Historia Abierta
Portada de Renata: La esposa que volvió
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Capítulo 5 · ~5 min

Cerca del pasado

Todo se sentía peligroso, incluso un pasillo vacío. Renata no lograba dejar atrás la voz de Iván. Pero el plan no podía detenerse. Subió al auto y condujo directo al edificio de la empresa Saldarriaga. Aparcó en el sótano, con la servilleta doblada en el bolso y el celular pegado al pecho. Cada paso resonaba en su cabeza, recordándole que el juego recién iniciaba.

El edificio estaba casi vacío a esa hora. Solo quedaban luces en la oficina de Emilio, en el último piso. Renata cruzó el vestíbulo, saludó con un gesto al guardia de seguridad y subió al elevador. Miró su reflejo en la puerta de metal: el cabello recogido, el maquillaje intacto, la mirada firme. Nada quedaba de la Renata de antes, pero su corazón latía igual de fuerte.

La puerta de la oficina estaba entreabierta. Emilio estaba de espaldas, revisando papeles y murmurando para sí mismo. No la vio entrar. Renata apoyó la mano en el marco y tosió apenas para hacerse notar.

—¿Necesitas ayuda con eso? —preguntó, usando el tono profesional de Ana Lucero.

Emilio giró despacio. Tenía la corbata floja y las mangas arremangadas. Se veía cansado, pero sus ojos se iluminaron al verla.

—Ana, no esperaba que vinieras tan tarde. ¿Olvidaste algo en la cena?

Renata negó con la cabeza y avanzó hasta el escritorio. Se mantuvo de pie, a unos pasos. Emilio recogió unos documentos y los ordenó sin mirarla directamente.

—Sólo quería repasar los acuerdos del contrato. Prefiero no dejar cabos sueltos —dijo ella, con voz firme.

—Eres meticulosa. Eso me gusta.

Hubo un silencio tenso. Renata dejó su bolso sobre la mesa y sacó una libreta. Fingió revisar notas, pero tenía la mirada puesta en los papeles que Emilio protegía con el antebrazo. Había carpetas marcadas con fechas recientes. No podía arriesgarse a pedirlas de frente.

—¿Te molesta si reviso las versiones digitales? Así avanzo desde aquí —preguntó, apuntando la laptop encendida.

—Claro, adelante. La contraseña es la misma que te di en la mañana.

Renata se sentó al borde de la mesa y empezó a teclear. El sistema tardó en cargar. Emilio la observaba, girando el bolígrafo entre los dedos.

—¿Te gustó la cena? Mi madre suele ser... intensa. —La voz de Emilio bajó un poco, casi en confianza.

Renata sonrió con cautela.

—Digamos que fue inolvidable. —Volvió la vista a la pantalla—. ¿Tu familia siempre es así con los socios?

Emilio soltó una risa seca.

—No, solo cuando sienten que pueden perder algo. Mi madre no soporta las sorpresas.

Renata reconoció en esa frase la verdad. Ella también odiaba las sorpresas ahora. El sistema por fin abrió los archivos. Aparecieron carpetas con nombres de proyectos, fechas y contratos. Iván había sido claro: necesitaba copias de todo lo nuevo. Renata insertó una memoria USB en el puerto y empezó a descargar los documentos uno por uno, cuidando cada clic.

Emilio se acercó detrás de ella. Podía sentir su presencia, el calor de su cuerpo. El aire se cargó de algo que ninguno nombró. Emilio apoyó una mano en el respaldo de la silla.

—¿Siempre trabajas así de tarde? —preguntó en voz baja.

Renata no giró la cabeza. Sabía que si lo miraba, sería más difícil seguir con la farsa.

—Solo cuando vale la pena —respondió, intentando sonar distante.

Él rió, apenas un susurro.

—Me recuerdas a alguien.

Renata apretó los labios, concentrándose en la pantalla. El último archivo se descargó. Guardó la memoria en el bolsillo interior del saco, disimulando el temblor en las manos.

Emilio se sentó en el borde del escritorio, justo enfrente. Sus ojos buscaban los de ella.

—¿Por qué aceptaste este proyecto, Ana? Hay empresas más grandes, mejores pagas. —Se notaba que quería otra respuesta, no la de siempre.

Renata respiró hondo.

—Porque me gusta poner a prueba a la gente poderosa. Ver de qué son capaces.

Emilio sonrió, como si entendiera algo más. Se inclinó apenas hacia ella.

—¿Y yo? ¿Ya descubriste de qué soy capaz?

Renata sostuvo la mirada. El pasado se colaba entre ellos, invisible pero real. Emilio estiró la mano y rozó los dedos de ella, apenas un segundo. Renata no se movió, pero el contacto la sacudió por dentro.

—Mejor no respondas —dijo él, retirando la mano—. Dicen que el pasado pesa más en esta oficina de lo que la gente cree.

Renata no contestó. Guardó la laptop y se puso de pie, lista para irse.

—¿Te vas ya? —Emilio habló más suave, casi como si no quisiera que se fuera.

—Tengo que terminar un informe —respondió, con tono firme.

Emilio se levantó también y la detuvo con una mano en el brazo. El gesto fue impulsivo, igual que antes, en la vida que compartieron. Renata pudo ver el conflicto en su mirada.

—No sé por qué, pero contigo siento que... —Emilio vaciló, bajó la voz—. Siento que te he conocido antes.

Renata se soltó despacio.

—Tal vez solo te recuerda a alguien que perdiste.

Emilio no apartó los ojos de ella.

—A veces pienso que esa persona podría volver. Aunque sea en otra forma.

Renata guardó silencio. El ascensor sonó a lo lejos, alguien llegaba al piso. Era la señal para irse. Caminó hacia la puerta, sin mirar atrás. Emilio dio dos pasos y la alcanzó.

—Ana, espera.

Ella se detuvo. Emilio hizo una pausa, como si luchara con las palabras.

—Renata... —La voz de Emilio tembló.

El nombre quedó flotando entre los dos. Renata no dijo nada. No había marcha atrás. Giró el picaporte y salió al pasillo, dejando a Emilio con la duda clavada como una espina.

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