Capítulo 9 · ~5 min
Salvados por poco
La carpeta negra con el informe seguía en el asiento del copiloto. Renata apenas la miró; tenía las manos pegadas al volante y los nudillos blancos. El auto temblaba mientras avanzaba sin control por la avenida desierta. Las luces de los faros rebotaban contra los autos estacionados y el asfalto mojado.
Intentó presionar el freno otra vez, pero el pedal estaba muerto. Solo sentía un hueco bajo su pie. Giró el volante a la derecha para esquivar un taxi parado. El auto patinó y estuvo a punto de chocar contra un poste. Renata soltó un grito y buscó la palanca de cambios. Intentó poner neutral, pero el auto seguía acelerando cuesta abajo.
Vio el camión cruzar la calle, lento, como si no le importara el peligro. Renata tocó la bocina, apretando el claxon con toda la fuerza que le quedaba. Nadie reaccionó. Cerró los ojos por un momento y pensó en Pilar. Luego apretó el volante y giró a la izquierda, sintiendo el golpe seco de una llanta contra la banqueta.
El auto rebotó, perdió estabilidad y se fue directo contra una barda. Renata alcanzó a cubrirse la cara con el brazo. El golpe la sacudió por completo. El airbag se activó con fuerza y le cortó la respiración unos segundos. Afuera, alguien gritó su nombre.
—¡Ana! ¡Renata!
Abrió los ojos. El cristal del parabrisas estaba hecho añicos, pero podía ver una silueta acercándose. Emilio corría hacia ella, con la chaqueta abierta y la cara desencajada. Golpeó la ventana del conductor.
—¡Sal del auto! ¡Vamos!
Renata forcejeó con el cinturón, que se había atascado. Emilio abrió la puerta con un tirón y metió un brazo para soltar el seguro. El olor a gasolina flotaba en el aire. Renata se dejó arrastrar fuera del asiento. Sentía las piernas temblorosas, pero logró mantenerse en pie.
Emilio la sostuvo por los hombros. Tenía la voz ronca.
—¿Estás bien? ¿Te duele algo?
Renata negó con la cabeza, aunque le ardía el costado.
—No lo sé. Creo que solo fue el golpe. El auto no frenaba… los frenos no respondían.
Emilio la miró fijo, con el ceño apretado.
—¿Estás diciendo que alguien saboteó el auto? ¿Estás segura?
Renata asintió. Señaló el tablero, la carpeta negra caída en el piso. Emilio la recogió y la sostuvo con fuerza.
—Tenemos que irnos. Esto no fue un accidente normal.
Renata miró alrededor. Un par de curiosos se acercaban, grabando con el celular. Emilio la tomó de la mano y la guió hacia un callejón lateral, lejos del auto.
—¿Cómo supiste dónde estaba? —preguntó Renata, sin soltar la carpeta.
Emilio miró sobre su hombro antes de responder.
—Te seguí desde la cafetería. Vi el auto negro parado en la esquina. Cuando vi que tu auto no frenaba, corrí tras de ti. Pensé que podía alcanzarte antes de que pasara algo peor.
Renata tragó saliva, todavía aturdida. Se apoyó contra la pared. Emilio se quedó a su lado, vigilando el auto desde lejos.
—Esto es por el informe, ¿verdad? —dijo, señalando la carpeta.
Renata bajó la voz.
—No solo eso. También por la grabación que tengo de Iván. Ahora saben que no estoy jugando.
Emilio dudó un segundo. Bajó la voz y se inclinó hacia ella.
—¿Qué piensas hacer ahora? Si te siguen atacando, no vas a salir viva de esta.
Renata respiró hondo. Miró la carpeta, luego el celular en su bolso.
—Voy a usarlos. El informe, la grabación… todo lo que tengo. Si intentan algo más, esta vez no me quedo callada.
Emilio levantó la mano, como si quisiera tocarle la cara, pero se detuvo. Miró la calle y luego a Renata, con esa mezcla de miedo y rabia que no podía ocultar.
—No confíes en nadie. Ni siquiera en Pilar. Si Iván la busca, puede estar en peligro igual que tú.
Renata apretó los dientes. Pensó en la USB que le había dado a Pilar. Miró el celular y dudó en llamarla, pero Emilio la detuvo.
—No uses el teléfono aquí. Si están vigilando, solo les darás una pista más.
Renata guardó el celular en el bolsillo de la chaqueta. Miró a Emilio con desconfianza y cansancio.
—¿Por qué me sigues ayudando, Emilio? Si tanto te importa la empresa, ¿por qué no entregarme tú mismo?
Emilio desvió los ojos. Su voz salió baja, casi un susurro.
—Porque no te quiero perder otra vez.
El silencio se hizo tenso entre ellos. Renata miró la carpeta, luego a Emilio. Sintió la herida en el costado latir con cada respiración.
Un par de patrullas pasaron por la avenida, sin detenerse. Emilio miró el reloj y la tomó del brazo con suavidad.
—Vamos. No podemos quedarnos aquí.
Caminaron rápido por la calle lateral, cruzando entre sombras y autos estacionados. Renata se obligó a no mirar atrás, aunque sentía la mirada de alguien sobre ellos.
Al llegar a la esquina, Emilio revisó el camino antes de salir a la avenida principal. Renata aprovechó para revisar el bolso. Buscó la USB, pero recordó que la tenía Pilar. El miedo le apretó el estómago.
—Tengo que avisarle —dijo en voz baja—. Si Iván la encuentra primero…
Emilio la interrumpió.
—Vamos a buscarla juntos. No te separes de mí.
Renata asintió. Cruzaron la avenida y se metieron en un taxi que pasaba. Emilio le dio una dirección al conductor sin mirarlo. Renata se recostó en el asiento trasero, con la carpeta apretada contra el pecho. Trató de llamar a Pilar, pero la llamada no entró. Solo escuchó el buzón.
La ciudad pasaba veloz tras la ventana. Emilio miró a Renata, preocupado. Ella guardó el celular y apretó la carpeta con fuerza. Una idea la inquietó.
—Emilio… ¿y si Pilar ya no está en casa?
El taxi dobló en la esquina y la noche pareció cerrarse alrededor de ellos. Renata se quedó mirando el teléfono, esperando que Pilar contestara. Pero la pantalla seguía muda.
El peligro no había terminado.