Capítulo 18 · ~5 min
El momento oscuro
Andrés empujó la puerta del local y la cerró tras de sí. El aire olía a café y a desvelo. Caminó entre las mesas, tocando el borde de cada una con los dedos. El eco de sus pasos sonaba más fuerte de lo normal. Se detuvo frente a la barra y apoyó la frente en el frío metal, cerrando los ojos. Abrió la caja registradora y comprobó que seguía vacía. Tragó saliva.
Sacó el celular del bolsillo y revisó la pantalla. Solo mensajes de bancos y una promoción absurda. Volvió a guardarlo y se frotó la nuca. Respiró hondo. El zumbido de la nevera le recordaba que todo seguía funcionando, aunque él sentía que todo se caía.
Un golpe en la puerta lo hizo girar. Lucía entró rápido, con pasos decididos. Llevaba el cabello recogido en una coleta apretada y los ojos cansados. Traía una carpeta entre las manos. Casi no le dirigió la mirada.
—Andrés, tenemos que hablar.
Él asintió y le señaló una mesa al fondo. Caminó detrás de ella, sintiendo el peso en los hombros. Lucía se sentó y puso la carpeta en la mesa. Dejó caer la mano sobre la tapa, como si necesitara asegurarse de que no saldría volando.
—¿Qué pasa? —preguntó Andrés, sentándose enfrente y bajando la voz.
Lucía abrió la carpeta y le mostró los papeles.
—Llegó la citación. Nos demandaron. —Su voz no tembló ni un poco—. El proveedor quiere el embargo del local y de nuestras cuentas. No es solo una deuda, Andrés. Es todo.
Andrés tomó la carpeta y repasó los documentos. Reconoció la firma del abogado. Se le secó la boca. Cerró la carpeta y la empujó hacia Lucía, sin mirarla.
—Yo hablé con él hace unas semanas. Le expliqué que íbamos a empezar a pagar. Pensé que había entendido…
—No le importó. —Lucía cruzó los brazos y lo miró fijo—. Lo peor es que me enteré de la deuda completa por el abogado, no por ti. ¿Desde cuándo sabías que era tan grande?
Andrés la miró a los ojos. El orgullo le arañaba la garganta. Quiso justificarse, pero solo bajó la cabeza.
—Me enteré hace poco. No sabía cómo decírtelo. Pensé que podía resolverlo sin meterte en el lío. Fue un error. Lo siento.
Lucía soltó el aire despacio y apoyó los codos en la mesa. Sus dedos temblaban un poco.
—¿Y ahora? ¿Vamos a perder todo porque no fuiste capaz de contarme la verdad?
Andrés apretó las manos sobre la mesa. Miró la carpeta y luego a Lucía. Sabía que tenía que hablar claro, aunque le costara.
—No debí ocultártelo. Quise protegerte y terminé complicando todo más. Si quieres que me haga a un lado, lo entiendo. Pero no voy a dejarte sola en esto. Ya no.
Lucía bajó la mirada y jugó con los papeles. El ambiente se sentía denso. Una taza mal lavada en la mesa vecina soltaba un aroma rancio. Andrés notó que su pierna no dejaba de moverse bajo la mesa.
—¿Por qué siempre crees que puedes con todo? —dijo Lucía, sin levantar la vista—. No necesito que me protejas. Necesito que digas la verdad. ¿De verdad pensaste que no me iba a enterar?
Andrés negó con la cabeza. Se humedeció los labios y buscó las palabras.
—No fue orgullo esta vez. Fue miedo. Miedo de que esto fuera la gota que lo rompiera todo. Pero sí, muchas cosas son mi culpa y no voy a esconderme más. Quiero ayudarte, aunque no me quieras cerca ahora.
Lucía levantó la mirada, con los ojos brillando. Andrés sintió que el aire se llenaba de electricidad. Afuera, un auto pasó tocando bocina y la vibración se coló por la ventana.
—¿Y qué propones? —preguntó Lucía, ahora más tranquila.
—Voy contigo a la cita con el abogado. Buscamos juntos una solución. Si hace falta, vendo lo que tengo. Pero no te voy a dejar sola. Nunca más.
Lucía apretó los labios. Apartó la carpeta y la abrazó contra el pecho, como si le diera algo de fuerza.
—No quiero más secretos, Andrés. Ni que decidas por los dos. Si de verdad vas a estar, es conmigo, no encima de mí.
Andrés asintió. Sintió el picor del orgullo, pero logró frenarlo.
—Te lo prometo. Si quieres, revisamos juntos todo hoy. Desde la contabilidad hasta los mails del abogado.
Lucía dudó. Miró la carpeta y luego lo miró a él. No dijo nada de inmediato. Andrés tragó saliva, esperando alguna señal.
—¿Me perdonas por todo esto? —preguntó, la voz temblando apenas.
Lucía se paró. Caminó hacia la puerta despacio, la carpeta apretada en los brazos. Puso la mano en el picaporte y se giró lo justo para hablar.
—No lo sé, Andrés. Necesito tiempo. —Abrió la puerta y salió, dejando un frío breve en el ambiente.
Andrés se quedó sentado un rato. Miró el café en la barra y fue a servirse una taza. El vapor le quemó los labios, pero no le importó. Sirvió otra y la dejó frente al asiento vacío de Lucía. Se sentó de nuevo, miró el celular. Nada de Lucía. Pensó en escribirle, pero guardó el teléfono.
Afuera, la ciudad seguía. El bullicio de los autos y la voz de una señora que vendía pan se colaban por la ventana. Andrés se frotó las manos y miró la puerta. ¿Aceptaría Lucía el perdón? ¿Darían otro paso juntos o era el final?