Historia Abierta
Portada de Renata: La esposa que volvió
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Capítulo 11 · ~4 min

Entre la espada y la pared

—No hay tiempo, Ana. Si quieres saber la verdad, ven sola. Nadie más —la voz de Fabián sonó urgente por el teléfono viejo de Pilar.

Renata miró a ambos lados del callejón, apretando la carpeta negra contra su cuerpo. El hostal quedaba a una cuadra, pero Emilio e Iván la esperaban en la esquina. Dudó unos segundos, recordando la nota de Pilar y el choque del auto. El miedo y la rabia se mezclaban por dentro. Guardó el teléfono en el bolso y caminó rápido, alejándose de los Saldarriaga sin mirar atrás.

Avanzó entre puestos cerrados y luces parpadeantes, con pasos cortos pero decididos. Fabián había dejado claro el punto de encuentro: un parque pequeño, casi vacío a esa hora. Al llegar, lo vio de pie junto a una banca, con un portafolio marrón y el cabello más despeinado de lo normal. Parecía más cansado que nunca.

—Llegaste sola. Bien —dijo Fabián, sin saludar, mirando alrededor como si esperara que alguien los siguiera.

Renata se sentó en la banca. Su costado dolía por la herida del accidente, pero no mostró debilidad.

—¿De qué se trata? —preguntó con voz baja.

Fabián no respondió de inmediato. Sacó un sobre grueso del portafolio y lo puso entre ambos.

—Aquí hay más de lo que imaginas —susurró—. No solo el informe. Hay grabaciones. Pruebas que podrían hundir a todos los Saldarriaga, incluyendo a Emilio.

Renata lo miró fijo, sin pestañear. El abogado bajó la voz aún más.

—Alguien manipuló los frenos de tu auto. No fue un accidente, y la policía no va a investigar si tú no denuncias. Pero hay algo peor: tu amiga Pilar está en peligro real. No confíes en nadie, ni siquiera en ella. —Fabián respiró hondo, como si le costara hablar—. Me quieren fuera del juego. Si me pasa algo, estas pruebas deben llegar a la prensa.

Renata tomó el sobre. Lo sintió pesado en sus manos.

—¿Por qué me ayudas ahora? Llevas años cubriéndoles todo.

Fabián miró el suelo, luego a su alrededor, nervioso.

—No puedo más. Esto ya no es solo corrupción. Hay muertos, Ana. Y si no das un golpe ya, tú podrías ser la siguiente.

Renata abrió el sobre. Vio un pendrive, varias fotos y una hoja con nombres y fechas. Reconoció la firma de Emilio en un documento y sintió una punzada. Cerró el sobre.

—¿Qué hay en el pendrive?

—Un audio. Lo grabé la noche del accidente. No he escuchado todo, pero sé que ahí está la voz que dio la orden. La reconocerás. —Fabián buscó su mirada—. No lo pierdas. Si caigo, es tu seguro.

Una moto pasó cerca, rompiendo el silencio. Renata guardó el sobre en la mochila.

—¿Y Pilar? ¿Dónde está?

Fabián apretó los labios, inseguro.

—No lo sé. Me llamó hace una hora. Estaba asustada. Dijo que Iván la había citado y que si no volvía, te avisara. Después, supe que alguien la siguió desde el hostal. —Miró a Renata con urgencia—. Si tienes contacto con ella, dile que huya. Nadie está a salvo.

Renata se levantó, inquieta. Quería correr, buscar a Pilar, pero no podía dejar a Fabián así.

—¿Tienes más copias de esto?

—No. Solo confié en ti. Si no vuelvo a llamar, entrega todo al periodista que te recomendé. El que cubre casos de corrupción, ¿recuerdas?

Renata asintió, guardando el nombre en la memoria. El parque seguía vacío, pero sentía que los observaban.

—¿Por qué ahora, Fabián? ¿Qué cambió?

El abogado se pasó la mano por la frente, sudando.

—Ya no quiero ser parte de esto. Vi lo que hicieron contigo, y lo que planean con Emilio. Leonor lo va a sacrificar si es necesario. Iván solo busca quedarse con todo. No les importa nadie más. —Bajó la voz—. Si decides usar el audio, prepárate. Esto no termina bien para nadie.

Una patrulla pasó cerca y Fabián se tensó. Se puso de pie, mirando sus manos temblorosas.

—Tengo que irme. Si me buscan, no sabes nada. Y cuídate. No te fíes de nadie, Ana. Nadie.

Renata lo vio alejarse entre árboles, con la espalda encorvada por el miedo. El sobre pesaba cada vez más en su bolso. Se sentó un momento. Buscó el celular viejo de Pilar y revisó los mensajes. Había uno sin leer: solo una dirección y una palabra, "corre".

Guardó el teléfono y el sobre. Miró hacia la calle. Sabía que Emilio e Iván podían estar cerca, o peor, alguno de los hombres de Leonor.

Se levantó y caminó rápido hacia la avenida, sin mirar atrás. El audio de Fabián era su única salida, pero también una amenaza para todos. El juego acababa de cambiar.

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