Capítulo 19 · ~6 min
Plataforma
La pasarela elevadora del centro era una tabla de metal de quince metros. Subía desde el piso de la cancha hasta la altura de las graderías bajas. Se manejaba desde el cuarto de control, con un control remoto de cable. Cuarenta y dos mil personas iban a verla subir.
A las ocho de la noche, el Atanasio Girardot ya estaba lleno. Ingrid caminaba por el borde de la cancha con su pase de asistente de sonido, el pelo corto y las pecas de Yesenia. Llevaba un radio de Jhonny en el oído.
—Wilmar no está en el escenario —dijo ella por el radio—. Tampoco en el camerino 1.
—Lo vieron entrar a las siete con Germán —contestó Jhonny—. Después se perdió.
—Una hora para encontrarlo. ¿Y la salida 4?
—Abierta, como pediste. Sin cadena, sin candado. El jefe de logística creyó que estabas loca.
Ingrid miró hacia la tribuna sur. La salida de emergencia 4 del estadio estaba abierta de par en par, con dos vigilantes a los lados. Era la única puerta de la noche que ella había decidido de antemano.
***
En el camerino 1, Ulises dejaba que Yesenia le pusiera polvo en la frente. Germán entró a las ocho y media, con el lapicero dorado en el bolsillo de la camisa sonriendo de oreja a oreja.
—Cambiamos la entrada, mijo. La pasarela del centro es más bonita para la televisión.
—Usted manda —dijo Ulises.
—Wilmar va a estar en control, pendiente de todo. Tú solo sube y canta.
Germán le dio una palmada en el hombro y salió. Yesenia esperó a que cerrara la puerta.
—Wilmar en control —dijo ella—. Ya avisé por el grupo.
Ulises asintió. Giró el anillo en el pulgar hasta que le dolió.
A las nueve menos cinco, lo llevaron por un túnel hasta el centro de la cancha. La pasarela esperaba en el piso, rodeada de humo blanco. El público gritaba su nombre. Elkin, desde la mesa de sonido, le levantó el pulgar de la mano buena.
Ulises puso un pie en la tabla de metal. Sintió una vibración pequeña debajo de la suela. Después oyó un clic, seco y corto, que nadie más oyó entre los gritos.
No era un sonido de máquina sana. Era como un seguro que se abría antes de tiempo.
Ulises bajó el pie. El técnico de la pasarela le hizo señas para que subiera. Ulises negó y le quitó el micrófono de la mano.
—Hoy entro caminando —le dijo—. Lo decido yo.
—Señor, el guion dice pasarela. Don Germán...
—Don Germán no canta esta noche. Yo sí.
Por el radio de Elkin, que llevaba en el bolsillo, oyó la voz de Ingrid, cortada por la estática.
—Uli, no subas.
—Ya no subí —contestó él—. Voy por el público. Búscalo tú.
***
Ingrid subió corriendo la escalera del cuarto de control al oír el grupo. Era un cubo de vidrio en la tribuna occidental, con seis técnicos frente a seis pantallas.
Todos llevaban gorra negra y chaleco de producción. Ninguno era tan grande como Wilmar. Ingrid los miró uno por uno, como miraba las caras en el parqueadero. Al fondo, uno estaba sentado más bajo que los demás, encorvado.
Tenía el pie derecho un poco abierto bajo la silla. En la muñeca izquierda, con la correa por fuera de la manga, brillaba un reloj plateado. En la mano llevaba el control remoto de la pasarela, con el pulgar sobre el botón rojo.
—Suéltelo, Wilmar —dijo Ingrid.
Wilmar se volteó. Abajo, en la pantalla, Ulises caminaba entre el público con el micrófono en alto, lejos de la pasarela. El botón rojo ya no servía para nada.
—Usted debía estar presa, señorita.
—Usted debía estar cuidándolo.
—Yo lo cuidé ocho años. Nadie me dio un seguro a mí.
—Por eso le compró claveles cada domingo en el puesto 14. Doña Hortensia le manda saludos.
Dos agentes de civil de Jhonny entraron detrás de ella. Le quitaron el control remoto a Wilmar y lo esposaron contra la mesa. Wilmar no se resistió. Miró la pantalla, donde Ulises subía al escenario por las escaleras de los músicos.
—Ochenta millones —dijo Wilmar sin que nadie le preguntara—. Don Germán me dio cuarenta en junio y el resto era para después del sábado. Yo solo tenía que asustarlo y apretar un botón.
—¿Y los pernos de la plataforma? —preguntó Ingrid.
—Esos también. Pero yo no quería que se muriera. Don Germán decía que la pasarela solo iba a temblar.
Ingrid le preguntó por el candado de La Macarena.
Wilmar bajó los ojos hacia la mesa. Tardó en contestar.
—La cadena de esa salida la puse yo, por orden de don Germán —dijo—. Si su informe seguía vivo, el que caía era yo. Colgué el candado en la reja de atrás para no olvidar quién me tenía agarrado.
***
Germán vio desde un palco que Wilmar salía esposado del cuarto de control. Bajó por la escalera de servicio sin despedirse de nadie. Caminó rápido hacia la tribuna sur, hacia la puerta que siempre había estado abierta en los conciertos de otros.
La salida de emergencia 4 estaba abierta. Al otro lado lo esperaba Jhonny con el radio en la mano, porque Ingrid lo había mandado allá desde el principio.
—Buenas noches, don Germán —dijo Jhonny—. Esta salida sí la dejamos sin candado.
Germán se detuvo. Miró la puerta, miró a Jhonny, y no intentó correr.
—Yo hice todo por ese muchacho —dijo—. Le di una vida.
—Y le sacó un seguro de cinco mil millones para cobrarla.
—Usted no entiende nada de este negocio, agente.
—No, señor. Yo solo entiendo de candados.
Jhonny le puso las esposas con cuidado, sin apretar. Le sacó el lapicero dorado del bolsillo de la camisa y lo metió en una bolsa de pruebas.
***
Ingrid bajó a la cancha a las diez y cuarto. Ulises ya iba por la mitad del concierto. Cantaba descalzo, con la camisa blanca empapada, y el estadio coreaba cada canción.
Cuando terminó la novena, Ulises pidió que bajaran las luces. Se quedó solo en el centro del escenario, con una guitarra acústica. Buscó a Ingrid entre los técnicos y la encontró junto a la mesa de Elkin.
Se acercó el micrófono. Cuarenta y dos mil personas se callaron.
—Esta canción es para la mujer que esposé... —Ulises se detuvo y se rio—. Perdón. Que me esposó.