Historia Abierta
Portada de Renata: La esposa que volvió
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Capítulo 17 · ~5 min

En el lugar del primer accidente

Giró el volante con fuerza y el auto derrapó unos metros antes de frenar en seco junto al arcén. Emilio bajó la ventanilla y volvió a mirar el mensaje en su celular. “Km 42, carretera vieja. Si quieres verla con vida, ven solo.” No había firma, pero no la necesitaba. Iván había usado el teléfono de Renata. Y Pilar, al teléfono, sólo alcanzó a decirle entre llantos: “Corre, no tardes. Iván la tiene.”

Contuvo la respiración antes de abrir la puerta y echar a correr, sin importarle la grava que crujía bajo sus zapatos. La noche era densa y húmeda, con el asfalto brillando bajo la única farola que todavía funcionaba. Al fondo, el letrero oxidado: “Curva peligrosa”. Era el mismo lugar. El mismo donde todo había comenzado un año atrás.

Avanzó despacio, con los hombros tensos, buscando cualquier movimiento entre los matorrales. Un motor se encendió a lo lejos. Un auto negro, igual al que Iván siempre usaba, salió de la oscuridad y se detuvo en medio del camino. La puerta trasera se abrió y, apenas un segundo después, Iván bajó arrastrando a Renata, que tenía las manos atadas y el rostro serio, incluso desafiante. Ella lo vio y asintió apenas, sin una palabra.

Iván, con la camisa desabrochada y una sonrisa torcida, llevaba un arma en la mano derecha y los papeles en la izquierda. Se acercó a Renata, le quitó el pañuelo de la boca y la empujó hacia adelante, directo hacia la luz de la farola.

—Llegaste rápido, hermano. Me alegra ver que todavía te importa tu esposa —dijo Iván, levantando el arma.

Emilio no contestó. Quiso correr hacia Renata, pero ella negó sutilmente con la cabeza, como pidiendo calma. Él apretó los puños y se detuvo en seco.

—¿Qué quieres, Iván? —preguntó Emilio, con la voz ronca.

—Lo mismo de siempre: la empresa. Y tú vas a firmar esta cesión. Aquí y ahora —dijo, mostrando los papeles—. Si no, Renata no sale viva de aquí. Tú decides.

Renata giró apenas el cuello y lo miró. Su mirada no era de miedo, sino de reto, como si le advirtiera que no tomara una decisión apresurada. Emilio sintió un escalofrío. No podía fallarles, ni a ella ni a Pilar, que seguramente ya estaba a salvo. O eso esperaba.

Iván se movió rápido, colocando a Renata justo entre él y Emilio. El arma seguía apuntando a los dos, alternando la mira. Emilio levantó las manos despacio, con las palmas abiertas.

—Estoy aquí. No traigo a nadie más. Dime dónde firmo —dijo, fingiendo una calma que no sentía.

—En el capó —ordenó Iván, lanzándole una pluma—. Pero antes, quiero escuchar que aceptas las condiciones. Nada de grabaciones, ni de trampas. Si intentas algo, Renata paga las consecuencias.

Emilio asintió. Se acercó despacio al auto, sin apartar la vista de Iván ni de Renata. El papel temblaba entre sus dedos. Vio el nombre de la empresa, los campos en blanco, el espacio para su firma. Todo parecía legal, pero sabía que firmar significaba perderlo todo. Y aun así, no dudó.

—Déjala ir primero. Cuando ella esté lejos, firmo lo que quieras —dijo Emilio, con voz firme.

Iván se rio de manera seca y negó con la cabeza.

—¿Me crees idiota? Aquí nadie se va hasta que vea la firma. ¿O quieres arriesgarte a ver morir a tu esposa por segunda vez?

Renata se adelantó, interrumpiendo.

—Iván, esto ya no es un juego. No vas a ganar nada matándonos. Tarde o temprano alguien descubrirá la verdad —dijo, sin titubear.

Iván se acercó a ella, sin dejar de apuntar el arma. Emilio contuvo el impulso de lanzarse sobre él.

—Cállate, Renata. Aquí mando yo. Y si Emilio no firma, te juro que esta vez no habrá milagros —gruñó Iván, apretando el cañón contra su costado.

Renata no se movió. Emilio vio cómo ella observaba a Iván, sin parpadear. Sintió por un instante que todo podría salirse de control en cualquier segundo.

—Hazlo, Emilio. Firma y salgamos de aquí —dijo Renata, bajando la voz, pero sin rastro de miedo.

Emilio tomó la pluma y apoyó el papel sobre el capó. Iván se acercó aún más, el arma temblando apenas en su mano. Emilio sintió el sudor corriéndole por la frente. Empezó a escribir su nombre.

Un ruido seco, como una rama partiéndose, los hizo girar a todos. Iván levantó el arma y apuntó directo al pecho de Emilio.

—¡Nadie se mueva! —gritó—. Si alguien intenta algo, disparo. ¡Lo juro!

Renata retrocedió un paso, quedando fuera de la línea de fuego. Emilio levantó de nuevo las manos, dejando caer la pluma. Iván apretó el arma con fuerza, la mirada encendida de rabia y miedo.

Por un momento, sólo se escuchó el zumbido de los autos lejanos. Emilio miró a Renata, buscando una señal. Ella apenas movió los labios, como murmurando algo que él no alcanzó a oír.

Iván volvió a gritar, más desesperado:

—¡Termina de firmar o aquí mismo se acaba todo! ¡Ahora, Emilio!

Emilio tragó saliva y, sin bajar los brazos, miró fijamente a Iván. El cañón del arma lo seguía, amenazante, mientras las luces parpadeaban sobre el asfalto mojado.

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