Capítulo 18 · ~4 min
El poder de la verdad
Faros de autos cruzaban a lo lejos, manchando de amarillo los charcos al borde de la carretera. El aire olía a gasolina y a tierra húmeda. Renata sentía las manos entumidas, atadas a la espalda, pero no apartó la vista de Iván ni un segundo.
Iván temblaba de rabia, con el arma fija en Emilio. Los papeles de la cesión estaban sobre el capó, a medio firmar, manchados de sudor.
—¿Vas a terminar o prefieres que me lleve un recuerdo tuyo? —escupió Iván, con voz ronca.
Emilio no respondió. Sus dedos rozaron la pluma, pero no se atrevió a moverse más. El cañón seguía apuntando, la amenaza colgando.
Renata avanzó un paso, tanteando el asfalto con los zapatos mojados. Iván giró el arma hacia ella, los ojos desorbitados.
—Ni un pasito más, Renata. ¿Te crees intocable? —soltó Iván, apretando los dientes.
—No. Pero tú tampoco eres invencible —dijo Renata sin elevar la voz.— Suelta a Emilio y te doy lo que quieres.
Iván se rió, nervioso. La risa sonó falsa, como un vidrio quebrado.
—Ya no tienes nada. Todo lo que valía está aquí —dijo, señalando la carpeta negra y el pendrive que llevaba en la mochila.
Renata bajó la vista un segundo, luego la sostuvo con fuerza.
—Te equivocas. Hay algo más. Algo que no tienes ni tendrás.
Iván la miró sin entender. Se acercó un metro, la pistola temblando ahora en dirección a su pecho.
—¿Qué más puedes ofrecerme, eh? ¿Otra mentira? ¿Un discurso de mártir? —escupió, furioso.
Renata levantó la barbilla. Habló despacio, casi en susurro:
—La grabación. No la que tienes. Hay otra. La del primer trato que me ofreciste después de la cena en la mansión, ¿te acuerdas?—
Iván tragó saliva, sin bajar el arma. Sus ojos se movieron, calculando.
—¿De qué hablas?
—Grabé todo. Tu voz, tu chantaje, tus amenazas. Y ya no está sólo conmigo. Si no salgo viva de aquí, esa grabación llega directo a la policía, a los medios, a todos —afirmó Renata, sin titubear.
Iván se quedó inmóvil. Por primera vez, bajó el arma apenas unos centímetros. Las luces de un camión iluminaron su rostro: estaba pálido, sudoroso. Emilio aprovechó y se movió un poco hacia Renata, pero Iván los detuvo con una mirada dura.
—Mientes. Dame una prueba —gruñó, dando un paso más cerca de Renata.
Renata negó con la cabeza.
—No tengo que probarte nada. Haz lo que quieras, pero si me tocas, la policía recibirá el audio. Ya no tienes el control, Iván.
Iván respiró hondo, mirando a todos lados. El arma bajó otro poco. En su cara se mezclaba la furia con el miedo. Se pasó la manga por la frente, nervioso.
—¿Quién tiene esa grabación? —susurró, apenas audible.
—Alguien que no puedes amenazar. Alguien que ya te odia más que yo —respondió Renata, mirando a Emilio.
Iván guardó silencio. Miró la carpeta negra, el pendrive, los papeles de la cesión. Todo lo que había planeado durante meses, resbalaba entre sus dedos. Emilio sostuvo la mirada de Renata, entendiendo de golpe lo que ella intentaba hacer.
El viento trajo un ruido de sirenas lejanas. Iván giró la cabeza, alarmado. Buscó la mochila, la cerró de golpe y retrocedió dos pasos, pero tropezó con una piedra y casi cae.
—¡Esto no se queda así! —gritó, levantando el arma de nuevo, pero ahora su mano temblaba mucho más.
Renata no se movió. Clavó los ojos en Iván, firme.
—Vete, Iván. Ya perdiste. Si te quedas, sólo harás más daño y no te va a servir de nada. La policía viene en camino. Sabes que no miento —dijo, la voz más baja pero decidida.
Iván dudó un segundo. Miró a Emilio, luego a Renata. El cañón bajó apenas y por un momento pareció rendirse. Pero de pronto, en un gesto desesperado, metió la mano en la mochila, sacó la carpeta negra y el pendrive, y comenzó a correr hacia el monte, lejos de la carretera.
Emilio intentó seguirlo, pero Iván disparó al aire. El disparo rebotó en el asfalto y se perdió en la noche.
Renata esperó otro disparo. No llegó. Solo vio la silueta de Iván perdiéndose entre los arbustos, cojeando tras tropezar de nuevo, dejando una mancha oscura sobre el pantalón.
Emilio corrió hacia Renata, le soltó las manos con torpeza.
—¿Estás bien? —preguntó, sin apartar los ojos del camino por donde desapareció Iván.
Renata asintió.
—Tenemos que avisar a la policía. Él tiene las pruebas, pero ya no puede usarlas contra nosotros —dijo, limpiándose la sangre seca de la muñeca.
Emilio la abrazó fuerte. Los dos miraron el monte. Las sirenas crecía, acercándose cada vez más.
Renata tomó aire y murmuró:
—Él no va a rendirse tan fácil. Pero ahora sabe que no puede ganarnos así.