Historia Abierta
Portada de Cuenta Regresiva al Olvido
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Capítulo 21 · ~6 min

Un nuevo comienzo

Lucía empujó la puerta del departamento y entró sin hacer ruido. Sentía los ojos hinchados después de una noche entera dándole vueltas a todo. Andrés estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle. Tenía la chaqueta arrugada, los hombros caídos y el pelo desordenado, como si no hubiera dormido bien en días.

—Llegaste —dijo Andrés, sin moverse del marco de la ventana. No se dio vuelta, solo giró la cabeza lo justo para verla.

Lucía dejó la mochila en el piso y colgó la chaqueta en el perchero. Caminó despacio hasta el sillón, pero no se sentó enseguida. Miró la mesa llena de papeles, tazas vacías y un sobre abierto. El ambiente se sentía tenso, pero no era enojo. Era incertidumbre.

—¿Dormiste algo? —preguntó Andrés, tocándose la manga con los dedos inquietos.

—Casi nada —respondió Lucía. Se sentó al borde del sillón, mirando sus propias manos—. No podía dejar de pensar en todo esto.

Andrés se acercó y se sentó en el otro extremo, dejando espacio entre los dos. Sus manos temblaban apenas. No intentó tomarle la mano ni acercarse más.

—No sé si esto va a funcionar —dijo Lucía, rompiendo el silencio—. Pero quiero intentarlo. No quiero que sea por costumbre ni por miedo. Si vamos a empezar de nuevo, que sea con sinceridad.

Andrés asintió. Se agachó y sacó una carpeta de la mochila. La puso sobre la mesa, entre los dos.

—Aquí está todo lo del local —dijo, empujando la carpeta hacia ella—. Facturas, cuentas, hasta las deudas viejas. No quiero esconder nada. Si quieres revisarlas sola, está bien. O las vemos juntos. Pero ya no más secretos.

Lucía abrió la carpeta y empezó a hojear los papeles. Reconoció la letra apurada de Andrés en varias notas. Había facturas salpicadas de café y hasta una hoja con un dibujo rápido de una taza. Eso la hizo sonreír apenas.

—¿Te acuerdas cuando discutíamos por el color de las sillas del local? —preguntó, levantando la hoja del dibujo.

—Claro. Decías que el amarillo daba alegría. Yo insistía en que el rojo era demasiado fuerte —respondió Andrés, con una sonrisa cansada.

Lucía dejó los papeles en la mesa.

—Si vamos a seguir, quiero que todo sea claro. Si algo te molesta o te asusta, lo decimos. Si te hartas, igual. No quiero enterarme de nada por otra persona —dijo Lucía, mirándolo de frente.

—Te lo prometo. Si me equivoco, lo admito. Pero tú tampoco me ocultes nada. Ni miedo ni dudas —respondió Andrés, buscando sus ojos.

La tensión en el ambiente bajó un poco. Lucía se levantó y fue a la cocina. Puso agua en la cafetera y buscó dos tazas limpias. Escuchó a Andrés moverse y apoyar los codos en la barra. El ruido del agua cayendo y el aroma del café llenaron el departamento.

Volvió con las tazas y se sentó junto a Andrés. Le pasó una taza y él la sostuvo con ambas manos.

—Está fuerte —dijo Andrés, probando un sorbo y haciendo una mueca.

—Siempre olvido que te gusta el café con mucha leche —contestó Lucía, sonriendo de lado. Sopló su taza y se quedó mirando el vapor.

—¿Crees que podamos volver a confiar? —preguntó Andrés, en voz baja.

Lucía pensó en todas las discusiones, en las noches sin dormir y en el miedo de volver a pasar por lo mismo. Apretó la taza entre las manos.

—No lo sé —contestó al fin—. Pero si no lo intentamos, nunca lo vamos a saber. Estoy aquí porque quiero intentarlo.

Andrés dejó la taza en la mesa y se acercó un poco más. No la tocó, solo se quedó observando su perfil.

—No quiero fallarte otra vez. Si meto la pata, quiero que me lo digas. No quiero que te lo guardes ni un día más —dijo, con la voz ronca.

—Solo si tú prometes lo mismo. Y sin orgullo de por medio. Ya tuvimos suficiente de eso —respondió Lucía.

Andrés sonrió, cansado pero sincero. Lucía vio las ojeras en su rostro, las líneas marcadas en la frente. Ninguno era igual al de hace un año, y eso los hacía sentir más reales.

Él estiró la mano y tocó la de Lucía, despacio, como pidiendo permiso. Ella no se apartó. Se quedaron así unos segundos, en silencio.

—¿Te acuerdas de la vez que nos cortaron la luz por no pagar? —dijo Andrés, rompiendo la tensión.

—Sí. Discutimos media tarde. Al final tuviste que ir a pagar y volviste con pizza fría —contestó Lucía. Sonrió y esa sonrisa se sintió honesta, aunque fuera pequeña.

Andrés soltó una risa breve. El ambiente se alivianó un poco. Lucía se acomodó en el sillón, mirando la mesa llena de papeles y tazas.

—Hoy no quiero hablar de bancos ni abogados. Solo quiero saber que no estoy sola —dijo Lucía, apoyando la cabeza en el respaldo.

Andrés apretó su mano.

—No estás sola. Si hay que empezar de nuevo, lo hacemos juntos —aseguró Andrés, mirando a Lucía con firmeza.

Lucía cerró los ojos unos segundos. Sentía el cansancio, pero también una tranquilidad nueva. Cuando los abrió, la luz del departamento había cambiado ligeramente. Vio a Andrés moverse torpe, intentando acercarse sin asustarla.

—¿Te animas a salir a caminar? —preguntó Andrés—. Me cansé de estar encerrado. Solo un rato.

Lucía dudó, pero después asintió.

—Dame media hora. Y compramos pan de regreso. Hay que llenar la alacena otra vez.

—Trato hecho.

Se levantaron casi al mismo tiempo. Andrés buscó su chaqueta, Lucía tomó su bolso. Antes de salir, ella se detuvo frente a la puerta y lo miró seria.

—Si esto se pone feo, no huyas. Lo hablamos y lo enfrentamos juntos.

Andrés asintió sin dudar, mirándola directo.

—No pienso huir. Ya aprendí.

Salieron al pasillo y bajaron las escaleras juntos. El silencio entre ellos era diferente, más tranquilo. Andrés abrió la puerta del edificio y dejó que Lucía pasara primero.

Mientras caminaban por la vereda, Lucía pensó en todo lo que iba a venir: cuentas, clientes molestos, reuniones con abogados. También pensó en las risas que podían recuperar, en las discusiones por tonterías y en la idea de construir algo nuevo.

¿Será suficiente el deseo de empezar otra vez? ¿Qué desafíos les esperan en esta nueva etapa?

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