Capítulo 20 · ~5 min
La esposa que volvió
Nunca imaginó que una carpeta pudiera pesar tanto. Renata llevaba la carpeta recuperada de manos de la policía, apretando el cartón como si de eso dependiera todo. Cada paso hacia la oficina de Emilio era un recordatorio de lo que había perdido y de lo que todavía podía elegir. No miró a los empleados que murmuraban en el pasillo, ni los cuadros en la pared. Solo pensaba en la decisión que tenía que tomar.
Empujó la puerta de cristal. Emilio estaba ahí, de espaldas, la chaqueta arrugada y el cuello tenso. No se dio vuelta. Su voz le llegó apagada:
—¿Ya lo decidiste?
Renata apoyó la carpeta sobre el escritorio, sin sentarse. Vio la foto de los Saldarriaga, los papeles desordenados, el reloj de pared. Todo igual, pero ya no era lo mismo.
—Sí —dijo, sin rodeos.— La policía ya sabe que tengo la grabación y los documentos. Yo también decidí lo que quiero hacer.
Emilio se giró despacio. Parecía más viejo que el día anterior. Tenía ojeras y la barba crecida, pero en los ojos había algo distinto, como si aún esperara un milagro.
—¿Me vas a dejar? —preguntó, con la voz baja. No sonó a reproche, tampoco a súplica. Solo cansancio.
Renata negó con la cabeza. Se acercó un poco más, pero mantuvo la distancia. Había ensayado mil veces ese momento, pero ahora no encontraba las palabras exactas.
—No vine a despedirme. Vine a empezar de nuevo —se atrevió a decir, y la voz le salió más firme de lo que pensó.— Si todavía quieres intentarlo.
Él soltó el aire y se apoyó en el escritorio. Por un segundo, nadie dijo nada. Afuera, un teléfono sonó y alguien pasó corriendo. Renata no apartó la mirada de Emilio.
—¿De verdad puedes perdonarme? —insistió él, bajando la vista.— Después de todo lo que pasó…
Renata abrió la carpeta y la deslizó hacia él.
—No sé si puedo perdonar todo. Pero sí sé que no quiero vivir atada al rencor. Aquí están los documentos que la policía necesitaba. Las pruebas del accidente también. Y la grabación —dijo, tocando el sobre dentro de la carpeta.— Ya no tengo nada que ocultar, ni a ti ni a nadie.
Emilio estiró la mano, pero Renata la detuvo con un gesto.
—No necesito protección. Solo honestidad —agregó, mirándolo fijo.— Si vamos a seguir, que sea siendo nosotros. No los Saldarriaga, no los Ibarra. Solo Emilio y Renata.
Él asintió. Dio la vuelta al escritorio y se paró frente a ella, tan cerca que pudo oler su perfume de siempre, ese que no había olvidado. Dudó un segundo antes de hablar.
—Tengo miedo —susurró.— Todo lo que pasó… todo lo que perdimos… No sé si puedo volver a confiar.
Renata le tocó el brazo, suave, y sostuvo su mirada.
—Yo también tengo miedo —admitió.— Pero no quiero que eso nos defina. Si no lo intentamos, nunca sabremos si todavía podemos ser felices.
Un fuerte golpe resonó al abrirse. La secretaria de Emilio, una mujer de cabello corto y voz temblorosa, asomó la cabeza.
—Perdón, señor Saldarriaga. La policía está abajo. Necesitan que usted y la señora firmen la declaración final y entreguen la grabación.
Renata asintió y tomó la carpeta.
—Dígales que bajamos en un minuto —respondió.
La mujer cerró la puerta. Emilio se acercó y le tocó la mano, primero con timidez, luego con fuerza.
Renata no la soltó. Por primera vez en meses, sentía que podía respirar sin miedo. Dejó la carpeta sobre el escritorio, entre los dos, como una promesa de que nada quedaba oculto.
—¿Vamos juntos? —preguntó.
Él asintió y, sin soltarle la mano, caminaron hacia la puerta. Salieron hombro a hombro. En el pasillo, los empleados los miraron en silencio, algunos con sorpresa, otros con alivio. Nadie se atrevió a decir una palabra.
Llegaron al ascensor. Emilio apretó el botón, los números rojos bajaban despacio. Renata sentía las piernas flojas, pero no dudó. Cuando las puertas se abrieron, entraron juntos.
—¿Te imaginas empezar de cero? —musitó Emilio, sin mirarla.— Sin secretos, sin miedo, solo tú y yo.
Renata sonrió, casi sin darse cuenta. No recordaba la última vez que lo había hecho de verdad.
—No tengo idea de cómo se hace. Pero podemos aprender juntos —dijo, sincera.
El ascensor bajó. Los segundos se hicieron eternos, pero esta vez no había prisa. Al llegar a la planta baja, Emilio le apretó la mano con decisión. Renata le devolvió la mirada, firme. Cruzaron el lobby, donde los policías los esperaban. Ella entregó la carpeta al agente, mirando a Emilio antes de soltarla. Él le devolvió la sonrisa, cansado pero esperanzado.
Al salir del edificio, sintieron el aire fresco en la cara. Todo lo que importaba era ese momento: ya no había apellidos, ni secretos, ni miedo. Solo quedaban ellos dos, dispuestos a empezar, aunque todavía no supieran cómo sería el camino.