Historia Abierta
Portada de Cuidando al que Me Hundió
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Capítulo 14 · ~5 min

Carnada

Ulises no le hizo la pregunta. Pasó la tarde del lunes en el estudio de Elkin y la noche en su cuarto, con la puerta cerrada y la guitarra sin afinar. Cuando Ingrid tocó a las once, él respondió que estaba cansado.

Ella se quedó un momento frente a la puerta. Después bajó a revisar las cámaras sola.

El martes 3, a las once de la mañana, la camioneta negra de Germán entró por la reja sin avisar. Germán bajó con un parlante pequeño en la mano y pidió a Wilmar que reuniera a todo el equipo en la sala.

Llegaron los seis escoltas, Yesenia con su caja de maquillaje, Sara en sudadera y Elkin con el cabestrillo. Ingrid entró de última, desde el patio, con el morral al hombro.

—¿Qué es esto, Germán? —preguntó Ulises desde la escalera.

—Esto es lo que tu escolta piensa de ti, mijo. Lo grabó Wilmar ayer, en su cuarto, a las seis de la mañana.

A Ingrid se le enfriaron las manos. Miró el enchufe imaginario de su cuarto en la memoria, el destornillador de Wilmar, la ducha abierta.

Germán puso el parlante sobre la mesa de centro y apretó un botón.

La voz de Jhonny sonó primero, metálica: «Lo usamos de carnada». Después vino la de Ingrid, clara, sin la ducha de fondo. Alguien había limpiado el ruido: «Si lo usamos de carnada, yo recupero mi nombre».

El audio terminaba ahí. Faltaba lo demás.

Ingrid se volvió hacia Wilmar, que estaba junto a la chimenea con las manos cruzadas sobre la hebilla.

—¿Dónde está el resto, Wilmar?

—Yo grabo lo que hay, señorita. No invento ni corto.

—Entonces muéstrele a todos el archivo completo. Con la hora.

—El archivo es de la empresa. Se lo entregué a don Germán el lunes temprano, antes de la reunión.

***

Nadie se movió. Yesenia dejó de masticar el chicle. Sara miró a Ingrid con la boca abierta.

—Falta un pedazo —dijo Ingrid—. Dije que él llegaba vivo, que eso no se negociaba.

—Yo solo oigo lo que dijiste —contestó Germán—. Que mi artista es tu carnada para limpiar tu nombre.

—Ulises, escúchame. Jhonny iba a poner agentes de civil cerca de la plataforma. Era para atrapar al que tumbó el truss.

—¿Y por qué no me lo contaste?

Ingrid abrió la boca. No tenía una respuesta buena. La verdad era que había decidido sola, como siempre, porque contar las cosas le parecía más peligroso que callarlas.

—Porque te ibas a poner nervioso —dijo al fin.

—Me ibas a parar encima de una plataforma sabiendo que alguien me quería matar. Y no me lo ibas a decir.

—Te iba a cuidar desde arriba.

Ulises bajó los últimos escalones. Tenía los puños cerrados.

—Ayer, en el ascensor, Germán me dijo que te preguntara qué ibas a hacer conmigo el sábado. No te pregunté porque te creía. —Se detuvo frente a ella—. Ya no necesito preguntar.

***

Elkin intentó hablar. Germán lo calló con una mirada, y Elkin bajó la cabeza hacia el cabestrillo. Sara se acercó a su hermano y le tomó el brazo.

—Uli, espera. Ella me puso un escolta el domingo. Ella no...

—Sara, por favor.

La sala olía al café que nadie se había tomado. Afuera, en la vía Las Palmas, pasó una chiva con música de banda. Los seis escoltas miraban a Wilmar, no a Ulises, esperando la orden. Ingrid se dio cuenta de que eso llevaba años así y que ella apenas lo estaba viendo.

Germán sacó del maletín un sobre de manila y se lo entregó a Wilmar. Dentro estaban el plan de seguridad del concierto, las llaves del estadio y los pases de acceso.

—Desde hoy, Wilmar queda al mando de todo —dijo Germán—. Ella sale de esta casa en una hora. Sin pago, porque el trato era llegar vivo al sábado, y no lo va a cumplir.

Ingrid miró a Ulises. Esperó que dijera algo, que defendiera la terraza, el sancocho, el truss. Él miraba el piso.

Subió a su cuarto. Empacó en doce minutos, como en la escuela de policía.

Revisó el enchufe de la pared con la uña. Tenía un tornillo nuevo, más brillante que los otros, y detrás no había nada. Wilmar ya se había llevado el micrófono.

Dejó sobre la cama la llave del candado de la puerta trasera. Se llevó la foto y la nota del día 19, la carpeta de Dora y el candado viejo en su bolsa plástica.

En la escalera se cruzó con Yesenia, que tenía los ojos rojos y el delineador corrido. Yesenia le metió un papelito doblado en el bolsillo de la chaqueta.

—Mi número, mi amor. Por si necesitas ojos aquí adentro.

—Gracias, Yesenia.

—No me agradezcas. Ese viejo me cae mal desde 2022.

Cuando bajó, Wilmar la esperaba en la puerta con las llaves del carro gris. Se las quitó de la mano sin decir una palabra. Ella no apartó los ojos hasta que él silbó dos notas, desafinadas, y se apartó.

Ulises seguía en la sala, de espaldas, frente a la ventana. Ingrid se detuvo en el umbral con el morral al hombro.

—No vayas a subir a esa plataforma —le dijo—. Con o sin mí.

—Ya no es tu problema.

—Ulises.

Él no se volteó. Habló hacia el vidrio, con la voz quieta.

—Tranquila, que esta vez yo respondo por mí.

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