Capítulo 19 · ~5 min
Caída de los Saldarriaga
La pistola seguía tirada sobre el asfalto, a unos metros del lugar donde Iván había forcejeado con Renata. Emilio la recogió, con la mano aún temblorosa. Sintió el peso frío en la palma y la revisó: el cargador estaba casi vacío. Pensó en guardarla, pero decidió dejarla sobre el cofre del auto de la policía que acababa de llegar.
El primer agente bajó corriendo, linterna en mano, enfocando a Emilio y a Renata. Otro lo siguió, preguntando rápido y directo:
—¿Quién disparó? ¿Están heridos?
—No, estamos bien. El que disparó huyó hacia el monte —contestó Emilio, señalando la dirección por donde Iván se había perdido.
Renata ya no temblaba. Caminó junto a Emilio, dejando claro a los policías quién necesitaba ayuda y quién podía esperar. Emilio explicó todo lo que había pasado en frases cortas, sin adornos. Dijo los nombres, la amenaza, el intento de intercambio y la huida de Iván. El policía mayor tomó nota, hizo una seña y los agentes se dispersaron hacia el monte, algunos con armas largas, otros llamando por radio.
Renata se apoyó junto al auto, mirando fijo el horizonte. Emilio se acercó y le tocó el brazo. Ella no se apartó.
—No debiste venir solo —dijo ella, la voz más suave por primera vez en la noche.
—No iba a dejarte ahí —respondió Emilio. Sus palabras eran simples, pero el nudo en la garganta era imposible de ignorar.
La radio de uno de los policías crepitó. Se escuchó una voz lejana: habían encontrado rastros de sangre entre los arbustos. Emilio sintió un extraño alivio. Sabía que Iván no llegaría lejos.
Unos minutos después, la patrulla de refuerzo llegó. Traían a Doña Leonor en el asiento trasero, escoltada por dos uniformados. Emilio apenas la reconoció: la matriarca de la familia Saldarriaga, siempre tan firme, ahora se veía cansada, derrotada. Bajó del auto con las manos esposadas, sin mirar ni a Emilio ni a Renata. Los policías la guiaron hacia el jefe del operativo.
—¿Por qué trajeron a mi madre? —preguntó Emilio, con la voz ronca.
Uno de los policías respondió sin rodeos:
—La señora Saldarriaga se entregó voluntariamente en la comisaría. Dijo que quería dar su declaración sobre los hechos de esta noche y sobre lo ocurrido hace un año.
Emilio sintió algo romperse por dentro. La familia Saldarriaga, siempre intocable, ahora estaba rota en pedazos.
Leonor se detuvo frente a Emilio. No lo miró a los ojos, pero habló con ese tono seco que él conocía tan bien.
—No lo hice por ti. Ni por ella. Lo hice porque estoy cansada de esconder la basura bajo la alfombra. Ya no hay familia que proteger, Emilio. Solo quedan ruinas.
No supo qué responder. Leonor se alejó, seguida de los policías. Emilio la vio perderse entre las luces rojas y azules de las patrullas. Renata lo miró de reojo, pero no dijo nada.
Un agente se acercó a Emilio y le pidió que firmara una declaración. Él obedeció, apenas recordando el texto que escribía. Al terminar, alzó la vista y vio a Renata hablando con una mujer policía. Parecía tranquila, casi ajena a la escena. Emilio pensó en todo lo que habían perdido esa noche: la empresa, la familia, la seguridad. Pero también en lo que aún podían salvar.
Las radios seguían sonando, cada vez más frenéticas. Un grupo de policías arrastró a Iván hasta la carretera. Lo traían esposado, con la camisa rasgada y una mancha de sangre en la pierna. Apenas podía caminar. Cuando lo pusieron de pie frente a Emilio, Iván levantó la cara y lo miró con un odio frío. Emilio sostuvo la mirada, pero no dijo nada. No quedaba nada por decir entre ellos.
Iván intentó zafarse de los policías, pero uno lo sujetó del hombro y le habló al oído con firmeza. Iván soltó una risa corta y amarga.
—¿Así termina todo, hermano? ¿Por esto luchamos tanto?
Emilio apretó los labios. Le dieron ganas de golpearlo, de gritarle todo lo que tenía guardado. Pero se obligó a guardar silencio. No valía la pena seguir discutiendo con alguien que ya había perdido todo.
Los agentes lo empujaron hacia la patrulla. Iván se volvió una última vez hacia Emilio.
—No te creas mejor que yo. Tú también tienes las manos sucias —dijo, y desapareció dentro del auto.
Renata se acercó a Emilio. Tenía la mirada cansada, pero firme. Se detuvo a su lado, sin tocarlo, y habló con voz baja:
—La policía necesita la grabación. Saben que existe. Si la entrego, todo esto se acaba. Pero tú y yo…
No terminó la frase. El aire entre los dos era denso, lleno de preguntas sin respuesta.
Emilio miró alrededor. Los autos, los policías, las luces. Todo parecía ajeno, como si nada de eso les perteneciera ya. La familia Saldarriaga, que había dominado la ciudad por décadas, se desmoronaba ante sus ojos.
Renata se giró para irse. Emilio la detuvo suavemente del brazo.
—¿Qué vas a hacer ahora?
Ella lo miró directo y dijo:
—Todavía no lo sé. Pero tengo que decidirlo ya.
Emilio soltó su brazo, asintiendo. No intentó detenerla. Sabía que esa decisión no le correspondía a él.
Renata caminó hacia el auto de la policía y se quedó mirando el horizonte, mientras las luces seguían parpadeando sobre el asfalto. Emilio la observó en silencio, sin moverse. Sabía que todo dependía de lo que ella eligiera hacer después.