Historia Abierta
Portada de Renata: La esposa que volvió
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Capítulo 3 · ~5 min

Cena tensa

Un tintineo suave llenó el comedor cuando Leonor cerró la caja del collar. Los cubiertos sobre la mesa brillaban bajo la lámpara antigua. Nadie comía. La empleada sirvió más vino y se retiró sin decir palabra. Renata fingió observar el mantel, pero sentía la mirada de Leonor clavada en ella.

—¿Le gustaría probar el postre de la casa? —preguntó Leonor, sin perder el tono calculador.

—Por supuesto —contestó Renata, forzando una sonrisa—. Gracias, señora Leonor.

La anfitriona hizo una señal. La empleada trajo un plato pequeño con pastel de elote y lo dejó frente a Renata. El aroma dulce apenas disimuló la incomodidad. Renata tomó un trozo, lo llevó a la boca y masticó despacio, sin apartar los ojos del collar que seguía sobre la mesa.

—¿Siempre usa manga larga? —preguntó Leonor, apoyando los codos en la mesa.

Renata bajó la mirada un segundo y levantó la vista con decisión.

—Tengo la piel sensible —respondió—. El frío no me ayuda.

Leonor asintió, no muy convencida. Dejó el collar a un lado y tomó la copa de vino. El ambiente era denso, como si cada palabra pesara el doble. Renata se mantuvo erguida. El reloj de pared marcó las nueve. Nadie venía a rescatarla.

El acceso quedó libre. Iván Saldarriaga entró al comedor, elegante como siempre, el cabello peinado hacia atrás, sonrisa fácil. Se acercó a la mesa y besó a su madre en la mejilla.

—Disculpen la tardanza —dijo, tomando asiento frente a Renata—. El tráfico estaba imposible.

Leonor lo miró con severidad, pero no comentó nada. Iván se sirvió vino y estudió a Renata con curiosidad descarada.

—¿Y usted es la famosa inversionista? —preguntó, directo—. Ana Lucero, ¿verdad?

Renata asintió, clavando la vista en el pastel.

—Mucho gusto, Iván. Espero que la cena esté a la altura de su fama.

Iván sonrió, ladeando la cabeza.

—No es común ver a alguien tan joven interesado en nuestra empresa. ¿De dónde viene exactamente?

—De Veracruz, igual que mi madre —respondió Renata, usando la misma mentira.

Iván soltó una carcajada breve.

—¿Y su acento? No suena veracruzano. —Sus ojos brillaban, desafiantes.

Leonor lo interrumpió con un movimiento de mano.

—No seas indiscreto, Iván. Ana es nuestra invitada.

Iván encogió los hombros, pero no apartó la mirada de Renata. Ella le sostuvo la mirada, fría. Iván tomó un trozo de pastel y lo probó, como si no pasara nada.

—¿Qué la trajo a nuestra familia? —insistió Iván, ahora en voz baja, casi susurrando.

Renata se acomodó en la silla, decidida a no ceder terreno.

—Negocios. Busco alianzas sólidas y ustedes parecen expertos en sobrevivir a todo.

Los ojos de Leonor buscaron a los de Iván. Un gesto apenas perceptible pasó entre los dos. Iván sonrió, esta vez más contenido.

—Sobrevivir —repitió, como si probara la palabra—. Sí, eso sabemos hacerlo muy bien.

El silencio se rompió cuando la empleada retiró los platos. Renata aprovechó para mirar la sala: cuadros familiares, fotos antiguas, el retrato de bodas de Emilio y ella misma, aún colgado en la pared del fondo. Leonor notó la dirección de su mirada.

—¿Le interesa la historia familiar, Ana? —preguntó Leonor, con voz neutra.

—Me parece fascinante —dijo Renata, volviendo al tono seguro—. He leído sobre el accidente de hace un año. Debió ser un golpe duro.

Leonor apretó los labios. Iván giró la copa en la mano.

—Las pérdidas enseñan mucho —respondió Leonor—. Una aprende a no confiar en cualquiera.

Renata inclinó la cabeza, como si aceptara la lección. Iván dejó la copa y se levantó, caminando hacia el retrato de bodas. Se detuvo frente a la imagen.

—¿No le parece curioso, Ana? —dijo, señalando el cuadro—. Mi hermano siempre tuvo debilidad por las mujeres misteriosas.

Renata sonrió apenas.

—Dicen que todos tenemos un tipo. Yo prefiero a la gente directa.

Iván regresó a la mesa, rodeando la silla de Renata. Se inclinó y habló solo para ella:

—A veces, lo directo puede ser peligroso en esta casa.

Renata giró la cabeza y lo miró a los ojos. No pestañeó.

—Gracias por el aviso. Sé cuidarme.

Iván le dedicó una sonrisa. Volvió a sentarse, esta vez junto a ella. Leonor observaba la escena, sin intervenir. Hubo un par de minutos de cuchicheos de la empleada y el sonido de la vajilla en la cocina. Renata notó que el collar plateado seguía sobre la mesa, a centímetros de su mano. Dudó si tocarlo.

Leonor habló, cortando el aire:

—¿Le gustaría llevarse el collar, Ana? Tal vez le traiga suerte en sus negocios con nosotros.

Renata se quedó inmóvil, contrariada. Fingió pensar. Finalmente, sonrió, controlando el temblor en la voz.

—Prefiero ganarme la confianza de la familia antes de aceptar regalos tan personales.

Leonor levantó una ceja, sorprendida. Retiró el collar y lo guardó en la caja.

—Buena respuesta —dijo—. Aquí, la confianza cuesta mucho.

Iván apoyó los codos en la mesa y se acercó a Renata. Habló muy bajo, solo para ella. Su aliento olía a vino.

—No se preocupe, Ana. Yo sé quién eres.

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