Capítulo 12 · ~4 min
Secretos en audio
Pisó con fuerza el asfalto húmedo, sin reducir el paso. El parque quedaba atrás, y Renata seguía mirando de reojo, recordando la última advertencia de Fabián antes de que se perdiera entre los árboles. Nadie hablaba. Ella sentía el sobre en el bolso como un animal vivo, peligroso, a punto de saltar.
Cruzó la avenida, esquivando los coches. Caminó sin rumbo fijo, hasta que el semáforo cambió y pudo perderse entre la gente.
Se detuvo frente a una tienda cerrada. Sacó el celular de Pilar, el viejo, y revisó los mensajes de nuevo. Nada nuevo. Solo la dirección y la palabra "corre". Dudó unos segundos. Miró el sobre que le había dado Fabián. Podía abrirlo ahí mismo, pero algo la detuvo.
Un auto negro dobló la esquina despacio, sin luces. Renata se pegó a la pared, tapando el rostro con el cabello. El auto avanzó y frenó, apenas dos metros adelante. El vidrio bajó. Por un segundo, pensó que era Iván. Pero era un hombre desconocido, de cabello canoso, que miró a todos lados antes de seguir. Renata contuvo la respiración y no se movió hasta que el auto desapareció.
Caminó hacia la avenida siguiente. El miedo iba y venía, como olas. Buscó un taxi. Al fin, uno amarillo paró. Subió sin mirar atrás y dio la dirección del mensaje. El conductor la miró por el retrovisor.
—¿Todo bien, señorita?
—Solo apure, por favor.
El taxi salió disparado. Renata sacó el sobre, las manos sudando. Lo abrió con cuidado. Había fotos impresas: una de un auto volcado, otra de un contrato con la firma de Emilio, y una hoja con varios nombres, todos conocidos. Al fondo, el pendrive. Lo cerró rápido y guardó todo de nuevo. No podía arriesgarse a perderlo.
El taxi frenó en seco. Renata casi cae hacia adelante.
—Aquí es —dijo el chofer.
Miró la fachada del edificio. No era la dirección del departamento de Pilar ni el hostal. Era un edificio viejo, con ventanas rotas y grafitis. Bajó, pagó y entró al zaguán. Subió por la escalera, cada paso resonando en el hueco oscuro.
En el tercer piso, una puerta entreabierta. Renata se acercó, con el corazón golpeando fuerte. Empujó despacio. Nadie contestó. Dentro, solo una lámpara encendida sobre una mesa. Sobre la mesa, una carta.
La tomó. Era de Pilar. "Si llegas aquí, cuida el audio. No confíes en nadie. Si Fabián no te lo dio, busca en la estación. Siempre hay alguien mirando. No vuelvas atrás."
Renata se mantuvo en silencio. ¿Qué significaba "la estación"? Guardó la carta y salió del lugar. Bajó las escaleras corriendo. Al llegar a la calle, el mismo auto negro estaba estacionado a media cuadra. Sintió que la miraban, pero no se detuvo. Caminó rápido hacia la esquina.
En la acera de enfrente, una figura conocida: Fabián. Él la vio y alzó la mano. Parecía intentar acercarse, pero de pronto se tambaleó. Renata cruzó corriendo, esquivando un ciclista. Cuando llegó, Fabián estaba arrodillado, una mano en el pecho. Tosió, manchando su camisa de rojo.
—¡Fabián! ¿Qué te hicieron?
Él intentó hablar, pero solo salieron palabras ahogadas. Renata se arrodilló junto a él, buscando ayuda con la mirada. Nadie se detenía. Sacó el celular, marcó a emergencias, pero Fabián le agarró la muñeca.
—No llames... escucha... —jadeó—. El audio... Leonor... —tosió de nuevo, la sangre corriendo por su boca—. No confíes... en Iván.
Renata apretó el teléfono. Fabián la miró por última vez. Sus ojos se apagaron. Renata se quedó ahí, arrodillada, el sonido del tráfico mezclándose con su respiración agitada. Las pruebas seguían en su bolso. El peligro era real, más cerca que nunca.