Historia Abierta
Portada de Cuidando al que Me Hundió
  • 20 capítulos
  • 96 lecturas
  • Completada

+13

21

~5 min de lectura

Capítulo 8 · ~5 min

Firmar sin leer

El candado viejo iba dentro de una bolsa plástica, en el fondo del morral de Ingrid. Lo había cortado a las seis de la mañana del martes 27 con la misma clase de cizalla que usó en 2026. Esta vez nadie la vio.

En su lugar no puso nada todavía. La puerta trasera quedó cerrada solo con la chapa de la cocina, y la llave de esa chapa estaba en su bolsillo.

A las diez, Ulises tenía ensayo de voz en el estudio de Elkin, en Laureles. Ingrid manejaba el carro gris. Él iba en el asiento del copiloto, porque decía que atrás se mareaba.

—Hoy vamos donde Germán —dijo ella en el primer semáforo de la Avenida Las Palmas—. Le ponemos la hoja en la mesa y que explique.

—No.

—Su mánager produjo un concierto con una salida encadenada. Después hizo botar mi informe con su firma. Y el candado de esa cadena está en su casa.

—Usted no sabe si es el mismo candado.

—Tiene la misma raya. Yo no olvido una raya.

Ulises miraba por la ventana. Pasaron el túnel de árboles y la curva de los vendedores de fresas. Él no volvió a hablar hasta la glorieta de San Diego.

—Germán es como mi papá —dijo al fin—. Me sacó de un bar donde me pagaban con cerveza. Me llevó al médico cuando me dio neumonía y nunca me cobró un peso.

***

En la calle 33 había trancón. Ingrid apagó el radio. Ulises movía la rodilla sin parar.

—¿Usted sabe por qué firmé esa queja sin leer? —preguntó él.

—Porque estaba bravo y le dolía la muñeca.

—No. A los diecinueve aprendí que era más fácil. Mi papá llevaba dos años muerto y mi mamá todavía lloraba por las deudas del taxi.

Un motociclista golpeó el espejo del carro al pasar y siguió sin mirar. Ulises ni lo notó. Tenía la vista fija en el semáforo, que seguía en rojo.

—Llegó un señor de gafas y me dijo: usted canta, yo decido —siguió—. Y funcionó.

—Funcionó para él.

—Funcionó para los dos —dijo Ulises, y se volvió hacia ella—. Compré la casa de mi mamá y pagué la deuda de mi papá. Si me pongo a leer todo lo que firmé, me muero del susto.

—Y si no lee, se muere de otra cosa.

El carro de adelante avanzó. Ingrid no arrancó de una vez. Lo miró. Ulises tenía los ojos rojos y no estaba llorando, solo se aguantaba.

—Me voy del sello de Germán el lunes 9 —dijo él—. Ya firmé con otro. Es la primera decisión grande que tomo solo. No quiero que la última cosa que le diga sea que es un ladrón.

Ingrid arrancó. No contestó. Pero ese día no volvió a nombrar a Germán.

***

En el estudio, Elkin Villegas tenía los audífonos grandes en el cuello y no miraba a nadie a los ojos. Ulises cantó tres veces el coro nuevo. Ingrid se quedó junto a la puerta.

El estudio era un sótano con las paredes forradas de espuma gris y una consola llena de luces. Elkin movía los botones con una sola mano y con la otra se rascaba el cuello. Cada vez que Ulises nombraba a Germán, Elkin subía el volumen de los audífonos.

Ingrid lo anotó en la cabeza. Elkin trabajaba con Ulises desde 2015 y había escrito con él «Me fui sin decir adiós». Era uno de los dieciocho del grupo de la Feria.

Wilmar llegó a las doce, sin avisar, a recoger a Ulises para una entrevista de radio. Germán lo había mandado. Se paró en el pasillo con los brazos pegados al cuerpo y miró el celular.

Ulises lo oyó primero. Ingrid lo supo porque vio cómo él dejaba de cantar a la mitad de una palabra.

Wilmar estaba silbando, bajito, mientras escribía un mensaje. Era «Me fui sin decir adiós». La parte del puente, la que nadie silba porque es la más difícil.

—Lo hace siempre que está nervioso —le dijo Ulises a Ingrid en voz muy baja, tapando el micrófono—. Desde 2019. Y siempre se le baja el tono en la misma nota. Me da rabia.

—¿Usted oye eso?

—Yo oigo todo. Es lo único que sé hacer bien.

***

Esa noche, a las once, Ingrid salió a la ferretería del centro comercial de Las Palmas antes de que cerrara. Compró un candado nuevo, de acero, con tres llaves. Se guardó dos y le dio la tercera a Ulises en la cocina, sin explicarle nada.

—¿Y Wilmar? —preguntó él.

—Wilmar no.

Ulises se guardó la llave en el bolsillo del pecho, junto a la servilleta doblada del domingo. No preguntó más.

Ingrid puso el candado en la reja de la puerta trasera y lo cerró. Sonó con un clic seco.

Wilmar hacía la ronda de medianoche con una linterna. Ingrid lo vio venir desde la ventana de su cuarto. Él pasó por la cocina, alumbró la puerta trasera y se quedó quieto. Le dio dos tirones al candado nuevo.

Ingrid salió al pasillo. Wilmar no se volvió. Siguió alumbrando el candado, con la luz temblándole un poco en la mano.

—Este no es el candado de la casa —dijo él.

—Ahora sí lo es.

Wilmar apagó la linterna. Se volvió despacio, con la pantera del cuello medio escondida en la sombra.

—Usted no va a durar hasta el sábado de la Feria —dijo.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 5:49

Siguiente lectura