Capítulo 16 · ~5 min
Dudas persistentes
Andrés despertó sin ganas de levantarse. Miró el techo, esperando que el día pasara solo. No tenía cita con Lucía, ni reuniones urgentes. Solo una lista de pendientes en la mesa. La miró varias veces, pero ninguna tarea le daba paz. El café burbujeó en la cafetera, llenando la cocina de aroma, pero él ni siquiera se animó a probarlo caliente.
Salió al local. El aire olía a madera y a limpieza repetida. Las sillas seguían apiladas, las ventanas limpias. Andrés agarró un trapo y limpió el mostrador otra vez. Pasó el trapo por la misma mancha que había quitado ayer. Se detuvo. Miró sus manos. Sentía que limpiaba solo para no pensar.
El celular vibró. Esperaba ver el nombre de Lucía. Era Carlos.
—¿Andrés? —dijo la voz de su amigo, medio dormida—. Oye, ¿vas a venir hoy al taller o sigues encerrado?
—Hoy no, bro. No me dan ganas de salir —respondió Andrés, apoyando el codo en la barra.
Carlos soltó una risa corta.—No te hagas el mártir. Ven a tomar un café. Por lo menos camina a la tienda, ¿no?
—No, en serio. Hoy no quiero hablar mucho. Solo… necesitaba escuchar una voz conocida.
—Pues aquí estoy. No te encierres tanto, Andrés. Ya sabes lo que pienso: si quieres algo, muévete. Y si te caes, te levantas. ¿O qué, ya te diste por vencido?
Andrés guardó silencio unos segundos.—No. Pero sí tengo miedo, Carlos. Siento que, haga lo que haga, la voy a perder igual.
—Entonces haz lo que te toca y deja de buscar excusas. Si Lucía vale la pena, no te detengas. ¿Va?
—Va. Gracias, bro.
Colgó y dejó el celular en la barra. Se quedó mirando la pantalla apagada. Quería escribirle a Lucía, solo para saber si ella también pensaba en él. Pero no se atrevió. Se levantó y empezó a ordenar papeles, revisar cuentas, buscar facturas. Todo le resultó inútil. El miedo le apretaba la garganta cada vez que imaginaba el local vacío, sin Lucía, sin futuro.
El timbre de la puerta lo sacó de su rutina. El repartidor entró, dejó una caja y le pasó un recibo para firmar.
—¿Todo bien, jefe? —preguntó el repartidor, mirándolo de reojo.
—Sí, todo bien. Gracias —contestó Andrés, sin levantar la mirada.
El repartidor salió rápido. Andrés sostuvo la caja unos segundos antes de llevarla al almacén. La acomodó en un estante y se quedó parado, mirando los paquetes. Recordó el consejo de Javier: “Actúa con honestidad y rapidez.” Andrés pensó en la demanda pendiente, los papeles del banco, la cara de Lucía la última vez que la vio. Sintió un nudo en el estómago.
Volvió al mostrador y tomó el teléfono. Escribió un mensaje para Lucía: “Si quieres que hablemos, estoy aquí. Solo eso.” Tardó varios minutos en enviarlo. Cuando por fin lo hizo, dejó el celular boca abajo y salió a la acera. El aire fresco le cayó bien. Caminó lento, sin rumbo, saludó con la cabeza a una vecina que barría la banqueta. Nadie lo detuvo. Nadie preguntó nada. Se sintió invisible.
Volvió al local y se quedó un rato en la entrada. Miró la foto de la inauguración pegada en la pared. Lucía tenía el cabello suelto y una risa sincera. Él la abrazaba apretado, sonriendo sin miedo. Se preguntó cuándo fue la última vez que se sintió así de seguro.
El celular vibró. Lo revisó de inmediato, pero era solo una notificación del banco. Cerró la aplicación. Se sentó en la barra, apoyó la frente en los brazos y se quedó ahí, escuchando el zumbido del refrigerador y su propia respiración. El local parecía más grande y más vacío que nunca.
Andrés se levantó y fue al almacén otra vez, solo para buscar algo que hacer. Revisó inventario, contó cajas, movió latas de un estante a otro. Nada le quitaba la inquietud. Pensó en llamar a Javier, pero no quería más malas noticias. Pensó en buscar a Lucía, pero no quería presionarla. Se forzó a esperar.
El día avanzó lento. Andrés hizo dos llamadas para resolver temas del local. Una con el proveedor, otra con el contador. Ninguna fue larga. Nadie tenía soluciones rápidas. Guardó los papeles en la caja fuerte y volvió a la barra. Miró la puerta, esperó escuchar pasos. Nada.
Otra vez revisó el celular. El mensaje a Lucía seguía sin respuesta. Andrés lo leyó tres veces, intentando encontrar algo mal escrito. No estaba seguro de nada. Apagó el teléfono, guardándolo en el cajón.
Caminó hasta la ventana y miró la calle. Vio a una pareja pasar de la mano, riendo. Sintió una punzada en el pecho. Recordó la caminata con Lucía en la plaza. Habían hablado sin pelear, sin gritarse. Fue la única vez en semanas que sintió esperanza.
Andrés cerró la ventana y volvió a limpiar el mostrador, aunque ya estaba limpio. Quería cansarse para dejar de pensar. Cuando terminó, apagó las luces y se sentó en la barra, solo. Miró el local oscuro. Su respiración era lo único que rompía el silencio.
Se preguntó si estaba cambiando de verdad o solo actuando por miedo. ¿Podría dejar de lado el orgullo y luchar por Lucía? ¿O terminaría perdiéndola igual? No tenía respuesta. Solo la duda, girando en la cabeza como un reloj.
Andrés se quedó ahí, mirando la puerta cerrada. Sabía que tenía que seguir intentando, aunque costara. Pero la pregunta era otra, y no se iba: ¿Superaría sus miedos para luchar hasta el final?