio los envolviera. Sofía sacó el celular, puso una canción suave y dejó el dispositivo en la mesa.
Por unos minutos, ninguno habló. Alejandro cerró los ojos y respiró hondo. Escuchaba la música y el sonido de la respiración de Sofía, tan cerca que casi podía sentirla.
Se abrió una pequeña ventana donde el pasado no mandaba. Sofía no lo presionaba, solo estaba ahí. Eso bastaba por ahora.
Alejandro abrió los ojos y la miró de reojo. Sofía seguía despierta, mirando al frente. Cruzó las manos en el regazo.
—Gracias por quedarte —dijo él, sin levantar la voz.
Sofía sonrió, apenas visible en la penumbra.
—No pienso rendirme fácil, Alejandro. Ni contigo ni con lo nuestro.
Él asintió, sin más palabras. Sabía que nada estaba resuelto. Quedaba mucho por enfrentar. Pero esa noche, al menos, no sentía que el peso fuera solo suyo.
La pregunta quedaba flotando, sin respuesta clara: ¿podrán superar este nuevo obstáculo juntos?