Historia Abierta
Portada de Cuenta Regresiva al Olvido
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Capítulo 17 · ~6 min

La tormenta se acerca

Lucía abrió los ojos antes de que sonara la alarma. Miró el techo, inmóvil, y se quedó escuchando el ruido de un camión en la calle. Se sentó en la cama despacio. Tenía la boca seca. Tomó su libreta del cajón, buscó un bolígrafo y empezó a escribir en la hoja más limpia.

Anotó cada pendiente sin mirar atrás: pagar la segunda cuota, revisar los papeles del local, llamar al banco, contestar mensajes. La lista creció rápido. Cuando terminó, arrugó la hoja y la apretó entre los dedos. La dejó sobre la mesa y se levantó.

Fue a la cocina y preparó café. No encendió la luz. El vapor llenó el aire mientras revisaba la alacena, solo para asegurarse de que todo seguía igual. Tomó la taza y se apoyó en la ventana. Vio pasar a una mujer con uniforme y a un niño con mochila. Parecían ajenos a su mundo. Lucía dio un sorbo y apoyó la frente en el vidrio, dejando que el frío le despejara los pensamientos.

Miró el celular sin desbloquearlo. Lo giró entre las manos y lo dejó de nuevo sobre la mesa. Miró la pantalla apagada y pensó en Andrés. Recordó el mensaje corto que él le mandó la noche anterior: “Avísame si necesitas que pase por el local.” No lo había contestado. Apoyó el celular boca abajo, se frotó la cara y decidió que no iba a escribirle. Al menos no por ahora.

Se sentó frente al montón de papeles del local. Separó facturas, contratos, cartas del banco. Encontró el sobre con el sello rojo. Se le tensaron los hombros. Rompió el sello, leyó las líneas con la voz baja: “Última advertencia antes de embargo.” Suspiró y dejó caer la carta sobre la mesa. Cerró los ojos y se quedó así, contando hasta diez.

Se levantó y fue al baño. Se lavó la cara con agua fría, se miró al espejo y notó las ojeras marcadas. Se secó con la toalla y volvió a la sala, frotándose los brazos. Tomó el celular otra vez, abrió la lista de contactos y buscó el número de Marta. Lo miró unos segundos. No llamó. Guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón.

El timbre del celular vibró sobre la mesa. Lucía tardó en contestar. Era Carlos. Dudó, luego deslizó el dedo.

—¿Qué pasó, Carlos?

—Solo quería saber cómo vas, Lucía. Hablé con Javier. Parece que el abogado del proveedor está dispuesto a negociar. Si muestran interés en pagar, tal vez aflojen un poco.

Lucía se frotó la frente.

—Eso ayuda, sí. Pero no sé si alcance. Siento que cada vez que resuelvo algo, aparece otro problema.

—No tienes que hacerlo sola. En serio. Y lo que está haciendo Andrés... bueno, se nota que quiere arreglar las cosas. Si necesitas que te acompañe a alguna reunión, dime.

Lucía asintió aunque Carlos no pudiera verla.

—Gracias, Carlos. No sé qué haría sin ustedes.

—No te olvides de descansar, ¿sí? Avísame si cambias de opinión.

Lucía colgó. Apoyó el celular en la mesa y se dejó caer en el sofá. Miró la foto que tenía sobre el mueble: ella y Andrés en el local, abrazados y sonrientes, con los delantales puestos. Le picaba la garganta. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en las rodillas y apretó los labios.

Pasaron varios minutos antes de moverse. Se obligó a levantarse, se puso una chaqueta, agarró la cartera y salió. Bajó las escaleras despacio, notando cada crujido del piso. Al llegar a la calle, miró a ambos lados. El aire estaba fresco. Caminó hacia la plaza sin rumbo fijo.

En la plaza, se sentó en una banca. Vio a dos adolescentes peleando por un balón. Un hombre mayor leía el diario en la banca de enfrente. Lucía se llevó las manos al cuello, se frotó la nuca y bajó la mirada.

Sacó el celular, escribió: “¿Podemos hablar hoy?” Lo leyó una vez, dos veces. No lo envió. Borró el mensaje y guardó el teléfono. Se mordió la uña del pulgar y apoyó la cabeza en la mano.

Pensó en Marta, en la oferta de ayuda que había rechazado. Pensó en su mamá, pero no llamó. No quería llorar ni explicar una vez más lo que ni ella entendía. Miró a los niños correr alrededor de la fuente y deseó volver a reírse así de fácil.

Se levantó, caminó hasta la fuente y se mojó las manos. El agua estaba helada. Se miró en el reflejo, vio los ojos hinchados y la piel pálida. Respiró hondo y se obligó a sonreír. La sonrisa duró poco, pero le sirvió para volver a caminar.

Regresó a casa por otra calle. Se detuvo en una tienda y compró pan. Saludó al cajero con un gesto y esperó el cambio en silencio. Al salir, apretó el bolso contra el pecho y caminó rápido hasta su edificio.

Subió las escaleras, abrió la puerta y dejó la bolsa en la mesa. Se quitó la chaqueta y se sentó en el piso, apoyando la espalda en la pared. Cerró los ojos. Imaginó a Andrés entrando, diciendo cualquier tontería para romper el hielo. Se le escapó una risa corta. Luego, el silencio volvió a llenar el departamento.

Miró la lista arrugada sobre la mesa. La desdobló y tachó una tarea al azar. Se levantó y se preparó un mate, aunque no tenía ganas de tomarlo. El vapor le calentó las manos. Miró de nuevo el celular, lo desbloqueó y abrió la galería de fotos. Pasó imágenes: cenas, desayunos, viajes cortos, días normales en el local. Se detuvo en una donde Andrés llevaba harina en la cara y ella se reía. La imagen la hizo apretar los labios.

Dejó el celular a un lado. Se puso de pie, fue al baño y se lavó la cara otra vez. Volvió al comedor, miró la hora y pensó en la cuenta regresiva. Faltaban pocos días. Sintió un peso en el pecho, distinto al miedo. Era más bien la sensación de estar parada al borde de algo que podía romperse en cualquier momento.

Pensó en Andrés, en lo que aún quedaba por resolver. Se preguntó si valía la pena seguir peleando por algo tan frágil. Se obligó a escribir un nuevo mensaje, solo dos palabras: “¿Hablamos luego?” Pero, de nuevo, no lo envió. Guardó el teléfono en el cajón, cerró con llave y se tumbó en el sofá.

La tarde avanzó sin que Lucía hiciera mucho más. Escuchó el ruido de la calle, los gritos de un vecino, el sonido lejano de un televisor. No se movió. Solo pensó. ¿Resistiría su relación esta tormenta? No lo sabía. Pero por primera vez en días, no tenía miedo de enfrentar lo que viniera.

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