Historia Abierta
Portada de Cuidando al que Me Hundió
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Capítulo 11 · ~5 min

Cinco mil millones

Elkin se subió al puesto de atrás del carro gris con cuidado, sosteniendo el cabestrillo con la mano buena. Olía a hospital y a cigarrillo. Ingrid cerró los seguros y movió el espejo para verle la cara.

—Aquí no —dijo Elkin—. Aquí afuera hay cámaras de la Fiscalía.

Ingrid arrancó. Manejó por la avenida Oriental hasta una panadería de veinticuatro horas en Prado, donde solo había un vigilante dormido y dos taxistas comiendo pandequeso. Parqueó lejos de la luz, con la trompa hacia la salida, como le enseñaron en la escuela de policía.

Ulises se volteó en el asiento del copiloto. Llevaba la gorra en la mano.

—¿Qué seguro, Elkin?

—El de persona clave. Lo sacó Bedoya Entretenimiento en 2022, cuando renovaste. Si te mueres, la empresa cobra.

—¿Cuánto?

—Cinco mil millones. —Elkin miró por la ventana—. Y vence a la medianoche del domingo 8, cuando arranca el lunes 9, igual que tu contrato.

Nadie habló. Uno de los taxistas se rio de algo en la panadería. Ingrid sacó la hoja de Germán de la guantera y la puso a la luz del celular.

—Esto no es una renovación de nada —dijo ella—. Es una extensión hasta diciembre. Si él la firma, la empresa sigue cobrando después del lunes.

—Por eso Germán la quería esta noche —dijo Elkin—. Con Ulises asustado y usted presa.

***

Elkin pidió un tinto y no se lo tomó. Habló mirando el vaso, en frases cortas, como quien reconoce un error en una pista.

En 2022 él estaba en la oficina de Germán cuando llegó el asesor de la aseguradora. Vio la póliza sobre el escritorio. Germán le dijo que era normal, que todas las disqueras aseguraban a sus artistas. Elkin lo creyó.

Después vino el Festival Montaña, en noviembre de 2025. Llovió tres días seguidos y no llegó ni la mitad del público. Bedoya Entretenimiento perdió plata con los proveedores, el estadio y la banda. Elkin supo de las deudas porque a él también le quedaron debiendo.

—¿Cuánto debe Germán? —preguntó Ingrid.

—Tres mil doscientos millones. Los bancos ya no le prestan.

Elkin se tocó el brazo roto. El cabestrillo crujió.

—Hace un mes me dijo que la empresa se salvaba de una sola manera. Yo pensé que hablaba de que Ulises renovara.

—¿Y lo de la queja?

—Yo iba en el carro esa noche, saliendo de la clínica. Germán te puso el papel en las piernas y firmaste con la muñeca hinchada. Vi que eran dos hojas, Uli, y no dije nada.

Ulises se quedó quieto.

—¿Por qué no me dijiste?

—Porque Germán me paga las regalías de tus discos. Si tú te vas, yo pierdo la mitad de lo que gano.

Elkin levantó por fin los ojos del vaso. Tenía los lentes empañados.

—Tuve miedo, Uli. Y también me convenía callarme.

Ingrid anotó la cifra en el reverso de la hoja. Debajo escribió dos nombres. Germán, que necesitaba la plata. Elkin, que también ganaba si Ulises se quedaba en Bedoya.

Elkin vio la lista por encima del asiento. No protestó.

—Póngame ahí —dijo—. Me lo merezco. Pero ese truss me cayó a mí.

***

Dejaron a Elkin en su casa de Laureles a las cuatro de la madrugada. Ingrid no volvió a Las Palmas por la vía de siempre. Dio dos vueltas por Envigado, revisando el espejo cada cuadra, y entró por la reja de atrás cuando ya clareaba.

El viernes 30 se le fue en dormir tres horas y en hacer llamadas. El sábado 31 se fue en papeles. Se encerró en su cuarto con la carpeta de Dora, la póliza y el calendario de la Feria. Pegó los papeles con cinta de enmascarar.

Desde la ventana veía el patio de atrás y la puerta con el candado nuevo. Wilmar pasó dos veces frente a esa puerta en la mañana. Las dos veces se detuvo a mirarla, y las dos veces siguió sin silbar.

Antes miraba las amenazas como sustos. Flores, notas, fotos para que Ulises se asustara y cancelara. Pero el truss no era un susto. Si caía dos segundos antes, Ulises no se levantaba.

Ya no buscaba a alguien que quería asustarlo. Buscaba a alguien que lo necesitaba muerto antes de la medianoche del domingo 8. Le quedaban nueve días.

A las cuatro de la tarde, Ulises tocó la puerta. Traía dos tazas de chocolate y una arepa con queso en un plato de peltre.

—Mi mamá dice que nadie piensa bien con hambre —dijo él.

—Su mamá tiene razón en casi todo.

Ulises miró la pared. Se detuvo frente al nombre de Germán, escrito en marcador rojo, encerrado en un círculo. Lo tocó con el dedo.

—Él me dio la primera oportunidad cuando nadie me conocía —dijo—. Me compró la primera guitarra buena. Me llevó al médico cuando me quedé sin voz en 2014.

—También le escondió una página y aseguró su vida por cinco mil millones.

—Ya sé. —Ulises dejó la taza en el escritorio—. Por eso voy a hablar con él.

—¿Con Jhonny? ¿Con un abogado?

—Solo. Mañana. —Se puso la gorra y caminó hacia la puerta—. A mi manera.

Ingrid se levantó tan rápido que la silla cayó al piso. Ulises ya estaba en el pasillo, tarareando una canción vieja con la voz rota. Ingrid recogió la silla y llamó a Jhonny. Le contestó el buzón de voz. Colgó sin dejar mensaje y se quedó mirando el círculo rojo de la pared.

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