Historia Abierta
Portada de Cuidando al que Me Hundió
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Capítulo 9 · ~6 min

Ensayo general

—Si ese hombre vuelve a amenazarme, quiero que quede grabado —dijo Ingrid, y se pegó una cámara pequeña en la solapa del traje.

Wilmar no la había vuelto a mirar desde la noche del candado. El miércoles entero pasó por su lado sin verla. El jueves 29, a las cuatro de la tarde, la esperaba con una lista en la mano. Estaba en la puerta de artistas del estadio Atanasio Girardot.

—Bolsos y morrales se quedan en el camerino —dijo Wilmar—. Orden de producción. En la tarima no entra nada que no sea del show.

—Mi morral va conmigo.

—Entonces usted se queda afuera y el señor Ledezma ensaya sin usted.

—¿Y su morral también se queda en el camerino?

—Yo no cargo morral, señorita. Yo cargo radio.

Ulises le hizo una seña desde el pasillo: déjelo, no vale la pena. Ingrid dejó el morral en el camerino 3, debajo de una silla, y se llevó solo el celular y la cámara de la solapa.

***

Cuarenta técnicos gritaban por radio en el estadio vacío. En el centro de la cancha estaba la tarima, con una pasarela larga que entraba hasta la mitad del público.

En el piso de la tarima había cruces de cinta amarilla. Cada cruz marcaba dónde tenía que pararse Ulises en cada canción. La más grande estaba en el centro, para «Me fui sin decir adiós».

Elkin Villegas manejaba la pista desde una mesa al lado del escenario. Ulises cantó las dos primeras canciones. Cuando sonaron las primeras notas de la tercera, caminó hacia la cruz del centro.

Ingrid no miró a Ulises. Miró arriba. Era una costumbre de los conciertos: el peligro casi nunca estaba en la primera fila, estaba en lo que nadie revisaba.

Encima de la cruz colgaba un truss, una viga de metal llena de luces, sostenida por cadenas. Una de las cadenas se movía sola, como un columpio. Las otras tres estaban quietas.

—¡Ulises, atrás! —gritó Ingrid, y corrió.

Lo agarró de la chaqueta y lo jaló hacia ella con todo el cuerpo. Los dos cayeron sobre las tablas. Un segundo después, el truss se vino abajo sobre la cruz amarilla.

El golpe sonó en todo el estadio. Saltaron vidrios de las luces y chispas de un cable. Alguien gritó por radio que cortaran la corriente.

Elkin estaba a tres metros, junto a la escalera. Un pedazo de metal le pegó en el brazo izquierdo. Se sentó en el piso, blanco, agarrándose el codo, sin soltar los audífonos.

Ulises seguía en el suelo, con la mano de Ingrid cerrada sobre su chaqueta. Miró la cruz amarilla, aplastada bajo el metal, justo donde él tenía que estar parado.

—Usted miró para arriba —dijo él—. Nadie mira para arriba.

—Yo sí.

—¿Usted vio algo antes?

—Una sola cadena se movía. Las otras tres estaban quietas —dijo Ingrid, todavía en el suelo—. Alguien sabía que usted se para ahí en la tercera canción.

—Eso está en el guion. Lo tiene todo el equipo.

—Entonces el que la soltó es del equipo.

Ulises se sentó despacio en las tablas. Se miró las palmas raspadas y no dijo nada más.

***

La Policía llegó en veinte minutos. Germán llegó en quince. Entró por la puerta de artistas con las gafas en la mano y la cara roja.

Un patrullero pidió revisar los objetos de todo el equipo. Wilmar los llevó directo al camerino 3. Señaló la silla donde estaba el morral de Ingrid, como quien señala un carro mal parqueado.

Ingrid vio desde la puerta cómo el patrullero abría el morral. Sacó su ropa de repuesto, su licencia y la bolsa plástica con el candado viejo. Después sacó un paquete de tarjetas blancas, nuevas, amarradas con un caucho.

Eran veinte tarjetas, del mismo papel grueso de las notas. En cada una, con letras de computador, decía lo mismo: «Me fui sin decir adiós».

Debajo había un recibo arrugado. El patrullero lo leyó en voz alta: Placita de Flórez, puesto 14, dos docenas de claveles, domingo 18 de julio, 2:00 p. m.

—Eso no es mío —dijo Ingrid—. Ese morral estuvo tres horas en este camerino, y él ordenó dejarlo aquí.

Wilmar le explicó al patrullero que la orden era para todos. Agregó, sin mirarla, que ese morral era el único con un candado de la casa adentro.

—Ella estuvo a mi lado todo el ensayo —dijo Ulises desde el pasillo—. Me acaba de salvar la vida delante de cuarenta personas.

Germán se acercó al patrullero. Habló alto, para que lo oyeran los técnicos del pasillo.

—Esta mujer odia a Ulises desde hace año y medio. Lo esposó, perdió el puesto y se metió en su casa con mentiras.

El patrullero miró a Germán y después a Ingrid. Volvió a mirar el recibo.

—Ella mandó las flores —siguió Germán—. Ella es la que lo quiere muerto.

—Germán, cállese —dijo Ulises.

Nadie lo oyó. El patrullero ya le estaba pidiendo a Ingrid las manos.

Ella puso las manos adelante, sin pelear. La liga negra quedó atrapada bajo una de las esposas.

Los técnicos sacaron los celulares. Ingrid oyó el clic de las cámaras. Iba a haber otro video. Esta vez la esposada era ella.

***

A Ulises lo sentaron en una silla plástica del camerino 1. Un paramédico le revisó las manos raspadas. Alguien le dijo que a Elkin se lo llevaron a la clínica con el brazo quebrado.

Por la puerta abierta vio la patrulla salir del estadio con Ingrid atrás. Ella no miró hacia el camerino. Miraba al frente, con la espalda derecha.

Germán cerró la puerta. Arrimó otra silla y se sentó frente a Ulises, rodilla con rodilla, como cuando tenía diecinueve años y no sabía nada de contratos.

—Te salvaste de milagro, mijo —dijo Germán, con la voz más suave del mundo—. Y la culpable ya va para la URI. Ahora déjame cuidarte a mi manera.

Sacó del maletín una hoja doblada en tres. La desdobló sobre la rodilla de Ulises y le puso encima un lapicero dorado.

—¿Qué es eso? —preguntó Ulises.

—Lo de siempre. Un permiso para contratar más escoltas y un seguro nuevo para el show. Lo necesito firmado hoy.

—Ella no fue, Germán. La vi correr hacia mí.

—La viste correr hacia las cámaras, mijo. Igual que en La Macarena.

—Firma esto —dijo Germán— y te pongo seguridad de verdad.

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