Capítulo 1 · ~5 min
La escolta suspendida
—Necesito que usted me cuide diecinueve días —dijo Ulises Ledezma desde la ventanilla de su camioneta—. Le pago lo que pida.
Ingrid Cerón no levantó la talanquera. Eran las once de la noche del lunes 19 de julio, y el parqueadero de la calle 49 olía a gasolina y a empanada fría. Ese era su turno, su sueldo y lo único que le quedaba después de la Policía.
Lo conoció por la voz antes que por la cara. Todo Medellín conocía esa voz. Ella la conocía de otra forma: gritándole a quince centímetros de la oreja, la noche que lo esposó.
—Aquí se cobra por hora, no por favor —dijo Ingrid—. Son cuatro mil pesos. Y si no va a parquear, mueva la camioneta, que me tapa la entrada.
—Ingrid, por favor. No vine a pelear.
—Usted no viene a pelear. Usted manda a un abogado a que pelee por usted.
Ulises se bajó. Llevaba una gorra negra, una chaqueta sin bordados y el anillo plateado de su papá en el pulgar izquierdo. Lo giró dos veces, como hacía en los videos antes de cantar. Detrás, el conductor apagó el motor y no se movió.
Ingrid se tiró de la liga negra que tenía en la muñeca. El elástico le golpeó la piel. Era su forma de contar hasta diez sin que nadie se diera cuenta.
Diecisiete meses antes, ella era patrullera y él era el cantante que no quiso esperar en una fila. Después vino la queja, la suspensión de ocho meses sin sueldo y el retiro. Ahora ella cuidaba carros ajenos de diez de la noche a seis de la mañana.
—Tiene dos minutos —dijo Ingrid—. Después llamo a la grúa.
Ulises sacó del bolsillo un sobre de papel blanco, doblado por la mitad. Se lo pasó por encima de la talanquera. Ingrid no lo recibió de una vez. Primero miró la mano de él: temblaba un poco, apenas lo suficiente para notarlo.
Dentro había una foto impresa en papel de oficina. Era Ulises dormido, boca arriba, con la sábana hasta el pecho. Al lado de la foto venía una tarjeta con letras de computador: «Me fui sin decir adiós».
—Es mi canción —dijo Ulises—. La que me sacó del barrio.
—Ya sé cuál es. La ponían en la estación todos los días, para molestarme.
—Esta mañana, a las seis, la tarjeta estaba en mi mesa de noche. Junto a un ramo de claveles muertos. Secos, negros, de esos que uno bota a la basura.
—¿Y la Policía? Usted tiene buenos amigos allá. Me consta.
—Mi mánager y mi jefe de escoltas dicen que es un fan loco y que no hay que hacer escándalo. —Ulises bajó la gorra un poco—. Tengo un concierto el 7 de agosto en el Atanasio. Si esto sale en las noticias, se cae todo.
Ingrid volvió a mirar la foto. Algo no cuadraba, y no era la cara de él. Era el ángulo. Se veía la cabecera de la cama, la lámpara y la puerta del baño al fondo.
Un carro pitó en la calle. Ingrid levantó la mano para que esperara y no quitó los ojos del papel. En la Policía le decían que no olvidaba una cara ni un detalle. Eso le había servido para todo, menos para defenderse.
—¿Por qué yo? —preguntó—. Usted me hizo echar. Hay cien escoltas en esta ciudad que no lo odian.
—Por eso mismo. Usted no me debe nada. Nadie le paga para decirme mentiras.
—Qué frase tan bonita. ¿La va a poner en una canción?
—Cuarenta millones —dijo Ulises—. Por diecinueve días, hasta que termine el concierto.
Ingrid se rio sin ganas. Cuarenta millones eran más de lo que ganaba en tres años en ese parqueadero. Eran las cuotas atrasadas del apartamento y las medicinas de su mamá en Popayán, sin pedirle nada a nadie.
—Y quiero algo más —dijo él—. Lo que usted diga.
—No quiero nada de usted. Ni su plata, ni su perdón, ni sus fotos firmadas.
El conductor abrió la puerta y sacó un pie. Ulises le hizo una seña para que se quedara quieto. El hombre volvió a cerrar.
—Tranquila, que yo respondo —dijo Ulises—. Nadie aquí la va a molestar.
—Así empezó la otra vez. Usted respondía y yo terminé en la calle.
Ingrid le devolvió el sobre. Él no lo recibió. Se quedó con las manos en los bolsillos de la chaqueta, mirándola.
Entonces ella vio lo que la incomodaba desde el principio. La foto no estaba tomada desde una ventana. No había vidrio, ni reja, ni reflejo. Estaba tomada desde un rincón del cuarto, a metro y medio de la cama, a la altura de una silla.
—Esto no lo tomaron desde afuera —dijo Ingrid—. Alguien estuvo sentado al lado suyo mientras dormía.
—Ya lo sé.
—¿Y quién tiene llave de su casa?
—Mi gente. Los de siempre. —Ulises la miró de frente—. Usted es la única persona a mi lado que no escogió Germán.