Capítulo 15 · ~5 min
Momentos de esperanza
Lucía despertó antes que el sol, con la cabeza llena de preguntas. No tenía intención de quedarse en la cama. Se levantó, preparó café y puso en orden los papeles del banco sobre la mesa del comedor. Revisó los documentos uno por uno, asegurándose de que todo estuviera en su lugar. No confiaba en su memoria. Por costumbre, volvió a contar los sobres y anotó en una libreta los puntos importantes. El reloj marcaba las ocho y media. Andrés había dicho que pasaría a las nueve, pero Lucía ya sentía el estómago apretado.
Miró por la ventana. El movimiento de la calle era el de siempre, autos y gente apurada, pero a ella le costaba concentrarse en algo fuera de esa mesa. Dio un par de vueltas por el departamento. Abrió la puerta del baño, cerró la nevera, volvió a la sala. Cuando escuchó los golpes en la puerta, sobresaltó. Se quedó quieta, esperando a que el corazón le bajara el ritmo.
Abrió con cautela. Andrés estaba afuera, despeinado y con una bolsa de pan en la mano.
—Te traje café y pan dulce. Pensé que no habías desayunado —dijo él, sin levantar mucho la voz.
Lucía asintió y lo dejó pasar. Andrés fue directo a la mesa, acomodó dos tazas y sacó los panes. Ella lo observó mientras colocaba todo con movimientos nerviosos. Se sentó frente a él, sin saber cómo empezar. Andrés le sirvió café y empujó la taza hacia ella.
—¿Y tú? ¿Dormiste algo? —preguntó Lucía, rompiendo el hielo.
—Nada. Me la pasé dando vueltas en la cama. Pensé en lo del banco, en lo que puede pasar —contestó Andrés, bajando la mirada—. Pero quería venir igual. No quiero hablar solo de problemas hoy. No sé si se puede, pero me gustaría.
Lucía sostuvo la taza con ambas manos. Sentía el calor del café y un poco de alivio. Buscó algo que decir, pero prefirió morder un trozo de pan. Andrés tomó el suyo, la observó y después sonrió, tímido.
—¿Te acuerdas de ese café donde íbamos después del trabajo? —preguntó Andrés, con una chispa de nostalgia—. Siempre pedías pastel de chocolate y yo terminaba dándote mi parte.
Ella soltó una risa breve. No esperaba que él sacara ese tema. Le hizo bien, aunque no lo admitiera en voz alta.
—Siempre decías que yo era tramposa —respondió Lucía, sonriendo—. Era mejor que el café, la verdad.
Andrés se animó un poco. Tomó otro sorbo y la miró de frente.
—Extraño esos días. No por lo que hacíamos, sino porque era fácil estar contigo. Ahora todo es complicado.
Lucía apartó la mirada. El peso de las últimas semanas volvió de golpe. Pero Andrés no insistió. Se quedó en silencio, dándole espacio.
—¿Crees que podamos volver a tener algo así? —preguntó él, sin rodeos—. No lo mismo, pero al menos un momento sin tanta tensión.
Ella dudó. No quería prometer nada. Se levantó y fue a la cocina. Lavó dos tazas para distraerse y se asomó por la ventana. Regresó con una sonrisa leve y se sentó otra vez.
—Podemos intentarlo, pero sin promesas. Solo hoy. No esperes que olvide todo de golpe —dijo Lucía, clara.
Andrés asintió. No discutió, solo aceptó. Se notaba más tranquilo. Lucía se permitió disfrutar el café sin pensar en la deuda ni en el futuro. Miró a Andrés partir un pan y ofrecerle la mitad. Lo aceptó, recordando otros desayunos juntos.
—¿Quieres salir a caminar un rato? —sugirió Lucía, buscando aire fresco—. Solo hasta la plaza.
—Sí, claro —respondió Andrés, poniéndose de pie enseguida.
Bajaron por las escaleras sin prisa. Afuera, la ciudad seguía ruidosa, pero entre ellos había silencio. Un silencio distinto, menos tenso. Andrés no intentó acercarse, solo caminó a su lado. Lucía agradeció que no presionara. Al llegar a la plaza, buscaron una banca. Se sentaron viendo a los niños jugar con una pelota. Lucía se relajó. Por un momento, se permitió observar la escena sin preocuparse por lo que diría después.
Andrés rompió el silencio, mirando al frente.
—Yo sé que te fallé muchas veces. No espero que me creas solo por decirlo, pero quiero cambiar. No por obligación, sino porque quiero estar bien contigo, aunque sea poco a poco.
Lucía lo escuchó, sin interrumpir. Pensó en la última vez que él le prometió algo parecido. Esta vez, Andrés no parecía buscar perdón inmediato. Solo quería que ella lo escuchara.
—Voy a creerlo cuando vea que cambias, no antes —dijo Lucía, segura pero sin dureza. No apartó la vista de los niños.
Andrés asintió. No discutió, no se justificó. Lucía notó la diferencia. Se quedó mirando el parque, respirando hondo. Sintió que, por fin, el peso en el pecho era menor.
El sol subía y la plaza se llenaba de más gente. Andrés se levantó y le preguntó si quería dar una vuelta. Lucía aceptó y caminaron despacio por el sendero, sin hablar mucho. El ritmo era cómodo. Andrés le cedió el paso cuando unos niños pasaron corriendo. Lucía sonrió apenas, pero no se apartó.
No sabían cuánto tiempo pasaron ahí. Por primera vez en semanas, Lucía sintió que el futuro no estaba cerrado. Había dudas, claro. Pero también un espacio pequeño para la esperanza. ¿Será este el comienzo verdadero del renacer? Lucía no tenía la respuesta. Solo sabía que no quería cerrarse todavía. Caminó junto a Andrés, lista para descubrirlo.