Historia Abierta
Portada de Cuidando al que Me Hundió
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Capítulo 15 · ~5 min

Fuera del equipo

El apartamento de Ingrid en Buenos Aires tenía dos cuartos, una ventana hacia la quebrada y una nevera que sonaba como un tractor. Llevaba quince días sin pisarlo. Encontró una mata de sábila muerta y tres recibos de servicios debajo de la puerta.

Durmió hasta las nueve del miércoles 4. Se despertó vestida, con los zapatos puestos.

A las diez llegó Jhonny con dos cafés y una bolsa de buñuelos. Se sentó en el único sofá, que tenía un resorte suelto, y se demoró en hablar.

—Me llamó el capitán anoche —dijo al fin—. Alguien le mandó el audio. Dice que estoy armando operativos por mi cuenta con una expolicía sospechosa.

—¿Te sacaron del caso?

—Nunca estuve en el caso, Ingrid. Ese es el problema. —Jhonny partió un buñuelo en dos—. Si pido el informe otra vez, me trasladan a Urabá.

—Entonces no lo pidas.

—No te estoy dejando sola. Te estoy diciendo que esta semana no tengo placa para ti.

Ingrid miró la quebrada por la ventana. Pensó en Lasso, el sargento que firmó su informe en 2026. Él también le dijo algo parecido, con otras palabras, el día que la suspendieron.

—Entendido —dijo ella.

—No me digas anotado. Dime qué vas a hacer, que te conozco.

—Voy a dormir, Jhonny. Y después voy a pensar sola, que es lo único que sé hacer bien.

***

En Las Palmas, Wilmar ocupó el cuarto de las cámaras a las ocho de la mañana. Cambió la clave normal y quitó la nota amarilla de debajo del teclado. A las nueve reunió a los escoltas en el garaje y les repartió los turnos del sábado.

Ulises lo vio desde la cocina, con el café frío entre las manos. Germán le había pedido una sola cosa: que dejara trabajar a Wilmar sin meterse.

—Usted manda, Wilmar —le dijo cuando entró—. Rutas, horarios, estadio. Todo.

—Gracias, señor Ledezma. No se va a arrepentir.

A las once, Sara bajó llorando, apretando el celular. Tenía una nota de voz de un número desconocido. Ulises la puso en el altavoz.

Era una voz metálica, como de robot, que hablaba despacio: «El sábado se apagan las luces, Sarita. Y tu hermano no vuelve a casa». Debajo había un ruido de fondo, un zumbido raro que Ulises no alcanzó a separar.

Wilmar le pidió el celular a Sara. Dijo que lo iba a revisar con un técnico de la empresa. Sara no se lo dio.

—Sara, dale el celular —dijo Ulises—. Wilmar sabe de esas cosas.

—¿Y por qué él sabe tanto de voces de robot?

—Porque es su trabajo, Sarita.

—Su trabajo era cuidarte. Y el truss te cayó encima igual.

—Este me lo quedo yo —dijo Sara—. Ya me quitaron a la única persona que me cuidaba de verdad.

Ulises no le contestó. Subió a su cuarto y se acostó vestido, con la nota de voz sonando en la cabeza y el zumbido metido en el oído.

***

A las ocho de la noche, el celular de Ingrid vibró sobre el mesón de la cocina. Era Sara, desde el baño de la casa, con el agua corriendo.

—Me mandaron una nota de voz horrible —dijo Sara—. Te la reenvío. Uli no sabe que te estoy llamando.

—¿Wilmar la escuchó?

—Quería quedarse con mi celular. No lo dejé.

—Bien hecho. No se lo prestes a nadie.

—¿Tú vas a volver?

—Tu hermano me echó, Sara. Delante de todos.

—Mi hermano está asustado y se pone bruto. Siempre ha sido así, desde que se murió mi papá.

Ingrid escuchó la nota cuatro veces con audífonos. La voz estaba distorsionada con un programa barato. El zumbido de fondo le molestaba, pero no supo qué era. Ulises lo habría sabido en un segundo, pensó, y ya no podía preguntarle.

Abrió un cuaderno en la mesa. Escribió todo lo que tenía. Wilmar recogió las flores muertas en el lanzamiento. Wilmar mandó el morral al camerino 3. Wilmar puso el micrófono en el enchufe. Pero ninguna de esas cosas probaba nada ante un fiscal.

Debajo escribió el nombre de Germán y lo unió con una línea a Wilmar. Encima de la línea puso un signo de pesos. Era lo más importante y lo único que no podía demostrar.

También escribió el nombre de Ulises. No lo unió con nada. Lo miró un rato largo, con el lapicero quieto, y pasó la página.

Faltaba el comienzo. Las flores. Alguien las compraba cada semana, y el recibo de su morral decía Placita de Flórez, puesto 14, domingo 18 de julio. La policía se quedó con el papel. Ella se acordaba de cada palabra.

—Entonces empiezo por ahí —dijo en voz alta, sola en la cocina.

Se tomó el café de la mañana, ya frío. Iba a dormirse cuando el celular vibró otra vez.

Era Yesenia. Le mandaba un video corto de sus redes, una historia vieja del domingo 25 de julio. En primer plano, Yesenia se maquillaba en el garaje de Las Palmas y le hablaba a la cámara de un delineador nuevo.

Debajo del video había un mensaje: «Mira el fondo, mi amor, segundo 12».

—¿Qué hay en el segundo 12? —le escribió Ingrid.

—Míralo tú, que eres la de la memoria para las caras —contestó Yesenia, con tres corazones.

Ingrid adelantó hasta el segundo 12. Detrás del hombro de Yesenia, un hombre grande, de espaldas y con chaqueta negra, cargaba un ramo de claveles hacia la camioneta de seguridad.

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