Historia Abierta
Portada de Renata: La esposa que volvió
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Capítulo 2 · ~5 min

Recuerdos y sospechas

El borde del asfalto vibraba bajo las llantas. El grito ahogado de Renata llenó el coche mientras miraba a Pilar por el retrovisor. El cinturón le apretaba el pecho. No podía mover la pierna. Pilar forzó la puerta desde afuera, con las manos manchadas de sangre y tierra. El humo entraba por la ventana rota.

—¡Renata, despierta! —la voz de Pilar sonó desesperada, le temblaba la mandíbula—. No te duermas, ¿me oyes? ¡Te saco de aquí!

Una piedra raspó la mejilla de Renata al ser jalada. El olor a gasolina era fuerte. Pilar la arrastró por el pasto seco, lejos del carro. Las luces de otro auto pasaron de largo. Nadie se detuvo. El collar plateado de Renata cayó entre los arbustos. Pilar no lo vio.

—No te mueras. Por favor, no te mueras —susurró, cubriéndola con su chamarra.

El recuerdo se desvaneció tan rápido como había llegado. Renata alzó la cabeza. Estaba sentada al borde de la cama, en el departamento pequeño donde dormía desde que volvió. Afuera, la ciudad rugía como siempre. En el espejo, la cara de Ana Lucero le devolvía la mirada: cabello liso y oscuro, lentes grandes, cero maquillaje.

Buscó el celular y marcó a Pilar, sin pensar.

—¿No puedes dormir? —contestó Pilar, con voz ronca.

—Soñé con la noche del accidente —Renata apretó el teléfono contra la oreja—. Te vi sacándome del carro. No sé por qué volví a sentir todo igual. El collar... lo perdí ahí.

—No pienses en eso —dijo Pilar—. Aquí y ahora, Renata. Tienes que concentrarte en la cena. ¿Segura de ir?

Renata se puso de pie. Caminó hasta la ventana, corriendo la cortina.

—Es la mejor forma de entrar en confianza con ellos. Además, la invitación fue directa de Doña Leonor. ¿Sabes lo que significa?

—Que te va a oler hasta los huesos —respondió Pilar, sin bromear—. No te confíes. Esa señora no invita para ser amable.

Renata sonrió, aunque nadie pudiera verla.

—Lo sé. Pero si quiero respuestas, tengo que estar donde están los secretos.

Colgó antes de que Pilar pudiera insistir. Dejó el teléfono sobre la mesa. Abrió su clóset improvisado y eligió un vestido negro, discreto. Miró la vieja cicatriz en el brazo y la cubrió con una manga larga. Se puso los lentes, se peinó con esmero. Guardó el teléfono y la identificación falsa en la bolsa. Salió del departamento sin mirar atrás.

El chofer de la familia la esperaba afuera del edificio, junto a un auto negro de vidrios polarizados. Renata abrió la puerta trasera y subió con calma. El chofer solo asintió.

—La señora Leonor preguntó si ya viene en camino, señorita Ana.

—Dígale que estaré puntual —respondió, mirando por la ventana.

El trayecto duró quince minutos. Renata memorizó el camino, contando los semáforos y las esquinas. La mansión Saldarriaga era igual que hace un año, con el mismo portón de hierro y la fuente de piedra en la entrada. El chofer bajó para abrirle la puerta. Renata respiró hondo antes de salir.

Una empleada la recibió en la entrada. Renata avanzó por el pasillo, reconociendo las fotos familiares en la pared. El comedor estaba iluminado, la mesa puesta para cuatro personas. Doña Leonor la esperaba sentada en la cabecera, impecable con un vestido beige y perlas en las orejas. No sonreía.

—Señorita Ana Lucero, bienvenida —dijo Leonor, con voz fría—. Tome asiento, por favor. Emilio llegará más tarde.

Renata ocupó el lugar frente a la anfitriona. La mesa estaba llena de platos, copas y servilletas bordadas. Un juego de cubiertos relucientes y un centro de mesa con orquídeas blancas.

—¿Le apetece vino? —preguntó Leonor, sin dejar de mirarla—. Es de la reserva familiar.

—Gracias, solo un poco —dijo Renata, controlando cada gesto.

Leonor sirvió el vino en dos copas. Hizo un gesto con la mano para que la empleada se retirara. Quedaron solas. La tensión llenaba el aire, aunque Renata no lo mostraba.

—No deja de sorprenderme su parecido con una persona que conocí —comentó Leonor, girando el anillo en su dedo—. ¿Está segura de no tener familia en esta ciudad?

—Crecí lejos de aquí —respondió Renata, con voz firme—. Mi madre era de Veracruz.

Leonor la estudió en silencio. Dio un sorbo a su copa. Sus ojos no soltaban los de Renata.

—Me gusta saber con quién hago negocios —dijo al fin—. ¿Por qué le interesa nuestra empresa?

Renata apoyó las manos sobre la mesa, simulando seguridad.

—Me interesa la proyección internacional. Y admiro la historia de su familia.

Leonor arqueó una ceja, casi divertida.

—La historia de esta familia es complicada. A veces, peligrosa. No se imagina lo que cuesta mantenerla unida.

Una pausa pesada. Renata sostuvo la mirada, decidida a no retroceder.

—No me asustan los retos —dijo, bajando la voz.

Leonor sonrió apenas. Cambió de tema.

—¿Le gustan las joyas antiguas? —preguntó. Movió una caja pequeña hacia el centro de la mesa.

Renata reconoció el estuche de terciopelo gris. Leonor lo abrió con cuidado. Adentro, un collar plateado con una piedra azul. El mismo que Renata llevaba la noche del accidente.

—Lo encontraron hace poco en la zona del accidente —dijo Leonor, mirándola de reojo—. Lástima que la dueña no esté para reclamarlo.

La copa tembló un instante en la mano de Renata. Fingió interés, acercándose al collar.

—Es precioso. ¿Pertenecía a alguien de la familia?

—A una persona que ya no está —respondió Leonor, mirando el collar.

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