Capítulo 6 · ~4 min
En busca de pruebas
—¿Ya terminaste con los reportes, Ana? —La voz de Fabián desde el pasillo la sacudió, baja y ronca.
Renata se giró un instante, guardando la memoria USB en el bolso y disimulando el sobresalto. Fabián asomó medio cuerpo por la puerta, con el saco desabrochado y un café frío en la mano.
—Estoy cerrando el último —respondió Renata, sin mirarlo de frente.
—No tardes mucho. Emilio odia que alguien se quede aquí tan tarde —advirtió Fabián. Parecía cansado, los ojos rojos tras los lentes.
—Claro, en cinco minutos salgo —respondió ella, con voz tranquila.
Fabián asintió y se fue, dejando la puerta entornada. Renata esperó a oír sus pasos alejarse. Se acercó a los estantes del fondo, donde guardaban los archivos más antiguos. El aire olía a papel húmedo y tinta vieja.
Sacó el celular y revisó la lista de mensajes. Pilar había escrito hacía unos minutos: “¿Todo bien? ¿Algo raro?” Renata tecleó: “Ahora te cuento. Dame diez.” Guardó el teléfono y siguió buscando.
La sección de accidentes estaba marcada con cinta roja. Renata leyó las etiquetas: “Incidentes 2017”, “Protocolo 2019”, “Proyecto Norte”. Sacó la carpeta más gruesa, la abrió sobre la mesa y empezó a revisar hoja por hoja. Encontró reportes técnicos, fotos borrosas, cartas internas.
Un documento llamó su atención: “Informe final – 17 de agosto”. Lo desdobló con manos temblorosas. El membrete de la empresa brillaba bajo la luz blanca del techo. Leyó despacio los párrafos. El texto relataba el accidente de manera impersonal: fecha, hora, ruta y daños. Al final, una línea: “No se detectaron fallas mecánicas. Caso cerrado como incidente fortuito. Firma: Emilio Saldarriaga, Director Ejecutivo.”
Renata apretó la mandíbula. La rúbrica azul era la de Emilio, sin duda. El informe tenía fecha de dos días antes de que ella despertara en el hospital. Guardó la hoja en su bolso, doblada con cuidado. Siguió buscando en la carpeta. Encontró una nota escrita a mano: “Entregar copia a L.” Reconoció la letra de Fabián. L de Leonor, seguro.
Al fondo había otra copia del informe, con un círculo rojo y la frase “Revisar urgente”. La tinta era fresca. Renata fotografió cada hoja con el celular, guardando las imágenes en una carpeta privada.
La puerta del archivo crujió. Renata se escondió tras un mueble, conteniendo la respiración. Escuchó pasos suaves, el golpeteo de llaves.
—¿Hola? —preguntó una voz joven. Era Samuel, el nuevo asistente de archivo, con su típica mochila colgando de un hombro.
Renata no respondió. Se agachó un poco más, esperando. Samuel murmuró algo y volvió a salir, dejando la puerta abierta.
Renata se levantó con cuidado, cerró la carpeta, la devolvió a su sitio y salió al pasillo. Caminó rápido hasta el baño de empleados. Se encerró en el cubículo más alejado, encendió la linterna del celular y volvió a leer el informe. Todo estaba en orden, pero la firma de Emilio la seguía golpeando.
El celular vibró. Pilar insistía: “¿Sigues ahí? Iván anda preguntando por ti. Ten cuidado.” Renata respondió: “Ya tengo lo que buscaba. Nos vemos en tu casa.”
Guardó el informe en el bolso. Se lavó las manos y se miró en el espejo. Tenía las ojeras marcadas, el cabello desordenado. Se acomodó un mechón tras la oreja y salió por la puerta de servicio.
En la calle, el aire era fresco. Caminó hasta la esquina, donde había dejado el auto. Subió, cerró los seguros y encendió la luz interna. Sacó la hoja del informe, repasando una vez más la firma de Emilio. El documento no mentía: él había firmado el cierre del caso, declarando que no había fallas mecánicas.
Marcó a Pilar por mensaje de voz: —Encontré el informe. Tiene la firma de Emilio. Dice que todo fue un accidente, pero la fecha no cuadra. Ya voy para allá.
Guardó el papel en una carpeta negra y lo metió bajo el asiento. Encendió el motor. Miró por el retrovisor; la calle estaba vacía. Renata metió primera y arrancó despacio, con la cabeza llena de posibilidades.
El celular volvió a sonar. Pilar le mandó un audio: —Iván está en la oficina. No vengas directo. Mejor nos vemos en la cafetería de siempre. Te espero en veinte.
Renata contestó con un texto corto: “Ok. Llevo el informe. Mantente alerta.”
Al llegar al semáforo, volvió a sacar el informe. Tocó la firma de Emilio con el pulgar. Sabía que esa prueba podía destruirlo o salvarlo, según lo que eligiera hacer. Guardó el papel, apretó el volante y avanzó cuando la luz cambió.
La ciudad seguía despierta. Renata dobló en la avenida, perdiéndose entre autos y faroles, el informe guardado y la decisión aún por tomar.