Historia Abierta
Portada de Cuenta Regresiva al Olvido
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Capítulo 19 · ~5 min

Renacer de la confianza

Lucía miró la pantalla del celular otra vez, con el pulgar inquieto sobre el borde. El mensaje de Andrés seguía marcado como leído, pero no había respuesta suya a lo que ella había enviado la noche anterior. Un plato con pan tostado y mantequilla seguía intacto sobre la mesa. Lucía mordió un trozo, masticando despacio, sin ganas. El reloj de la cocina marcaba las nueve y cuarto, y el sonido monótono del segundero se mezclaba con el ruido lejano de autos en la avenida.

Apiló los papeles del local junto al café frío. Separó las facturas vencidas, los recibos arrugados, la citación legal. Los documentos parecían pesar el doble, como si cada hoja recordara un fallo distinto. Sus dedos temblaron al tocar la notificación del embargo. Repasó mentalmente las últimas palabras de Andrés en el local, el tono honesto, los ojos cansados. No era suficiente, pero tampoco era nada.

El timbre sonó una vez, corta y firme. Lucía se tensó. Caminó hacia la puerta, parándose un momento frente al espejo del pasillo. Tenía el cabello recogido y la mirada dura. No quería que Andrés la viera vulnerable. Miró por la mirilla: él estaba ahí, despeinado, camisa arrugada, carpeta azul bajo el brazo. Andrés levantó los hombros, incómodo, y esperó.

—¿Puedo pasar? —preguntó Andrés apenas ella abrió la puerta.

Lucía asintió y se hizo a un lado. Andrés entró despacio, como si temiera romper algo. Dejó la carpeta sobre la mesa y la miró. Sus ojos tenían ojeras y los labios secos. El silencio era tenso, pero no hostil. Lucía se sentó sin invitarlo, con las manos sobre la carpeta.

Andrés respiró hondo.

—Traje todos los papeles del local. No hay nada escondido. Mira lo que quieras—dijo, y empujó la carpeta hacia ella.

Lucía abrió la carpeta en silencio. Pasó las hojas una a una, revisando montos, fechas, nombres. Los pagos vencidos, la deuda con el proveedor, la citación. Nada la sorprendió, pero la transparencia sí. Andrés la observaba, con la pierna inquieta bajo la mesa.

—¿Por qué ahora? —preguntó Lucía, sin mirarlo.

—Porque ya no tiene sentido guardar nada. Y porque te debo algo más que disculpas.

Lucía dejó los papeles y cruzó los brazos. La tensión le marcaba los hombros. Buscó en la cara de Andrés alguna trampa, alguna excusa. No la encontró.

—No sé si puedo confiar otra vez —admitió Lucía, con voz baja—. Pero tampoco quiero quedarme pensando que no hicimos nada.

—No te pido que confíes, solo que trabajemos juntos. Si después decides irte, lo entiendo.

El olor a café frío llenaba el ambiente. Lucía se levantó y abrió la ventana, dejando entrar una ráfaga suave. Regresó a la mesa.

—El embargo se puede frenar si pagamos la deuda antes del viernes —dijo, y señaló una cifra en la hoja.

—Sí, ya hablé con Javier. Ofreció prestarnos el dinero. No quise aceptar sin consultarte.

Lucía lo miró sorprendida. Andrés nunca pedía permiso. Siempre actuaba primero, después arreglaba el desastre.

—¿Y si aceptamos el préstamo? ¿Quién lo va a firmar?

—Los dos, si quieres. Yo no muevo un peso sin que estés de acuerdo.

Lucía dudó. Tomó una libreta y empezó a escribir números, restando, sumando. Andrés la miraba en silencio, mordiendo un nudillo. La tensión era real, pero diferente: ya no era solo reproche, también era trabajo compartido.

—Con mis ahorros cubro casi la mitad. Si tú consigues lo de Javier, pagamos lo urgente. Pero no firmo nada hasta ver el contrato.

Andrés asintió.

—Te lo traigo mañana. Lo vemos juntos. Si no te convence, buscamos otra forma.

Lucía sintió un leve alivio. Guardó los papeles, los acomodó en la carpeta. Fue a la cocina y sirvió dos vasos de agua. Dejó uno frente a Andrés, sin mirarlo. Él lo aceptó con un gesto agradecido.

—A veces pienso que si hubiera hablado antes, nada de esto pasaba —dijo Andrés, rompiendo el silencio—. Pero siempre creí que podía solo.

Lucía apoyó los codos en la mesa. Bebió un sorbo de agua.

—Yo tampoco soy fácil. Siempre espero que me fallen, aunque no lo diga.

—Quizá por eso terminamos juntos. Nadie nos enseñó a confiar.

Lucía lo miró, sorprendida. Andrés no buscaba compasión. Solo decía las cosas como eran. Eso, de algún modo, le resultaba nuevo.

—Si el local se pierde, ¿qué vas a hacer? —preguntó Lucía, sin suavizar la pregunta.

—No tengo idea. Pero no pienso dejar de intentarlo. Si al final todo se cae, al menos no va a ser por rendirme.

Lucía apretó la libreta. El peso de la incertidumbre seguía ahí, pero ya no la paralizaba. Se sentó junto a Andrés, sin tocarlo. Revisaron los papeles otra vez, anotaron contactos y opciones. Trabajaron en equipo, sin muchas palabras.

—No prometo nada —dijo Lucía después de un rato—. Hoy tengo fuerzas para intentarlo. Mañana… veremos.

Andrés sonrió apenas. Parecía conformarse con eso. Siguieron revisando cuentas hasta que el sol iluminó la mesa y el reloj marcó las dos de la tarde.

Él se levantó primero. Lucía lo acompañó a la puerta. Se miraron, sin abrazos ni frases bonitas. Solo una certeza incómoda: esta vez dependía de ambos.

Lucía cerró la puerta. Se apoyó ahí unos segundos, mirando el pequeño desorden de papeles en la mesa. No sabía si lo lograrían, ni si podrían volver a confiar del todo. Pero, ¿podrían sanar las heridas del pasado?

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