Capítulo 2 · ~5 min
Diecinueve días
—Si acepto, se hace a mi manera o no se hace —dijo Ingrid, todavía con la foto en la mano.
Ulises asintió antes de oír las condiciones. Eso ya era una mala señal. Ingrid apoyó los codos en la talanquera.
—Vivo en su casa hasta el concierto, y yo decido por dónde se mueve, a qué hora y con quién. Y si usted llega vivo al final del concierto, firma una retractación de la queja delante de un notario.
—Hecho.
—Usted no lee lo que firma, ¿cierto?
—Esta vez sí la voy a leer. —Ulises se acomodó la gorra—. ¿Empieza mañana?
—Empiezo cuando termine este turno. A las seis.
Él quiso darle la mano. Ingrid no se la recibió. Le cobró los cuatro mil pesos del tiempo que la camioneta llevaba en la entrada y le dio el recibo.
***
A las siete y media de la mañana del martes 20, el portón de la casa de Las Palmas se abrió sin ruido. La casa tenía tres pisos de vidrio sobre la montaña y una vista que daba de frente a todo el valle.
Ingrid llegó en bus con un morral, su licencia de escolta y el traje negro que usaba para los turnos de evento.
En la sala la esperaban dos hombres. Ingrid los reconoció sin que nadie se los presentara. Germán Bedoya, el mánager, con gafas de marco dorado y un anillo grueso en el meñique. Wilmar Arango, el jefe de escoltas, con la cabeza rapada y una pantera negra tatuada en el cuello.
—Ulises está dormido —dijo Germán, con voz de papá paciente—. Así que vamos a hablar los adultos. Usted es la señora del video.
—Soy la escolta que él contrató anoche.
—Ulises contrata y yo pago. Así funciona esto desde hace dieciséis años. —Germán se quitó las gafas y las limpió con la guayabera—. Y yo no le pago a alguien que lo esposó delante de medio país.
—Con todo respeto, señorita —dijo Wilmar—, mi equipo tiene seis hombres y conoce la casa. Usted no conoce ni el baño.
—Su equipo dejó que alguien le tomara una foto dormido. Yo empezaría por ahí.
Wilmar apretó el radio del cinturón. Germán se volvió a poner las gafas y sonrió sin enseñar los dientes.
—Esto es un fan obsesionado —dijo Germán—. Lo vamos a manejar con discreción. Usted es lo contrario de la discreción.
Ulises bajó la escalera en camiseta y descalzo. Tenía la voz ronca de dormir poco. Miró a Germán, miró a Ingrid y se metió las manos en los bolsillos.
—Ella se queda —dijo Ulises—. Yo la pago de mi plata, no de la empresa.
Germán no contestó. Abrió el celular, escribió algo y se fue sin despedirse. Wilmar lo siguió hasta el portón y desde allá miró a Ingrid por encima del hombro.
***
A las diez sonó el teléfono de Ingrid. Era el administrador del parqueadero. Un hombre de Escoltas Antioquia había ido a preguntar por ella. Dijo que ahora trabajaba para un artista y que la empresa no podía tenerla en dos lados.
—Me dijeron que usted renunció —dijo el administrador—. Ya puse a otro muchacho en su turno.
—Yo no he renunciado a nada, don Anselmo.
—Pues ellos dijeron que sí. Y la empresa es la que manda la licencia. Mejor no se meta en eso, mija.
Ingrid colgó y se quedó mirando el valle por el ventanal. El sueldo del parqueadero era fijo, poco y seguro. Ahora solo le quedaban diecinueve días y la palabra de un hombre que ya la había dejado tirada una vez.
Al rato buscó el cuarto de las cámaras.
Era un clóset grande en el segundo piso, con una pantalla dividida en doce cuadros y un computador viejo. Nadie le había dado la clave. No hizo falta: estaba pegada en un papelito amarillo debajo del teclado, con letra de alguien que no esperaba visitas.
Ingrid buscó el lunes 19. La cámara del cuarto de Ulises grababa toda la noche. A la 1:58 a. m. se lo veía dormido, con un brazo sobre la cara. A las 2:00 la imagen se volvía negra.
Adelantó el video. Negro a las 2:30. Negro a las 3:15. A las 4:00 en punto la imagen volvió, y en la mesa de noche ya estaban los claveles secos.
—¿Encontró algo? —preguntó Ulises desde la puerta del clóset. Traía dos tazas de café.
—Le apagaron la cámara dos horas. Con usted adentro.
—Wilmar dijo que fue una falla de luz.
—Si fuera la luz, se apagarían todas. —Ingrid señaló la pantalla—. La del portón y la de la cocina siguieron grabando. Solo se apagó la suya.
Ulises dejó las tazas en una repisa. Ya no sonrió. Se sentó en el borde de una caja y se quedó mirando el cuadro negro, esperando que volviera la imagen.
Ingrid abrió el registro del sistema. Era una lista larga de fechas y códigos, la clase de cosa que nadie revisa. Bajó con el dedo hasta el lunes 19. Ahí estaba la línea, en letras pequeñas.
—¿Cuántas claves hay para este sistema? —preguntó.
—La normal, que es la del papelito. Y una maestra, para apagar y prender cámaras. Esa no la tiene todo el mundo.
—¿Quién la tiene?
Ulises contó con los dedos, despacio, mirando cada uno.
—Yo, Germán, Wilmar y Sara, mi hermana, que maneja las redes y sube los videos de la casa.
Ingrid volvió a la pantalla. La línea decía: «2:00 a. m. Cámara 7 desactivada. Usuario: clave maestra».