Historia Abierta
Portada de Cuidando al que Me Hundió
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Capítulo 13 · ~5 min

Trato falso

A las seis de la mañana del lunes 2, Ingrid llamó a Jhonny desde su cuarto. Cerró la puerta y dejó la ducha abierta para tapar la voz. Jhonny contestó al tercer timbre, comiendo algo.

—Pedí el informe de La Macarena —dijo él—. Me lo niegan hasta que haya un caso abierto con tu nombre de víctima, no de sospechosa.

—Entonces ayúdame a abrir ese caso.

—Necesito al saboteador con las manos en algo. No con flores. Con algo grande.

Ingrid miró el calendario pegado en la pared. El sábado 7 estaba encerrado en un círculo rojo.

—El concierto —dijo—. Ulises entra a las nueve por una plataforma desde debajo del escenario. Si el que lo quiere muerto intenta algo, será ahí.

—Lo usamos de carnada. Yo pongo dos agentes de civil cerca de la plataforma y tú lo cuidas desde arriba.

Pensó en Ulises la noche anterior, en la terraza, prometiendo leer todos los papeles.

—Si lo usamos de carnada, yo recupero mi nombre —dijo—. Y él llega vivo, Jhonny. Eso no se negocia.

—Entonces no le cuentes. Si sabe, se va a poner nervioso, y Germán lo va a notar.

—No le cuento.

Colgó. Cerró la ducha. El cuarto quedó tan callado que oyó el zumbido de la nevera al otro lado de la pared.

***

Ulises bajó a desayunar a las ocho, con una camisa blanca que su mamá le había planchado para las reuniones importantes. Al pasar frente al cuarto de Ingrid, vio salir a Wilmar con un destornillador en la mano.

—Buenos días, señor Ledezma. Estaba revisando un enchufe que chispeaba. La señorita Cerón ya salió a sacar el carro.

—¿Usted arregla enchufes, Wilmar?

—Yo arreglo lo que haga falta en esta casa, señor.

Wilmar se guardó el destornillador en el bolsillo de atrás y bajó la escalera. Ulises lo vio irse. Después se olvidó del asunto, porque Yesenia le gritó desde la cocina que la camisa blanca le quedaba de matrimonio.

—Voy a pedir que me renueven, no que me casen —dijo él.

—Con Germán es lo mismo, papito. Es para toda la vida.

***

Ingrid lo llevó en el carro gris por la avenida Las Palmas, bajando entre buses de turistas y camiones de flores. Iba callada, más que de costumbre. Dos veces abrió la boca para decir algo y las dos veces la cerró para cambiar de carril.

Ulises lo notó. Pensó que era por el beso, o por la foto de Sara, que esa mañana seguía en el celular de todos. Prefirió no preguntar. En la terraza le había costado mucho que ella hablara, y no quería gastar eso en un semáforo.

Ingrid parqueó en el sótano del edificio y apagó el motor. Le revisó el celular para comprobar que la grabadora funcionaba. Le acomodó el cuello de la camisa con dos dedos.

—La palabra es Feria —dijo ella—. Dos veces.

—Dos veces. Anotado.

La oficina de Bedoya Entretenimiento ocupaba el piso doce de un edificio de vidrio en la milla de oro. Tenía discos de platino en las paredes, una cafetera italiana y una ventana que daba al río.

Germán lo abrazó en la puerta. Olía a la misma loción de siempre, de madera y limón, la que usaba desde 2011. Le sirvió un café con las manos, sin llamar a la secretaria, como hacía en los primeros años.

Ulises tenía el celular grabando en el bolsillo de la camisa. Se sentó, giró el anillo dos veces y dijo lo que había ensayado con Ingrid.

—Lo pensé mejor. No quiero irme con Altavoz. Quiero seguir con usted.

Germán se quedó con la taza en el aire. Después la puso en la mesa, muy despacio, y se le humedecieron los ojos.

—¿Sabes de dónde te saqué, mijo? De un bar de Carlos E. Restrepo donde te pagaban con cerveza y empanadas, con diecinueve años y un solo zapato bueno.

—Me acuerdo.

—Yo tampoco tenía nada. Hipotequé la casa de Patricia para grabarte el primer disco.

Germán se pasó la mano por la cara. Le temblaba un poco la barbilla.

—Si te vas, esta empresa se hunde. Y no me importa la empresa. Me importa que se hunda lo que hicimos juntos.

Durante un rato, Ulises le creyó todo. Vio al hombre que le llevó sopa cuando perdió la voz en 2014. Tuvo ganas de contarle lo del truss, la póliza y la segunda página. Quería que Germán le dijera que todo era un error.

No le contó nada. Esperó a que Germán mencionara el seguro.

Germán habló de la gira por México, de un dueto con una cantante argentina y de la Feria. Habló durante cuarenta minutos. No dijo la palabra seguro ni una sola vez.

Ulises tampoco dijo Feria. Mientras Germán hablaba, se fijó en una carpeta azul abierta sobre el escritorio, con el logo de una aseguradora. Tenía una hoja amarilla adentro, llena de cifras. Germán la cerró sin prisa cuando vio adónde miraba.

—Mándame el contrato nuevo —dijo Ulises al final—. Lo leo con mi abogado y lo firmamos antes del lunes.

—¿Con tu abogado?

—Ahora leo todo, Germán. Me enseñó una amiga.

Germán sonrió de lado. Lo acompañó hasta el ascensor con la mano en su hombro, como siempre.

Cuando se abrieron las puertas, Germán le dio una palmada en la espalda y se acercó a su oído.

—Pregúntale a tu escolta qué piensa hacer contigo el sábado.

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