Capítulo 4 · ~4 min
El trato oculto
El collar plateado en la caja parecía un trofeo olvidado sobre la mesa. Renata no lo tocó ni cuando Leonor se levantó y lo guardó en su bolso, como si hubiera ganado algo. Iván aprovechó el movimiento para inclinarse más cerca de Renata. Murmuró tan bajo que la empleada, al fondo, no podía oírlos.
—Quédate después de la cena, Ana. Hay cosas que solo tú y yo podemos hablar.
Renata fingió no escucharlo y se paró junto a la silla. Fingía buscar su celular en el bolso, pero en verdad revisaba que la grabadora estuviera activa. Empezó a grabar antes de volver al comedor. No arriesgaría nada con Iván tan cerca.
La familia se dispersó pronto. Leonor subió a su habitación y la empleada se perdió en la cocina con los platos. Iván y Renata quedaron solos. El aire olía a vino y perfume caro. Iván se sirvió otra copa, pero a Renata le ofreció solo agua.
Él se sentó al borde de la mesa, relajado, con las piernas cruzadas. No la miraba directo, solo jugaba con la copa como si fuera un adorno cualquiera.
—¿Te has preguntado alguna vez por qué aquí todo el mundo sonríe, pero nadie confía en nadie? —dijo Iván, rompiendo el silencio incómodo.
Renata apoyó el bolso sobre la mesa, cerca del celular, y lo miró sin pestañear.
—¿A qué viene la pregunta, Iván?
Él giró la copa entre los dedos. Sonrió, pero su voz era dura.
—Porque tú tampoco puedes confiar en nadie aquí. Ni siquiera en Emilio. Tampoco en mí, claro. Pero yo no vine a advertirte, Ana. Quiero hacerte una propuesta.
Renata se cruzó de brazos, firme.
—Adelanta, no tengo toda la noche.
Iván se inclinó, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Yo sé quién eres. Nadie más lo sospecha como yo. —Hizo una pausa breve—. Podría contarlo en este momento, pero no lo haré si colaboras conmigo.
Renata bajó la mirada solo un segundo. Luego lo enfrentó, desafiante.
—¿Qué quieres a cambio de tu silencio?
—Sencillo. Ayúdame a quitarle la empresa a Emilio. Tú tienes acceso directo a él. Puedes hacerlo confiar en ti. Si cooperas, nadie tiene por qué enterarse de tu verdadera identidad.
Renata soltó el aire despacio. No podía negar que lo había imaginado, pero escucharlo de Iván lo hacía real. Su mano acarició el bolso, asegurándose de que la grabación siguiera activa.
—¿Por qué yo? ¿Por qué no lo haces tú mismo?
Iván se rió, bajo.
—Emilio te busca en cada gesto de cada mujer que entra por esa puerta. No puede resistir la tentación de descubrirte. Úsalo. Haz que confíe en ti y me entregue lo que le pertenece a la familia, no solo a él.
Renata no respondió de inmediato. Caminó hasta la ventana, fingiendo mirar el jardín. La luna apenas se asomaba entre las cortinas. Iván la siguió con la mirada, paciente.
—¿Y si me niego? —preguntó Renata, con voz seca.
Iván se acercó, sin tocarla.
—Entonces mañana mismo Leonor sabrá que Ana Lucero es el fantasma de Renata Ibarra. Y tú sabes lo que hace mi madre con los fantasmas.
Renata apretó los dientes. El tono de Iván no dejaba dudas. Si él hablaba, su plan se acababa.
—¿Qué quieres que haga exactamente?
Iván regresó a la mesa y tomó una servilleta. Escribió algo y se la mostró: una fecha y una hora.
—Mañana, en la oficina de Emilio. Necesito una copia de todos los contratos nuevos. Tú puedes entrar. Tú puedes conseguirlos. Hazlo y tendrás mi silencio. Si fallas, ya sabes lo que pasa.
Renata tomó la servilleta y la guardó en el bolso, como si aceptara el trato sin decirlo en voz alta. Iván levantó la copa y brindó solo para él.
—No te preocupes, Ana. Yo siempre cumplo mis tratos. Y tú... —la miró de arriba abajo— tienes mucho que perder.
Ella fingió una sonrisa, fría.
—Tú también, Iván. No olvides que los fantasmas siempre vuelven.
Iván soltó una carcajada y se alejó hacia el pasillo, confiado. Renata esperó a oír la puerta antes de sacar el celular. Miró la pantalla: la grabación seguía activa. Cada palabra de Iván estaba registrada. Por primera vez en la noche, Renata sintió que el juego se movía a su favor.
Guardó el celular y salió del comedor. Los pasos de Iván se perdían en el fondo. Afuera, la noche seguía callada, pero Renata no tenía tiempo para mirar atrás. Cruzó el recibidor y esperó a que el chofer trajera el auto. Subió en silencio al asiento trasero. Cuando el motor arrancó, miró la servilleta doblada. Ya tenía la primera prueba. Ahora sí empezaba la verdadera venganza.