Capítulo 1 · ~5 min
Renata: La esposa que volvió
—¿Usted conoce el edificio antiguo de la calle Reforma? Dicen que ahí todo se escucha, hasta los secretos más sucios.
Renata fingió revisar su libreta. El tono de Emilio Saldarriaga tenía filo. Ella levantó la mirada, segura, con una media sonrisa.
—No suelo creer en rumores —dijo Renata, sin pestañear—. Prefiero los hechos.
Emilio no apartó los ojos. El ambiente de la sala de juntas era frío, paredes de cristal, cuadros de la familia Saldarriaga colgados como trofeos. Renata, ahora Ana Lucero, llevaba el cabello más oscuro y lentes nuevos. El traje azul la hacía ver diferente, pero Emilio seguía con la mirada clavada en ella, buscando algo familiar.
Un asistente entró y dejó una carpeta entre ambos. Emilio la abrió, hojeando sin dejar de observar a Renata.
—La propuesta de Lucero Capital es... arriesgada —dijo, marcando cada palabra—. No sé si confiar en alguien que aparece justo cuando la empresa más lo necesita.
Renata se inclinó hacia él, firme:
—Las empresas desesperadas no pueden darse el lujo de dudar. Si tiene una objeción, prefiero escucharla ahora, señor Saldarriaga.
Emilio apretó los labios. Sus nudillos blanquearon sobre la mesa. Renata sostuvo el gesto, fría por fuera, pero sentía el pulso acelerado.
—¿Por qué invertir aquí? Hay opciones más seguras —insistió Emilio, como si quisiera provocar una grieta en el personaje de Renata.
—Porque los riesgos traen recompensas —dijo, sin bajar el tono—. Y porque me interesa cómo reacciona una familia bajo presión.
Se sumaron dos directores, saludaron con un movimiento seco y abrieron laptops. Renata presentó cifras y plazos, cada argumento medido. Emilio no dejó de observarla, atento a cualquier error. Ella respondía con seguridad, pero bajo la mesa sus dedos temblaban. La imagen de Emilio en el accidente cruzó por su mente. ¿Había sido él parte del plan? ¿O también era una víctima de su propia familia?
Al acabar la presentación, los directores se despidieron. Emilio y Renata quedaron solos. Emilio cerró la carpeta y se acercó, bajando la voz:
—¿Usted ha trabajado antes en el sector automotriz?
—En Brasil —contestó ella, sin detalles—. Pero prefiero hablar del futuro, no del pasado.
Emilio la estudió en silencio. Parecía buscar una pista en su acento o en sus gestos. Renata no se movió, hombros rectos, la mirada fija.
—Hay algo en usted que me resulta conocido —dijo Emilio—. No sé si es la voz o los ojos.
Renata mantuvo los ojos en él un segundo más. No se permitió mostrar nada. Si Emilio sospechaba, todo su plan caería.
Él recogió sus papeles, pero antes de salir, se detuvo junto a la puerta:
—¿Va a quedarse mucho tiempo en la ciudad?
—El tiempo que haga falta —respondió Renata, seca—. Mientras la inversión esté segura.
No hubo despedida. Emilio salió sin mirar atrás. Renata esperó un instante antes de ponerse de pie. Caminó por el pasillo, cada paso pesado, cruzando recuerdos que no podía borrar. Al pasar junto a un ventanal, vio su reflejo. Ana Lucero le devolvió la mirada. Renata respiró hondo y siguió hasta el baño.
Se echó agua fría en las manos, evitando mirarse demasiado. Recordó la última vez que vio a Emilio: gritos, olor a gasolina, tierra cayendo. Cerró las manos con fuerza y se obligó a abrir los ojos. Tenía un objetivo. No podía dudar ahora.
Entró una mujer del personal de limpieza. Renata fingió buscar algo en el bolso. La mujer la miró con curiosidad, luego se fue sin decir palabra. Renata salió del baño, los pasos apurados. Tenía que mantenerse fuerte. Si alguien la reconocía, todo terminaría antes de empezar.
En el lobby, Emilio la esperaba apoyado en la pared. No intentó disfrazar su interés. Cuando Renata pasó cerca, él la detuvo con una mano en el brazo.
—¿Está segura de que nunca hemos coincidido antes? —le preguntó, en voz baja.
Renata se soltó con suavidad. Clavó los ojos en los de Emilio, sin ceder un milímetro.
—Suele pasar con los rostros comunes —respondió, cortante.
Él no insistió. Solo la miró irse, como calculando sus próximos movimientos. Renata cruzó la puerta de vidrio, notando cada paso que daba. Allí afuera, el aire le resultó más liviano. Se apoyó un segundo en una columna, buscando calma.
Marcó rápido desde el celular.
—Ya entré. Nadie sospecha —susurró al auricular.
—¿Y Emilio? —la voz de Pilar sonaba tensa.
—Él me miró raro, pero lo tengo bajo control. Mañana te llamo con detalles.
Colgó y guardó el celular. Caminó hacia el estacionamiento, repasando cada palabra de la reunión. Una pregunta le rondaba la cabeza: ¿de verdad Emilio estaba en el accidente o solo jugaba el papel del esposo abandonado?
Frente al carro, buscó las llaves en la bolsa. Un guardia se le acercó.
—¿Su nombre, por favor?
—Ana Lucero —dijo, mostrando la identificación.
El guardia revisó la lista. Asintió y dio un paso atrás. Renata abrió la puerta del auto, pero antes de entrar, notó que alguien la observaba desde la sombra de una columna.
Emilio apareció a su lado. El rostro serio, voz más baja todavía:
—Usted se parece a alguien que enterré.
Renata no respondió. Se quedó quieta, observándolo. El peligro seguía ahí, latiendo cerca. Finalmente, susurró: "No estoy lista para saberlo todavía."
Sobre esta novela
+13. Pensada para adolescentes: puede incluir peligro, pero no violencia gráfica ni escenas sexuales.
Por Equipo Historia Abierta
- Completada
- 20 capítulos
- Publicada el
- Actualizada el
Personajes principales
- Renata Ibarra · Protagonista
- Emilio Saldarriaga · Protagonista
- Pilar · Secundario
- Fabián Rojas · Secundario