Historia Abierta
Portada de Renata: La esposa que volvió
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Capítulo 10 · ~5 min

La búsqueda de Pilar

No podía dejar de pensar en Pilar. Cada vez que el taxi frenaba en un semáforo, Renata imaginaba a su amiga sola, quizás huyendo, tal vez atrapada en una trampa. La herida en su costado ardía, pero el miedo por Pilar dolía más.

Emilio miraba por la ventanilla, las manos cerradas sobre las rodillas. No había hablado en varios minutos. Renata lo observó de reojo, buscando algún gesto que le dijera si de verdad estaba de su lado o solo seguía su propio plan.

El taxi frenó bruscamente frente a un edificio de departamentos. Emilio pagó sin esperar el cambio y bajó primero. Renata lo siguió, sujetando la carpeta negra con fuerza. Subieron los escalones de dos en dos, respirando agitados.

—¿Seguro que aquí vive Pilar? —preguntó Renata, deteniéndose en el primer descanso de la escalera.

Emilio asintió, sin mirarla.

—Es la dirección que me diste. —Se detuvo frente a la puerta 204 y tocó fuerte.

No hubo respuesta. Renata volvió a marcar el número de Pilar. Nada. Solo el mismo buzón. Golpeó la puerta con la palma.

—¡Pilar! ¡Abre! Soy yo, Ana…

Solo el zumbido lejano de un televisor respondía. Emilio se apartó para mirar por la ventana del pasillo. Renata sintió que el pánico la empujaba al borde.

Alguien subió corriendo las escaleras. Renata se giró, lista para defenderse. Iván apareció en el rellano, con el saco arrugado y el cabello desordenado como si hubiera corrido varias cuadras. Su sonrisa no quitaba lo peligroso de su mirada.

—Vaya, qué casualidad encontrarlos aquí. —Iván levantó una ceja y fingió sorpresa—. ¿Buscando a Pilar?

Renata no contestó. Emilio se puso delante de ella, bloqueando el paso.

—¿Qué haces aquí, Iván? —preguntó Emilio con voz dura.

—Vengo a lo mismo que ustedes. Me enteré de que Pilar podría estar en problemas. —Iván se encogió de hombros y sacó el celular—. La llamé hace un rato, tampoco responde.

Renata sostuvo la mirada de Iván. Había algo diferente en él esa noche, una urgencia disfrazada detrás de la sonrisa fácil.

—¿Cómo supiste que buscábamos a Pilar? —Renata bajó la voz, desconfiada.

Iván se acercó un poco más, bajando el tono.

—Recibí un mensaje suyo pidiéndome ayuda. No decía mucho, solo que tenía miedo y que Emilio la había amenazado. —Miró directamente a Emilio—. ¿Tú tienes algo que decir de eso, hermano?

Emilio apretó los dientes, pero no respondió. Renata se le quedó viendo.

—Eso no tiene sentido. Pilar nunca te confiaría algo así —dijo ella, tratando de sonar segura.

Iván soltó una risa corta.

—¿Seguro? Últimamente, todos parecen tener secretos. Y tú, Ana Lucero, no eres la excepción.

Renata sintió la carpeta pesarle aún más en las manos. Dio un paso hacia Iván.

—Si sabes dónde está Pilar, dímelo ya. No tengo tiempo para tus juegos.

Iván levantó las palmas, fingiendo inocencia.

—No sé dónde está. Pero si de verdad te importa, deberíamos buscar en el café donde la viste por última vez. Tal vez dejó algo, una pista.

Renata dudó un segundo. Miró a Emilio, que la observaba con preocupación. El costado le dolía, pero no iba a dejar que Iván la manipulara. Apretó la carpeta y empezó a bajar las escaleras.

—Vamos al café —dijo, sin mirar atrás.

Iván bajó tras ella. Emilio los siguió, sin perder de vista a su hermano. Ya en la calle, caminaron en silencio hasta la avenida principal. El café estaba cerrado, pero la luz de la cocina seguía encendida.

—Déjenme hablar con el encargado —propuso Iván, entrando primero.

Renata se quedó afuera, temblando de nervios. Emilio se acercó, bajando la voz.

—No confíes en Iván. Puede estar metido en todo esto.

—Lo sé —susurró Renata—. Pero si Pilar pidió ayuda, fue porque tenía miedo. ¿Tú le dijiste algo?

Emilio movió la cabeza en señal de desacuerdo.

—Solo le advertí que tuviera cuidado contigo. Nada más. —Buscó los ojos de Renata—. No la amenacé, te lo juro.

Antes de que Renata pudiera responder, Iván regresó. Mostró una servilleta doblada.

—Esto estaba en la mesa donde se sentó Pilar. Tiene su letra —dijo, y se la entregó a Renata.

Renata abrió la servilleta. Había una dirección escrita con tinta azul y dos palabras: “Ayúdame. Urgente.” El pulso le tembló al leerlo.

—¿Reconoces la dirección? —preguntó Iván.

Renata asintió. Era un pequeño hostal en el centro, donde a veces Pilar se quedaba cuando discutía con su familia. Sin perder tiempo, salieron a buscar un taxi.

El camino fue tenso, cada uno perdido en sus pensamientos. Al llegar al hostal, Renata bajó primero. Tocó la puerta con fuerza. El recepcionista, un joven con cara de sueño, la miró desconfiado.

—Busco a Pilar García. ¿Está aquí?

El joven dudó, pero luego asintió.

—Subió hace un rato. Pero no quiere ver a nadie. Dejó esto para usted —dijo, tendiéndole un sobre blanco.

Renata lo tomó. Emilio e Iván se acercaron. Renata abrió el sobre. Había una hoja doblada y un celular viejo. En la hoja, un mensaje corto:

“Me voy. No confíes en Emilio. Me amenazó. No sé en quién creer. Cuídate, Ana.”

Renata sintió que el suelo le temblaba bajo los pies. Emilio leyó por encima de su hombro, pálido.

—Eso no es verdad —murmuró—. Yo nunca la amenacé.

Iván sonrió, satisfecho.

—Bueno, parece que las cosas se complican, ¿no? ¿A quién vas a creerle ahora, Ana?

Renata guardó la hoja y el celular en su bolso. Sabía que la guerra de mentiras estaba por iniciar.

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