Historia Abierta
Portada de Cuidando al que Me Hundió
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Capítulo 12 · ~5 min

Terraza en Las Palmas

Germán no estaba en Medellín. Pasaba el domingo en su finca de Rionegro, con su esposa y sin señal. Le contestó a Ulises con un mensaje de voz a las nueve de la mañana.

«Mañana a las diez, mijo, en la oficina. Me alegra que quieras hablar».

Ulises puso el mensaje dos veces en la cocina, con el celular sobre el mesón. Ingrid lo escuchó desde la puerta, con el pelo mojado.

—Le alegra —dijo ella—. Usted le dice que quiere hablar y él se alegra.

—Germán siempre se alegra cuando lo llamo. Es su forma de mandar.

—Entonces no vaya.

—Tengo que ir. Si no voy, sabe que sé algo.

Sara entró en pijama, con un pan en la boca. Anunció que iba a almorzar con sus amigas en el Parque Lleras. Ingrid le pidió que llevara a uno de los escoltas. Sara puso los ojos en blanco, pero aceptó al más joven, un muchacho de Bello que se llamaba Brayan.

Ingrid lo llevó aparte en el garaje. Le dio tres reglas: mesa contra la pared, mirar las manos de la gente y avisarle si alguien tomaba fotos. Brayan dijo que sí a todo, mascando chicle. Ella le quitó el chicle con una servilleta.

***

La terraza de la casa daba a la montaña. Tenía tres materas de geranios que Dora había mandado en abril y una mesa de hierro con cuatro sillas que nadie usaba. Desde allí se veían las luces de El Poblado y, más abajo, el centro de la ciudad, donde la Feria sonaba con papayeras hasta tarde.

A las siete de la noche, Ingrid subió a buscar a Ulises para revisar las cámaras. Lo encontró sentado en el suelo, con la espalda contra la baranda y una guitarra acústica en las piernas. No tocaba.

—Tenemos que hablar de mañana —dijo ella.

—Primero quiero hablar de 2026. —Ulises dejó la guitarra a un lado—. Siéntese, por favor.

Ingrid no se sentó. Se recostó en la baranda, a un metro de él, con los brazos apoyados en el metal frío.

—Perdóneme —dijo Ulises—. No por firmar sin leer, que eso ya lo sabe. Por empujarla esa noche, por gritarle delante de todos. Usted estaba salvando a mi gente y yo estaba pensando en salir rápido.

Ingrid miró las luces. Abajo estalló un volador verde.

—Me quitaron ocho meses de sueldo —dijo—. Mi mamá vive en Popayán y yo le mandaba la mitad de lo que ganaba. Durante la suspensión le mandé lo que me prestaron.

—No sabía.

—Nadie sabe. En la escuela me decían que la placa era para cuidar a los que no tienen a nadie. Como mi papá, cuando lo robaron en un bus.

Se tiró de la liga hasta que le dejó una marca roja en la piel.

—Y yo la perdí por cortar una cadena.

Ulises se levantó despacio. Quedó a su lado, con las manos en la baranda.

—Tu informe va a salir —dijo—. Aunque tenga que leerme todos los papeles de esta casa.

Ella notó el tú antes que él. Se volteó a mirarlo. Ulises se quedó quieto, sorprendido de su propia boca.

Ingrid lo besó primero. Fue corto. Él le puso una mano en la nuca, con cuidado. Abajo seguían los voladores y las papayeras.

Cuando se separaron, Ulises se rio bajito contra su frente.

—¿Esto también lo vas a anotar?

—Cállate, Ulises.

Era la primera vez que ella lo tuteaba. A los dos les gustó cómo sonaba.

***

A las nueve y cuarenta, Ingrid bajó al cuarto de las cámaras. Iba con dos horas de retraso. Nunca había llegado tarde a una revisión, ni en la policía ni en el parqueadero.

Revisó las grabaciones del día con la clave normal de la nota amarilla. No había nada raro. La reja, el patio, la puerta del candado nuevo, Wilmar fumando en el garaje a las seis. Pero las dos horas que ella pasó en la terraza ya no tenían arreglo.

Ulises se sentó a su lado en otra silla. Traía la hoja de la póliza.

—Ya sé cómo hacer lo de mañana —dijo—. Le voy a decir a Germán que lo pensé mejor, que quiero renovar.

—¿Mentirle?

—Él me mintió diecisiete meses. Si cree que renuevo, se relaja y habla. A lo mejor menciona el seguro.

Ingrid lo pensó. Era un buen plan, con un solo problema: dependía de que Ulises supiera mentir a la persona que lo había criado en la música.

—Vas con un audio grabando en el bolsillo —dijo ella—. Yo voy en el carro, abajo de la oficina. Si dices la palabra Feria dos veces, subo.

—Hecho.

—Y no firmas nada.

—Ni una servilleta.

Ingrid estaba anotando la hora del encuentro cuando oyó los pasos de Sara en la escalera. Sara bajaba corriendo, descalza, con el celular en la mano y Brayan detrás.

Le mostró la pantalla sin decir una palabra. Era una foto de Sara en el Parque Lleras, esa misma tarde, riéndose en una mesa con sus amigas. Tenía la camiseta verde que todavía llevaba puesta.

Brayan se quedó en el último escalón, pálido.

—No vi a nadie raro, señora. Se lo juro.

—La tomaron de lejos —dijo Ingrid, agrandando la imagen—. Desde la otra acera.

Encima de la cara de Sara, alguien había dibujado un clavel negro con el dedo.

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