Historia Abierta
Portada de Renata: La esposa que volvió
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Capítulo 13 · ~5 min

La voz del poder

Frente a la entrada del edificio, el tráfico seguía rugiendo. Renata se limpió la sangre seca de la mano. La carpeta negra pesaba más que nunca en su bolso. Miró hacia ambos lados. El auto negro seguía ahí, con los vidrios polarizados. Caminó rápido, mezclándose entre la gente que salía de un bar cercano. Nadie reparó en ella. Marcó a Emilio. Tres tonos, contestó de inmediato.

—¿Dónde estás? —preguntó él, con la voz tensa.

—Necesito verte. Ahora. Trae el auto y recoge en la esquina de Juárez con Reforma. No me preguntes nada —dijo Renata.

Colgó y cruzó la avenida. El semáforo estaba en rojo, pero no esperó. Se metió en una tienda de conveniencia y simuló revisar las bebidas. El corazón le latía fuerte. Revisó el pendrive en el bolsillo interno de su chaqueta. Estaba ahí, intacto. Afuera, el auto negro se fue despacio. Renata salió sólo cuando estuvo segura de que la calle estaba despejada.

Emilio llegó menos de diez minutos después en su camioneta oscura. Renata entró sin mirar atrás. Cerró la puerta y se puso el cinturón.

—¿Estás herida? —Emilio la miró de reojo, notando la mancha en su costado.

—Nada grave. Tenemos que ir a un lugar seguro. No aquí, no en tu casa —respondió ella. Miró por la ventanilla—. Nos siguen.

Emilio arrancó y dio una vuelta en U. Doblaron por calles secundarias, acelerando al ver las luces de otro auto acercarse. Recorrieron varias cuadras en silencio. Emilio no preguntó más. Solo miraba el retrovisor cada tanto. Finalmente, Renata señaló un edificio viejo con portón metálico.

—Ahí. Piso tres. Tengo una llave —dijo, mostrándole una copia gastada.

Subieron rápido por las escaleras. Una vez dentro del departamento, Renata cerró con doble vuelta. Se asomó a la ventana: nadie parecía haberlos seguido. Emilio la observó mientras ella dejaba la carpeta sobre la mesa.

—¿Qué pasó? —insistió Emilio, ahora más bajo.

Renata sacó el pendrive y lo puso sobre la mesa.

—Fabián está muerto —dijo, sin rodeos. Emilio palideció.

—¿Cómo? ¿Quién...?

—No sé quién lo hizo. Pero me entregó esto. Es un audio. Dijo que debíamos escucharlo juntos. Que ahí está la verdad.

Por primera vez, Emilio dudó antes de hablar. Miró el pendrive. Renata conectó el dispositivo a su laptop. Buscó el archivo llamado "grabacion_noche.mp3". El cursor temblaba sobre el ícono de reproducir.

—¿Listo? —preguntó Renata, sin mirarlo.

—Hazlo —contestó Emilio, firme.

El archivo comenzó. Al principio, solo se oían pasos y el sonido lejano de motores encendiéndose. Una puerta se cerró de golpe. Luego, una voz masculina susurró algo inentendible. Hubo un par de segundos de ruido blanco. De pronto, una voz clara, reconocible, llenó la habitación.

—Quiero que todo parezca un accidente —ordenó la voz. No había duda, era Doña Leonor. Fría, controladora, igual que siempre en las reuniones familiares.

Emilio se llevó la mano a la boca. Renata no apartó la mirada de la pantalla. El audio siguió.

—Nada de testigos. Que nadie sospeche de la familia. Si algo sale mal, ustedes responderán. ¿Entendido?

Un murmullo de obediencia. Otro hombre preguntó:

—¿Y si ella sobrevive?

La voz de Leonor sonó aún más dura.

—No va a sobrevivir. Y si lo hace, yo misma me encargo.

El archivo terminó con un golpe seco y el arranque de un auto. Renata pausó la grabación. La habitación quedó en silencio. Emilio se dejó caer en una silla.

—Es ella... —murmuró, casi sin aire.

Renata le pasó la laptop. Emilio la sostuvo como si pesara una tonelada. La grabación seguía ahí, como una bomba a punto de estallar.

—¿Qué vas a hacer con esto? —preguntó él, sin levantar la vista.

Renata se cruzó de brazos, apoyada en la mesa.

—Aún no lo sé. Pero ahora sabes la verdad. Fabián dijo que si desaparecía, debía entregar todo a la prensa. Y lo haré si hace falta.

Emilio apretó los dientes. Cerró la laptop y miró de frente a Renata.

—¿Estás segura de que esto es suficiente para hundir a mi madre?

Renata le sostuvo la mirada.

—Tú la escuchaste igual que yo. Nadie puede negar que es su voz. Nadie más daba órdenes así. Ni siquiera Iván.

Un ruido en el pasillo los sobresaltó. Renata se asomó con cuidado. Solo era el vecino entrando con bolsas del supermercado. Volvió adentro y cerró la puerta.

Emilio se levantó, caminó de un lado a otro. No sabía si golpear la pared o sentarse de nuevo. Se detuvo frente a Renata.

—¿Por qué Fabián te lo entregó a ti? ¿Por qué arriesgar su vida?

Renata bajó la voz.

—Porque confiaba en que yo haría lo correcto. Y sabía que tú, tarde o temprano, también escucharías esto.

Emilio apartó la mirada, como si intentara borrar la realidad.

—Mi madre... No puedo creerlo. Siempre pensé que Iván era el peor. Pero ella...

Renata respiró hondo. Quería consolarlo, pero no se movió.

—No eres responsable de lo que ella hizo. Pero ahora sí eres responsable de lo que harás con la verdad.

Emilio la miró, roto. Se acercó, tomó la mano de Renata con fuerza. Ella no la retiró. La tensión era tan densa que costaba hablar.

—¿Y Pilar? —preguntó Emilio de pronto—. ¿Sabes algo de ella?

Renata negó.

—Solo sé que está huyendo. Me dejó esto —sacó la carta de Pilar y la puso junto al pendrive—. Dijo que confiara solo en mí. Que cuidara el audio.

Emilio soltó un suspiro largo. Miró la puerta, la laptop, el pendrive. Finalmente, se sentó otra vez.

—Entonces ya no hay marcha atrás. Esto lo cambia todo.

Renata asintió. Tomó el pendrive y lo guardó en el bolso, junto a la carta. Antes de cerrar la laptop, volvió a escuchar el fragmento clave: la voz de Doña Leonor, fría, implacable, dando la orden.

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