Historia Abierta
Portada de Renata: La esposa que volvió
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Capítulo 8 · ~5 min

Mentiras compartidas

El eco de los motores era lo único que llenaba el estacionamiento subterráneo. Renata apretó la carpeta bajo el asiento y se recargó un segundo en el volante. Las luces de neón parpadeaban sobre su parabrisas. No podía quedarse ahí mucho tiempo: Emilio seguía sin moverse, como si esperara que ella diera marcha atrás y aceptara hablar de nuevo. No tenía intención de hacerlo.

Marcó a Pilar desde el manos libres, pero la llamada entró directo al buzón. Dejó un mensaje corto, sin mencionar nombres.

—Ya salí. Nos vemos en el lugar de siempre. Avísame si hay cambios.

Colgó. Miró por el retrovisor y vio el auto de Emilio, estacionado en diagonal, bloqueando la salida. Él la observaba. Bajó un poco la ventanilla, pero no hubo más palabras entre ellos. Renata simplemente arrancó el auto y salió del estacionamiento, sintiendo la tensión aún en el aire. Al salir a la calle, el aire nocturno la golpeó. Solo entonces notó que tenía las manos sudadas.

Avanzó por avenidas casi vacías, rumbo a la cafetería donde vería a Pilar. En cada semáforo revisaba el espejo, segura de que alguien la seguía, pero solo veía autos dispersos. El informe seguía bajo el asiento, la memoria USB en el bolsillo de su chaqueta.

Aparcó en una esquina oscura, dos cuadras antes de la cafetería. Caminó el resto del trayecto, cubriéndose con la capucha de su sudadera. La cafetería estaba casi vacía; una pareja discutía en una mesa del fondo y un hombre revisaba su celular en la barra. Renata eligió una mesa cerca de la ventana y fingió leer el menú mientras revisaba los mensajes. Nada de Pilar.

El camarero se acercó. Renata pidió un café solo y sacó el celular, revisando la grabación de Iván. La escuchó en silencio; la voz de Iván sonaba confiada, descarada. “Si quieres que tu secreto esté a salvo, consígueme esos contratos... Nadie tiene que salir perdiendo, Ana.”

Guardó el celular justo cuando la puerta se abrió. Renata esperó ver a Pilar, pero era solo una joven repartidora dejando una bolsa en la barra. Volvió a mirar el menú, impaciente. No podía arriesgarse a quedarse mucho tiempo ahí.

Un mensaje vibró en su celular: “Me retrasé. Llego en 10. No confíes en nadie. —P”. Renata respiró hondo, aliviada, pero el aviso la puso alerta. ¿A quién se refería Pilar? ¿Emilio, Iván, Leonor? Se le cruzaron mil escenarios en la cabeza.

Mientras esperaba, revisó las fotos del informe en su celular. El nombre de Emilio estaba ahí, claro, junto a la firma. También las anotaciones de Fabián, escritas a mano, con dudas sobre el peritaje. Renata tomó nota mental de las páginas clave y guardó el teléfono justo cuando el camarero regresó con el café.

—¿Espera a alguien? —preguntó él, curioso.

—Sí, pero no tardará —dijo, cortante.

El camarero asintió y se alejó. Renata miró por la ventana. Un auto negro pasó lento frente al local. No reconoció la matrícula. Se tensó, pero el auto siguió de largo.

El reloj marcaba la medianoche cuando Pilar entró, el cabello recogido y una bolsa de papel en la mano. Se sentó frente a Renata sin saludar, directo al grano.

—¿Tienes el informe?

Renata asintió y sacó la memoria USB. La deslizó por la mesa.

—Aquí están las copias digitales. El original físico sigue conmigo, por seguridad.

Pilar bajó la voz.

—¿Te siguieron?

—Emilio intentó. Dijo que firmó todo bajo presión de Leonor y de Iván. Juran que fue para protegerme, pero no les creo.

Pilar revisó la memoria en su laptop y leyó algunos archivos. Sus ojos se agrandaron.

—Esto es suficiente para meterlos en problemas graves, Renata. ¿Qué vas a hacer?

Renata dudó un segundo. Pensó en la grabación de Iván, en el informe, en Emilio esperando en el estacionamiento.

—Primero, asegurarme de que nadie más sepa que estoy viva. Después, decidir quién merece caer primero.

Pilar cerró la laptop y la guardó. Su voz bajó aún más.

—Ten cuidado. Iván me mandó un mensaje hace una hora. Quiere verme mañana. Algo trama, seguro.

Renata frunció el ceño. Se fijó en la calle de nuevo. El auto negro estaba estacionado a media cuadra, las luces apagadas.

—No vayas sola. Si Iván sospecha que colaboras conmigo, te va a usar como moneda de cambio. Ya conocemos su estilo.

Pilar asintió rápido.

—No te preocupes. No pienso confiar en nadie más. Ni siquiera en Fabián, después de lo que encontraste.

Renata tomó un sorbo de café y miró la hora. Tenía que regresar antes de que la buscaran. Pilar la detuvo con una mano.

—¿Y Emilio? ¿De verdad crees que está de tu lado?

Renata apretó los labios. No tenía respuesta.

—No lo sé. Pero si me mintió una vez, puede hacerlo de nuevo.

Pilar se levantó primero. Se despidió con una mirada cómplice y salió por la puerta trasera. Renata esperó un minuto más, pagó el café y salió hacia su auto, cruzando la calle con la cabeza agachada.

El camino de regreso fue tenso. Los semáforos parecían durar más de la cuenta. Renata aumentó la velocidad. Al frenar en la siguiente esquina, algo extraño ocurrió: el pedal del freno se fue hasta el fondo, sin resistencia. Sintió cómo el auto avanzaba solo, sin control. El corazón le latía con fuerza.

Intentó frenar de nuevo, pero nada respondía. El auto ganaba velocidad. Un camión se acercaba por la avenida y Renata giró el volante con fuerza, buscando una salida. No había tiempo para pensar en otra cosa. Solo alcanzó a gritar el nombre de Pilar antes de que todo se volviera confuso.

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