Historia Abierta
Portada de Cuidando al que Me Hundió
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Capítulo 16 · ~5 min

Placita de Flórez

Ingrid vio el segundo 12 del video cuarenta veces antes de dormirse. El hombre no mostraba la cara. Pero caminaba con el pie derecho un poco abierto. Llevaba un reloj plateado en la muñeca izquierda, con la correa por fuera de la manga.

Ella había visto esa forma de caminar todos los días durante dos semanas. La había visto alejarse silbando bajito en la casa de Las Palmas, detrás de Germán.

El jueves 5, a las siete de la mañana, se bajó del metro en la estación San Antonio y caminó hasta la Placita de Flórez. Llevaba gorra, gafas oscuras y el pelo recogido debajo. Nadie la reconoció en el camino, aunque su cara seguía en las páginas de chismes.

***

La placita olía a tierra mojada, a guayaba y a flores recién cortadas. Los puestos de flores estaban al fondo, después de las frutas, en dos filas de baldes de colores. Había claveles, rosas, girasoles y astromelias para los silleteros de la Feria.

El puesto 14 era el más pequeño. Detrás del mostrador estaba una mujer de unos setenta años, con delantal azul y un radio encendido en una emisora de tangos. Tenía las uñas verdes de cortar tallos.

—¿Doña Hortensia?

—La misma, mija. ¿Qué le doy? Hoy tengo claveles de Santa Elena, bien bonitos.

—Le quiero mostrar algo, si me regala un minuto.

Ingrid le puso el celular en el mostrador y le mostró el video de Yesenia en el segundo 12. Doña Hortensia se acercó la pantalla a la cara, con los lentes bajos.

—Ah, ese es el señor de los domingos. El grandote del reloj.

Le devolvió el celular y se limpió las manos en el delantal.

En el radio terminó un tango y empezó otro. Doña Hortensia le bajó el volumen con la uña verde.

—¿Viene seguido?

—Cada domingo, desde junio. Dos docenas de claveles rojos.

La señora miró a los lados antes de seguir.

—Y una vez me dijo una cosa rara. Que no se los envolviera en agua, que los quería para que se secaran.

—¿Le dijo para qué?

—Para una tumba, dijo. Pero nadie quiere flores muertas en una tumba, mija.

***

Doña Hortensia atendió a un silletero que compró cien astromelias amarillas. Ingrid esperó a un lado, mirando los baldes. Cuando el silletero se fue, la señora volvió al mostrador por su cuenta.

—Hay otra cosa que no me gustó —dijo—. El domingo 18 de julio me pidió recibo. Nunca me había pedido recibo.

—¿Usted le hizo uno?

—A mano, en mi talonario. Y me dijo que le pusiera la hora exacta. Las dos de la tarde.

Ingrid sintió frío en la nuca. Aquel recibo estaba ahora en un sobre de la Fiscalía, como prueba contra ella.

Wilmar lo había pedido el día antes de la primera amenaza, con la hora escrita, para guardarlo hasta que hiciera falta.

—¿Usted guarda la copia del talonario?

Doña Hortensia sacó de debajo del mostrador un talonario de papel carbón, con las esquinas dobladas. Pasó las hojas con el dedo mojado. Allí estaba la copia: domingo 18 de julio, 2:00 p. m., dos docenas de claveles. En la casilla del cliente había una sola letra: W.

—Se llamaba Wilmar, me dijo —contó la señora—. Una vez le pregunté el nombre y me lo dijo sin pensarlo.

—¿Siempre venía solo?

—Casi siempre. Un domingo de junio lo esperó otro señor afuera, en una camioneta negra de vidrios oscuros.

—¿Le vio la cara?

—No, mija. Solo la mano en la ventana, con un anillo de oro grande y un reloj de esos que brillan. Le pasó un sobre al grandote por la ventana.

Ingrid se acordó de la mano de Germán sobre el hombro de Ulises, del anillo de oro que golpeaba la mesa cuando él se impacientaba.

No dijo nada. Anotó la palabra junio en la libreta del celular.

—¿Un sobre de qué color?

—De manila, como los de las notarías. Yo me acuerdo porque pensé que eran escrituras.

Ingrid tomó una foto de la copia. Después tomó otra, por si acaso.

Le pidió a doña Hortensia que no le contara a nadie de su visita. La señora hizo la señal de la cruz sobre la boca.

—¿Cuánto le debo por el rato, doña Hortensia?

—Nada, mija. Pero llévese algo, que si sale con las manos vacías la gente se fija.

—Entonces deme claveles. Blancos, de los frescos.

—Los blancos son para pedir perdón, ¿sabía? Mi mamá decía eso.

Le compró una docena. Le pagó con un billete de veinte mil y no recibió el cambio.

***

Caminó hacia la salida de la carrera 52 con las flores bajo el brazo. Iba repasando lo que tenía. Ya tenía al que compraba las flores. Tenía el recibo preparado para culparla. Pero nada en ese talonario decía que Germán le pagaba.

Wilmar podía decir que le gustaban los claveles. Podía decir que el recibo era para la casa. Un abogado de Restrepo & Asociados lo sacaría libre en una tarde.

Necesitaba la plata. Necesitaba ver el dinero pasar de Germán a Wilmar, y eso no estaba en ninguna placita de mercado.

Afuera, en la acera, los vendedores de mango gritaban precios y un bus de Robledo pitaba sin parar. Ingrid se acomodó la gorra y buscó con los ojos la estación del metro.

La moto estaba parqueada frente a la salida, sobre el andén, con el motor apagado. Era una moto negra, grande, con el casco colgado del espejo.

Wilmar estaba recostado en ella, con los brazos cruzados sobre la chaqueta negra y el reloj plateado brillando al sol. La miró a ella, miró los claveles blancos y sonrió.

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