Capítulo 17 · ~5 min
Estadio a oscuras
—Bonitas flores —dijo Wilmar—. Las blancas no se marchitan tan rápido.
Ingrid se detuvo a dos metros de la moto. Tenía el celular en el bolsillo, con las fotos del talonario, y la mano cerca.
—¿Me siguió desde el metro, Wilmar?
—La seguí desde su casa en Buenos Aires. Usted camina muy derecho para no querer que la vean.
—¿Qué quiere?
—Darle un consejo gratis: aléjese del concierto. No se acerque al estadio ni mañana ni el sábado.
—¿O qué?
—O nada, señorita. Yo no amenazo a nadie. Yo solo aviso.
Encendió la moto y se fue por la carrera 52, entre los buses. No silbó.
***
Ingrid pasó el resto del jueves y todo el viernes en su apartamento, con el cuaderno abierto. Si Wilmar no quería que se acercara al estadio, la respuesta estaba en el estadio.
Ulises entraba a las nueve por una plataforma elevadora desde debajo del escenario. Nadie la había revisado desde el truss, o eso decía el plan de seguridad que Germán le entregó a Wilmar el martes. Ingrid ya no tenía cómo comprobarlo.
Pensó en llamar a Jhonny. No llamó a nadie. Ya había perdido demasiado por un audio.
El viernes 6, a las diez y media de la noche, se puso ropa negra y tomó un taxi hasta el estadio Atanasio Girardot. La Feria sonaba en todas partes. Por la avenida 70 bajaban grupos con camisetas de silleteros y botellas en la mano.
Conocía la entrada de proveedores de la tribuna sur por el ensayo del jueves 29. Tenía un portón de reja y un vigilante de una empresa pequeña, que a esa hora veía un partido en el celular. Ingrid esperó a que entrara un camión de sonido y pasó caminando detrás, con una caja de cables vacía al hombro.
Adentro, el estadio estaba a oscuras. Solo había luz en el escenario, donde dos técnicos probaban un micrófono y se iban. Ingrid bajó por una escalera metálica hasta el foso de debajo de la tarima.
La plataforma elevadora era un cuadrado de metal de dos metros por dos, con cuatro brazos hidráulicos en las esquinas. Ingrid prendió la linterna del celular y revisó los brazos uno por uno.
En el brazo del fondo, a la izquierda, faltaban dos de los cuatro pernos de la base. Los otros dos estaban flojos, con la rosca marcada por una llave. Con un hombre encima, el brazo cedería a mitad de la subida.
Tomó seis fotos. Tomó un video corto. Estaba guardando el celular cuando una linterna mucho más fuerte le dio en la cara.
—Buenas noches, señorita Cerón —dijo Wilmar—. Le dije que no se acercara.
Detrás de él venían dos policías de uniforme y un vigilante. Wilmar le quitó el celular de la mano antes de que ella reaccionara. Lo apagó y se lo guardó en la chaqueta.
—Ese celular tiene pruebas —dijo Ingrid a los policías—. Hay pernos sueltos en esa plataforma.
—Eso lo revisa la empresa mañana —contestó uno de ellos—. Usted está detenida por ingreso ilegal. Don Germán Bedoya acaba de poner la denuncia.
—Revíselo usted, agente. Son dos minutos. Baje la linterna al brazo del fondo.
—Señora, yo no sé de plataformas. Yo sé de denuncias.
—Si mañana esa plataforma se cae, usted va a saber de muertos.
Wilmar se rio por la nariz.
Le hizo una seña al vigilante para que apagara las luces del escenario.
—Llévensela, por favor —dijo—. Mañana tenemos función.
—Usted aflojó esos pernos, Wilmar.
—Yo no aflojo nada, señorita. Yo cuido.
***
A la misma hora, en Las Palmas, Germán subió al cuarto de Ulises con una carpeta azul. Ulises estaba en la cama, con los audífonos puestos, oyendo la lista de canciones del sábado por décima vez.
—Mijo, necesito una firma —dijo Germán—. Es para la seguridad de mañana. Wilmar pidió dos agentes más y el seguro del estadio exige tu autorización.
—¿Ahora? Es casi medianoche.
—El seguro abre a las seis. Si no está firmado, mañana no entran los agentes.
—¿Lo puedo leer en la mañana?
—En la mañana vas a estar en maquillaje, en prueba de sonido y con la prensa. Confía en mí una vez más, mijo. La última.
Ulises tenía sueño y miedo. Pensó en la plataforma, en el truss, en Sara llorando con la nota de voz. Pensó también en Ingrid diciéndole que no firmara nada, y en la cara de ella en el audio.
Germán le puso la carpeta en las rodillas, abierta en la última página, con el lapicero dorado encima. La casilla de la firma estaba marcada con una flecha roja.
Ulises firmó. No pasó las hojas hacia atrás. No leyó el título.
—Gracias, mijo —dijo Germán—. Duerme. Mañana es tu noche.
***
En la URI de Carabobo le devolvieron la misma banca de metal del jueves 29. Le quitaron otra vez la liga, el cinturón y los cordones de los tenis. A la una de la madrugada del sábado 7, un agente le dijo que tenía derecho a una llamada.
—¿A quién va a llamar? —preguntó el agente—. Tiene tres minutos.
—Todavía no sé.
—Pues decídase, que hay fila.
Le pasaron un teléfono fijo, gris, con el cable enroscado. Ingrid se lo puso en la oreja y oyó el tono.
Se sabía de memoria dos números. Uno era el de su mamá, en Popayán, que no sabía nada de nada y se iba a morir del susto. El otro era el de Jhonny, que esta semana no tenía placa para ella.
Ingrid marcó el 3 y se quedó con el dedo encima del siguiente número.