Capítulo 20 · ~5 min
Decisión final
Andrés llegó temprano al departamento de Lucía, con el corazón latiendo fuerte y el portafolio apretado bajo el brazo. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos pensaba en la última conversación con Lucía, en la desconfianza de sus ojos y en el miedo de perderla para siempre.
Golpeó la puerta dos veces. Esperó. Escuchó pasos y, por fin, Lucía abrió. Vestía ropa sencilla, el cabello recogido y el rostro serio. No había rastro de maquillaje ni de sonrisa.
—¿Pasa algo? —preguntó ella, sin apartarse—. Pensé que vendrías más tarde.
—No podía esperar —respondió Andrés, bajando el tono—. Necesito hablarte antes de que tomes una decisión.
Lucía lo dejó entrar. El departamento estaba en silencio, solo se oía el reloj de la cocina. Andrés dejó su portafolio sobre la mesa y respiró hondo.
—Hoy se cumplen los treinta días, Lucía. Sabes lo que significa.
Ella asintió, sin mirarlo. Se sentó en la orilla del sofá y cruzó los brazos.
—¿Qué quieres decirme?
Andrés dudó un segundo. Miró sus manos, luego a Lucía.
—He fallado mucho. Oculté cosas, tomé decisiones solo y te lastimé. Pero quiero que sepas que estoy aquí para enfrentar todo contigo. Esta vez, sin secretos ni excusas.
Lucía apretó los labios. No respondió. Andrés sacó unos papeles del portafolio y los puso sobre la mesa.
—Aquí está todo lo del local, las cuentas, el préstamo. Nada oculto. Si decides seguir, quiero que lo veas tú misma. Si no… entiendo que no confíes en mí.
Lucía tomó los papeles. Los revisó en silencio. Andrés la miraba, conteniendo la respiración. No se atrevía a moverse. Por un momento, solo se oía el roce de las hojas y el reloj marcando los segundos.
Cuando terminó, Lucía dejó los papeles sobre la mesa. Sus ojos estaban húmedos, pero su voz no tembló.
—No sé si puedo confiar otra vez, Andrés. Me duele todo lo que pasó. Pero también veo que estás cambiando. Eso… eso es nuevo para mí.
Andrés se acercó, despacio, como si temiera asustarla.
—No te pido que confíes de inmediato. Solo que me des una oportunidad para demostrarlo. Podemos empezar de cero, como socios en el local… y si quieres, como pareja.
Lucía bajó la mirada. Sus dedos jugaban con el borde de un cojín. Andrés quiso decir algo más, pero la puerta sonó de pronto. Ambos se sobresaltaron.
Era Carlos, con su sonrisa tranquila y su chaqueta arrugada. Llevaba una bolsa con café y medialunas.
—¿Interrumpo algo? —preguntó levantando la bolsa.
—Pasa, Carlos —dijo Lucía, agradecida por la pausa—. Justo estamos en medio de una charla importante.
Carlos dejó la bolsa sobre la mesa. Miró a Andrés, luego a Lucía. Se sentó sin pedir permiso.
—No quiero meterme, pero vine porque me preocupa ambos. No todos los días se juega tanto en una sola decisión.
Andrés forzó una sonrisa y Carlos le dio un golpe suave en el hombro.
—Andrés tiene miedo de perderte, Lucía. Pero también aprendió que el orgullo no sirve para nada. Lo he visto cambiar estos días, aunque le cueste admitirlo.
Lucía miró a Carlos con atención. Parecía buscar algo en sus palabras.
—¿Tú crees que puede cambiar de verdad?
Carlos asintió sin dudar.
—Sí. Pero el cambio real empieza cuando uno se anima a confiar otra vez. Ninguno de los dos lo tiene fácil. Pero si no lo intentan, van a arrepentirse toda la vida.
El silencio se hizo pesado. Lucía tomó una medialuna. Andrés agarró una taza y se sirvió café, más por nervios que por ganas.
Carlos se levantó y se acercó a la ventana.
—¿Saben qué pienso? Que a veces lo más difícil es perdonarse uno mismo. Andrés, ya diste el primer paso. Ahora le toca a Lucía decidir si quiere dar el suyo. Pero sea lo que sea, deben hablarlo de frente, sin miedo.
Andrés tragó saliva. Se giró hacia Lucía.
—Es tu decisión, Lucía. Lo que elijas, lo voy a respetar.
Lucía dejó la medialuna en el plato. Lo miró largo rato. Sus ojos ya no tenían la dureza de antes, pero tampoco estaban llenos de promesas.
—Quiero intentarlo, Andrés. Pero no va a ser fácil. Tendrás que demostrarme cada día que valió la pena arriesgarme de nuevo.
Andrés asintió, sintiendo un peso enorme caer de sus hombros.
—Haré lo que haga falta. No solo por el local, sino por nosotros.
Carlos sonrió, satisfecho. Pero antes de que pudiera decir algo más, Lucía levantó la mano.
—No te equivoques, Andrés. No te estoy dando otra oportunidad porque me lo pidas. Lo hago porque yo también quiero dejar de vivir con miedo y resentimiento. Si fallas de nuevo, esta vez sí me voy para siempre.
Andrés la escuchó, serio. Sabía que no era una amenaza vacía.
—No pienso fallarte más.
Carlos agarró su taza y se acercó a la puerta.
—Bueno, los dejo. Tienen mucho que hablar y poco tiempo. Recuerden que el reloj sigue contando.
Cuando Carlos se fue, Andrés y Lucía quedaron solos. Por primera vez en mucho tiempo, no había odio ni reproches entre ellos. Solo una sensación incómoda de esperanza y miedo mezclados.
Andrés la miró y sonrió apenas.
—¿Crees que podemos lograrlo?
Lucía no respondió de inmediato. Tomó aire, se acercó y puso su mano sobre la de él.
—Eso depende de los dos. ¿Será suficiente nuestra lucha para mantenernos juntos?
Andrés apretó su mano. No tenía la respuesta, pero estaba dispuesto a intentarlo, aunque no supiera si el amor sería suficiente.