Historia Abierta
Portada de Cuidando al que Me Hundió
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Capítulo 10 · ~5 min

Libre a medias

A la una y media de la madrugada, la hoja de Germán seguía sin firmar en el bolsillo de Ulises. El lapicero dorado se había quedado en el camerino, encima de la silla.

—No firmo nada esta noche —le había dicho a Germán en el estadio—. Mañana lo leo con calma.

—Tú nunca lees nada, mijo. Por eso estás vivo y famoso.

—Pues ya ve. Hoy casi me muero leyendo el guion de otro.

Germán se había ido con la cara roja. Ulises se quedó sentado en el camerino una hora más, con la hoja en la rodilla. La leyó dos veces. No entendió la mitad. Pero entendió una palabra en el título: seguro.

A la una y cuarenta llamó un taxi. No avisó a Wilmar. Le dio al conductor la dirección de la URI de Carabobo, donde la Fiscalía tenía a los detenidos de la noche.

***

La sala de espera de la URI olía a café quemado y a cloro. Ingrid llevaba seis horas sentada en una banca de metal, sin esposas, sin celular y sin la liga, que se la quitaron con el cinturón. Se rascaba la muñeca vacía sin darse cuenta.

A las dos menos diez se abrió la reja del fondo. Entró Jhonny Agudelo, de chaqueta de cuero café, con el bigote despeinado y un pito plateado colgando del llavero. Traía un computador portátil bajo el brazo.

—Te ves horrible —dijo Jhonny.

—Gracias. Tú también.

—Me llamó tu cantante a las once. No sé cómo consiguió mi número. —Jhonny abrió el portátil en la banca—. Dijo que yo era el único policía al que tú no le colgabas.

—Le colgué la semana pasada.

—Él no sabe eso. Mira.

En la pantalla había un video en blanco y negro. Era la entrada del parqueadero de la calle 49. Arriba, en la esquina, decía: domingo 18 de julio, 1:52 p. m.

Ingrid se vio a sí misma en la caseta, de chaleco reflectivo, cobrando un carro. Se acordó al instante. Ese domingo había cubierto el turno de día de un compañero enfermo. Eran doce horas, de diez de la mañana a diez de la noche.

—El recibo de las flores dice dos de la tarde en la Placita de Flórez —dijo Jhonny—. Tú estabas a veinte cuadras, cobrando cuatro mil pesos a un taxi. Y el video sigue así hasta las diez de la noche, sin que salgas de la caseta.

La cámara de la solapa también sirvió. Jhonny la pidió en la URI: en las cuatro horas de ensayo, Ingrid nunca volvió al camerino 3, donde había dejado el morral.

—¿Con eso salgo?

—Con eso sales. Pero el caso sigue abierto. Las tarjetas estaban en tu morral, y eso no lo borra nadie.

Un guardia se acercó con una bolsa plástica. Adentro estaban el cinturón, el celular y la liga negra. Ingrid se puso la liga primero.

Firmó la salida en una planilla de papel, con la letra torcida de cansancio. El guardia le advirtió que no podía salir de Medellín mientras siguiera la investigación.

—Ahora sí tienes tu razón oficial —le dijo Ingrid a Jhonny—. Alguien me sembró pruebas. Busca el informe de La Macarena.

Jhonny cerró el portátil y se rascó el bigote con el pulgar.

—Lo pido el lunes. Pero si lo sacaron una vez, lo pueden volver a sacar. No le cuentes a nadie que lo estoy buscando.

—¿Ni a Ulises?

—A Ulises menos. Su firma es la que está en esa queja.

Ingrid no le contestó. Se metió el celular al bolsillo y caminó hacia la reja.

***

Ulises la esperaba afuera, en el carro gris, que había mandado a recoger al estadio. Tenía la gorra puesta y el motor apagado. Eran las 2:20 de la madrugada del viernes 30. En el centro de la ciudad ya colgaban las banderas de la Feria de las Flores.

Por la avenida pasó una chiva llena de gente que cantaba. Llevaba silletas de cartón amarradas al techo y una botella de aguardiente que pasaba de mano en mano.

Ingrid se subió al puesto del conductor. No arrancó.

—Gracias por llamar a Jhonny —dijo ella—. Ahora busque a otra persona.

—No.

—Me esposaron delante de cuarenta técnicos, Ulises. Mañana voy a estar en todas las páginas de chismes. Y el que puso esas tarjetas en mi morral sigue en su casa.

—Por eso mismo. —Ulises sacó la hoja del bolsillo—. Germán quería que firmara esto esta noche. Con usted presa y yo temblando.

—¿Y lo firmó?

—Lo leí. Dos veces. No lo firmé.

Ingrid encendió la luz de adentro del carro. Desdobló la hoja sobre el timón. Era un formulario de una aseguradora, con el logo de Bedoya Entretenimiento arriba. El título decía: «Renovación de póliza de persona clave».

Abajo, en letra pequeña, había fechas, cifras y una casilla para la firma del asegurado. Ingrid no entendió las cifras. Entendió que alguien quería asegurar la vida de Ulises por más tiempo, y que lo quería con prisa.

Se quedó mirando la hoja. Después miró a Ulises, que esperaba sin moverse.

—Hasta el sábado 7 —dijo Ingrid—. Hasta que se apague la última luz del estadio. Después me voy.

—Hecho —dijo él.

Esta vez ella casi se rio. Puso la mano en la llave para encender el carro.

Unos nudillos golpearon el vidrio de su ventana. Ingrid se volvió con la mano en el cinturón.

Era Elkin Villegas, con los audífonos en el cuello y el brazo izquierdo en un cabestrillo azul. Tenía la cara pálida y los lentes torcidos. Se agachó hasta la ventana.

—Ulises no sabe lo del seguro —dijo Elkin a través del vidrio—. Y yo sí.

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