Capítulo 20 · ~5 min
Cuidarnos
El desfile de silleteros empezó a las dos de la tarde del domingo 8, por la avenida Guayabal. Quinientos campesinos de Santa Elena bajaban con silletas de flores a la espalda. Algunas pesaban más de setenta kilos.
Ulises dio la rueda de prensa en una carpa blanca al lado de la tarima de honor, a las once de la mañana. Llegaron cuarenta periodistas. Ingrid se quedó atrás, de pie junto a la salida, con el pelo corto y sin pecas.
Él leyó desde una hoja. Nunca había leído en público nada distinto a una canción.
—En febrero de 2026 firmé una queja contra la patrullera Ingrid Cerón. No leí la segunda página. Hoy la retiro completa.
Levantó dos hojas en el aire. Una era la segunda página de la queja, la que pedía desestimar el informe de la salida 4. La otra era el informe de Ingrid, firmado por el sargento Ovidio Lasso. Jhonny lo había sacado del archivo esa misma mañana, con el caso abierto y Germán preso.
—Esa noche, la patrullera Cerón cortó una cadena que no debía estar ahí. La puso la producción de mi propio concierto. Ella salvó a mucha gente, y yo la empujé.
Una periodista de gafas levantó la mano desde la primera fila.
—¿Por qué lo hace ahora y no hace diecisiete meses?
—Porque hace diecisiete meses no leía lo que firmaba. Ahora sí.
—¿Y su relación con la señora Cerón?
—Ella es la jefa de mi seguridad —dijo Ulises—. Lo demás lo cuento en una canción.
Los periodistas se rieron. Otro preguntó por el seguro, y Ulises dejó que contestara Jhonny.
—La extensión de la póliza quedó sin efecto —dijo Jhonny—. La Fiscalía probó que el señor Ledezma la firmó engañado. La póliza original vence esta noche a las doce.
***
Después de la rueda de prensa, Ulises e Ingrid caminaron por detrás de las tarimas. Desde allí veían pasar las silletas, enormes y lentas, entre aplausos.
Una tenía la cara de la Virgen hecha con claveles rojos. Otra decía «Medellín florece» en letras de girasol. Un niño de unos ocho años cargaba una silleta pequeña, del tamaño de un morral, y no dejaba que su abuelo lo ayudara.
Ulises sacó un sobre del bolsillo de la chaqueta. Adentro había un cheque de gerencia por cuarenta millones de pesos.
—Llegué vivo al final del concierto —dijo—. Era el trato.
—El trato era con Germán pagando.
—El trato era conmigo. Lo pago yo, de mi plata, que ahora sé cuánta es.
Ingrid miró el cheque un rato largo. Pensó en su mamá en Popayán, en los ochocientos mil pesos de cada mes, en la sábila muerta del apartamento.
—Lo voy a usar para algo —dijo—. Una empresa de escoltas. Mía.
—¿Y tienes clientes?
—Tengo uno que se escapa a almorzar donde su mamá sin avisar.
—Ese cliente se va de gira en octubre. Tres meses, ocho países. Necesita a alguien que le revise los candados.
—Anotado.
Él se rio y le tomó la mano. Ella no la soltó.
***
El lunes 9 de agosto, a las diez de la mañana, la oficina de Sello Altavoz olía a café nuevo y a pintura fresca. El contrato tenía treinta y dos páginas.
Ulises las leyó todas. Se demoró una hora y cuarenta minutos. Subrayó con lápiz dos cláusulas que no entendió y pidió que se las explicaran. Una abogada joven lo hizo con paciencia, sin mirar el reloj.
—Esta dice que los derechos de sus canciones son suyos —explicó ella—. El sello solo los administra por cinco años.
—¿Y si me quiero ir antes?
—Se va. Con treinta días de aviso. Está en la página once.
—Anoto eso —dijo Ulises, y miró a Ingrid por encima del papel.
Dora estaba sentada a su lado, con la carpeta de manila en las piernas. Llevaba guardando papeles desde 2011. Ese día guardó uno más.
—Ma, ¿usted entiende esta parte? —preguntó Ulises, señalando la página veintiséis.
—No, mijo. Pero tú sí. Por eso la estás leyendo.
Sara grababa todo con el celular desde la puerta. Elkin esperaba afuera, con el brazo todavía en cabestrillo, porque Ulises le había pedido que produjera el próximo disco. Yesenia le retocaba el maquillaje a quien se dejara.
Ingrid estaba junto a la ventana, revisando la calle por costumbre.
Abajo no había motos parqueadas en el andén ni camionetas de vidrios oscuros. Solo un vendedor de obleas y dos estudiantes con silletas de cartón. En el bolsillo tenía el registro de su empresa nueva, «Cerón Escoltas», con fecha de ese mismo día. Jhonny le había prometido dos hombres buenos para la gira.
Germán Bedoya y Wilmar Arango dormían en la cárcel de Bellavista desde el sábado. La póliza de cinco mil millones había vencido a la medianoche del domingo, sin que nadie la cobrara.
Ulises firmó la última página. Puso la fecha a mano, despacio. Después devolvió el lapicero, que era de plástico azul, de los que se compran en cualquier papelería.
Se levantó. Cruzó la oficina hasta la ventana. Besó a Ingrid delante de su mamá, de su hermana, de la abogada y de la cámara de Sara.
Dora carraspeó. Se acomodó la carpeta en las piernas y miró a Ingrid por encima de las gafas.
—Usted me lo cuida —dijo Dora.
—No, señora —dijo Ingrid—. Ahora nos cuidamos los dos.
Ulises levantó la mano libre, como quien jura en un juzgado.
—Y esta vez —dijo— yo respondo por lo que firmo.